Bajo la etiqueta de ajedrea púrpura se venden en vivero cosas bastante distintas, y conviene aclararlo antes de comprar. El nombre corresponde en sentido estricto a Satureja subspicata, una mata leñosa de flor violeta procedente de las montañas calizas de los Balcanes, que en horticultura aparece a veces bajo el sinónimo Clinopodium subspicatum. En otras etiquetas se llama igual a formas de flor rosada o purpúrea de la ajedrea de montaña, Satureja montana, la planta que en buena parte de Aragón, Cataluña y el Levante se conoce como morquera o sajolida. Son parientes cercanas, huelen parecido y se cuidan casi igual, pero no tienen el mismo porte ni florecen en la misma época.

Lo que sigue vale para ambas, con las diferencias señaladas donde importan. Se trata en los dos casos de matas aromáticas de la familia de las labiadas, de vida larga, hoja perenne y una tolerancia a la sequía que las hace especialmente interesantes en jardines de secano del interior peninsular.

Ajedrea púrpura en flor con espigas violetas

Cómo es la planta

La ajedrea púrpura forma una mata baja y densa, de 20 a 40 cm de alto y algo más de ancho, con la base leñosa y los brotes del año herbáceos. Con los años tiende a extenderse en cojín, apoyándose en el suelo y arraigando allí donde una rama toca tierra húmeda.

Las hojas son pequeñas, de uno a dos centímetros, estrechas, opuestas, de un verde oscuro algo brillante y con el borde entero. Al frotarlas sueltan un olor intenso, entre el tomillo y la pimienta, que es la firma del género: aceites esenciales ricos en carvacrol y timol. Ese aroma no es decorativo, es defensa química, y explica buena parte de la resistencia de la planta a los herbívoros y a muchos hongos.

La floración es la diferencia práctica más útil entre las dos plantas que comparten nombre. Satureja subspicata abre sus espigas cortas de flores violeta o púrpura de agosto a octubre, cuando el jardín mediterráneo está agotado, y ese es precisamente su valor. Satureja montana florece antes, de julio a septiembre, y sus flores suelen ser blancas o de un rosa muy pálido, aunque existen poblaciones y selecciones con tono lila. En ambos casos las flores son labiadas, pequeñas y agrupadas en las axilas de las hojas superiores.

Merece la pena insistir en un punto: la floración de finales de verano y principios de otoño convierte a esta mata en una de las últimas fuentes serias de néctar del año. Abejas, abejorros y mariposas la visitan sin descanso durante semanas. Si se planta pensando en polinizadores, no se debe podar en agosto ni cortar las flores marchitas hasta bien entrado el otoño.

Clima y exposición

Sol directo, y cuanto más, mejor. A media sombra la planta sobrevive, pero se ahíla, florece poco y pierde compacidad y aroma. Es una especie de roquedo calizo soleado y así hay que tratarla.

El frío no es un problema en España. Ambas ajedreas aguantan sin daño −15 °C y, bien drenadas, resisten inviernos continentales de Soria, Teruel o el páramo leonés. Lo que sí las mata es la combinación de frío con suelo encharcado: en un terreno pesado que se queda mojado en enero, la planta se pudre por el cuello aunque la temperatura no haya bajado de −5 °C.

El calor lo lleva bien siempre que haya aire. Donde peor se comporta es en el litoral cantábrico y en zonas de verano húmedo y bochornoso, porque la humedad ambiental prolongada favorece las podredumbres del cuello y le quita el carácter. En clima atlántico conviene plantarla en un talud, en un muro de piedra seca o en maceta, no en el arriate llano de tierra rica.

El suelo manda

Si hay un solo factor que decide si esta planta vive diez años o dos, es el drenaje. Quiere suelos sueltos, pedregosos, pobres y de reacción neutra o básica. Los calizos le van de maravilla; de hecho, en su medio natural crece en fisuras de roca caliza con muy poca tierra.

El error más repetido con las aromáticas mediterráneas es plantarlas en tierra de cultivo bien abonada, con turba y compost, pensando que así crecerán mejor. Crecen más deprisa, sí, pero producen tejidos blandos, aguados y frágiles, con menos aceite esencial, y llegan al invierno mal preparadas. Si el terreno es arcilloso, la solución no es cavar un hoyo grande y rellenarlo de sustrato: eso crea un vaso que retiene agua. Es mejor plantar en montículo o en bancal elevado, mezclando la tierra existente con grava o arena gruesa silícea, y coronar con un acolchado mineral de gravilla de dos o tres centímetros que mantenga seco el cuello de la planta.

Abono, prácticamente ninguno. Un puñado de compost bien hecho al plantar es suficiente para varios años. Los fertilizantes ricos en nitrógeno son contraproducentes.

Riego: menos del que se piensa

Durante el primer verano tras la plantación hay que regar, porque el sistema radicular todavía es pequeño: un riego abundante cada diez o quince días, según el calor, mojando bien y dejando secar después. A partir del segundo año, en el interior peninsular una ajedrea establecida puede pasar el verano con tres o cuatro riegos de apoyo, y en muchos