A mediados de mayo, cuando plátanos, moreras y tilos llevan un mes con la copa cerrada, la catalpa sigue con las ramas desnudas y más de un propietario primerizo la da por muerta. No lo está: brota tardísimo, y ese es el primer rasgo que hay que interiorizar antes de plantarla. A cambio, es de los pocos árboles ornamentales que florecen en pleno verano, con panículas blancas moteadas de púrpura y amarillo, y de los pocos que dan sombra densa con hojas del tamaño de un plato.
Qué es una catalpa
Catalpa es un género de la familia Bignoniaceae —la de la bignonia y la jacaranda— con especies americanas y asiáticas. La que se planta en España casi siempre es Catalpa bignonioides, del sureste de Estados Unidos, conocida como catalpa común o árbol de las trompetas.
Es un árbol caducifolio de 10 a 15 metros, rara vez más en nuestras condiciones, con tronco corto y copa muy ancha, a menudo tan ancha como alta o más. La hoja es su carta de presentación: acorazonada, de 15 a 25 cm de largo, blanda, dispuesta en verticilos de tres o en pares opuestos, de un verde claro que amarillea sin gracia en otoño. Al restregarla desprende un olor desagradable, cosa que sorprende a quien se acerca a olerla.
Florece en junio y julio, según zona, en panículas erguidas de 20 a 30 cm con flores acampanadas blancas, la garganta rayada de púrpura y salpicada de amarillo. Después vienen los frutos, y aquí está el rasgo que más despista: cápsulas colgantes, cilíndricas y estrechas, de 20 a 40 cm, que parecen judías verdes gigantes y permanecen en el árbol todo el invierno, ya secas y marrones. De ahí el nombre popular de árbol de las judías. No son judías ni son comestibles: son cápsulas leñosas llenas de semillas aladas, y no deben darse a los niños ni probarse.
Crece deprisa, entre 40 y 60 cm al año de joven, y la contrapartida es la de siempre: madera blanda y quebradiza. Las ramas de una catalpa vieja se rompen con facilidad bajo la nieve o un viento fuerte, sobre todo si están cargadas con esas hojas enormes que hacen de vela.
Especies y variedades que se encuentran aquí
Además de la común, en viveros y jardines españoles se ven con cierta frecuencia:
Catalpa bignonioides 'Aurea'. Hoja amarillo dorada, muy luminosa en primavera. Es más pequeña y algo más delicada; en el interior con sol de tarde a 38 °C las hojas se queman por el borde, así que quiere posición fresca o media sombra en las horas duras.
Catalpa bignonioides 'Nana'. La típica catalpa de bola, injertada a 2 metros sobre pie recto y sin flor apreciable. Es la que se usa masivamente en alineaciones urbanas y patios pequeños. Ojo: no florece prácticamente nunca, y quien la compra esperando las panículas blancas se lleva un chasco.
Catalpa × erubescens 'Purpurea'. Híbrido entre C. bignonioides y C. ovata cuyos brotes y hojas nuevas salen de un morado casi negro y van virando a verde según maduran. Muy vistoso si se poda fuerte cada invierno, porque los brotes jóvenes son los coloreados.
Catalpa speciosa. Más alta y de porte más erguido que la común, más rústica al frío y algo más temprana en la floración. Interesante para parques del interior norte.
Catalpa ovata. China, más pequeña, con flores de un amarillo crema y hoja a menudo lobulada. Poco frecuente.
Dónde plantarla y dónde no
Quiere sol pleno y, sobre todo, abrigo del viento. Una catalpa en un pasillo de viento pierde hojas desgarradas todo el verano y acaba con la copa deformada y las ramas rotas. Es probablemente el criterio de ubicación más importante y el que más se ignora.
Necesita espacio real. Una Catalpa bignonioides adulta ocupa fácilmente 8 o 10 metros de diámetro de copa, así que hay que plantarla a un mínimo de 5 o 6 metros de fachadas y linderos, y no bajo un tendido eléctrico. Las variedades de bola son otra cosa y caben en 3 metros.
Aguanta bien el frío —C. bignonioides soporta sin daño −18 °C o −20 °C— y la brotación tardía la protege de las heladas de abril que arruinan a otros árboles. Su límite está en el otro extremo: en el sur y en el valle del Ebro, con veranos de 40 °C y aire seco, la hoja se quema por los bordes si no dispone de agua suficiente en el suelo. No es un árbol para xerojardinería mediterránea estricta.
Hay dos ubicaciones que conviene descartar. La primera, junto a una piscina o una terraza de comer: entre las flores caídas de julio, las hojas grandes de octubre y las vainas de todo el invierno, la catalpa ensucia mucho. La segunda, en un alcorque estrecho o pegada a un pavimento, porque el sistema radicular es superficial y extendido y levanta baldosas con el tiempo.
Suelo, plantación y riego
No es exigente con la textura y tolera bien los suelos calizos españoles, cosa que agradecen quienes no pueden plantar arces ni magnolios. Prefiere terrenos profundos, frescos y algo fértiles, y le va mucho mejor un suelo que retiene humedad que uno arenoso y seco.
El momento de plantar es el otoño, de octubre a diciembre, o el final del invierno si el ejemplar viene en contenedor. Hoyo amplio, de al menos el doble del cepellón, con la tierra del fondo descompactada y sin enterrar el cuello por encima de su nivel original. Un tutor bajo durante los dos primeros años es sensato en zonas ventosas, siempre atado en forma de ocho y con la atadura revisada cada seis meses para que no estrangule.
Los tres primeros veranos hay que regar en serio: riegos abundantes y espaciados, del orden de 40 a 60 litros por semana en julio y agosto para un árbol joven en el interior, mejor que pequeñas dosis diarias. Un buen acolchado orgánico de 5 a 8 cm bajo la copa, sin tocar el tronco, ahorra la mitad del agua y mantiene fresco el sistema radicular superficial. Pasados esos años, en clima templado se defiende sola, pero en verano seco un par de riegos profundos evitan que se defolie a finales de agosto.
Abonado, poco: una aportación de compost o estiércol maduro extendida bajo la copa a la salida del invierno cada dos o tres años es más que suficiente. El nitrógeno en exceso alarga los brotes y agrava el problema de la madera frágil.
La poda y la costumbre de trasmocharla
La catalpa tolera la poda severa mejor que la mayor parte de los árboles ornamentales, y de ahí viene la estampa clásica de las catalpas trasmochas de plazas y paseos: troncos gruesos rematados en un puño de madera del que brotan cada primavera varas largas de hojas descomunales. Es un manejo legítimo cuando se busca sombra en un espacio reducido, pero hay que saber a qué compromete.
Trasmochar es una decisión sin marcha atrás: una vez creada la cabeza de poda, hay que repetirla cada uno o dos inviernos de por vida. Si se abandona, los rebrotes engordan mal anclados sobre madera envejecida y terminan desgajándose. Además, un árbol trasmochado no florece, porque las flores salen sobre brotes que han tenido tiempo de madurar.
Si lo que se quiere es un árbol de porte natural con flor, la poda debe ser mínima: formación en los primeros años para dejar un eje y unas ramas principales bien repartidas, y después solo eliminación de madera seca, ramas cruzadas y rebrotes de la base. El momento es el invierno, con el árbol parado, entre diciembre y febrero, evitando los días de helada. Los cortes grandes cicatrizan lentamente en esta especie, así que es mejor podar poco y a menudo que mucho y de golpe.
Plagas, enfermedades y otros disgustos
La catalpa es un árbol sano, con problemas concretos y bastante identificables.
Verticilosis (Verticillium dahliae). El problema serio. Es un hongo de suelo que coloniza los vasos conductores y provoca el marchitamiento repentino de una rama o de todo un sector de la copa, con la hoja colgando seca sin haber caído. Al cortar una rama afectada se ven anillos o manchas oscuras en la madera. No hay tratamiento curativo. Se maneja podando y retirando lo afectado, evitando heridas en las raíces, no plantando después otra especie sensible en el mismo sitio, y manteniendo el árbol bien regado y sin estrés.
Oídio. Polvo blanco sobre el haz de las hojas a partir de agosto, muy frecuente en años de otoño templado y húmedo. Es antiestético pero casi nunca compromete al árbol adulto; conviene retirar la hojarasca caída.
Pulgón y cochinilla algodonosa. Aparecen en primavera sobre los brotes tiernos y dejan la melaza pegajosa y la negrilla asociada. En árbol establecido se toleran; si se actúa, jabón potásico o aceite de verano en las horas frescas, respetando la fauna auxiliar, que aquí hace la mayor parte del trabajo.
Rotura de ramas. Más que una plaga, es el riesgo estructural propio de la especie. Revisar cada invierno las horquillas con corteza incluida y aligerar las ramas muy largas y horizontales previene el disgusto.
Dos ideas extendidas que conviene corregir
La primera: que la catalpa ahuyenta a los mosquitos. Circula desde hace años como argumento de venta y no se sostiene. El árbol no genera ningún efecto repelente medible sobre el ambiente de un jardín; su follaje denso y su sombra fresca, si acaso, crean condiciones que a los mosquitos les vienen bien. Plantarla esperando dormir con la ventana abierta sin picaduras es plantarla por el motivo equivocado.
La segunda: que sus vainas son comestibles. No lo son. Ese aspecto de judía verde es pura coincidencia morfológica entre familias sin parentesco; las cápsulas son leñosas, secas y no forman parte de ninguna tradición alimentaria. Con niños pequeños en el jardín conviene decirlo con claridad y recoger las vainas caídas.
Y un tercer punto, menos difundido: Catalpa bignonioides se comporta como especie asilvestrada en algunas zonas húmedas de Europa, porque produce muchísima semilla alada. En parcelas próximas a riberas o sotos naturales, retirar las vainas antes de que se abran en primavera es una precaución barata.
En resumen
La catalpa da sombra rápida, hoja enorme y flor blanca en pleno julio, a cambio de espacio, de un sitio resguardado del viento y de tres o cuatro veranos de riego generoso. Elige la especie con criterio —la común para sombra y flor, 'Nana' solo si asumes que no florecerá, 'Aurea' lejos del sol abrasador—, plántala en otoño a cinco o seis metros de cualquier muro, acólchala, poda en invierno y con mano ligera si quieres verla florecer, y no la trasmoches salvo que estés dispuesto a repetirlo cada dos años para siempre. Vigila la verticilosis, no esperes que espante mosquitos y no confundas sus vainas con comida.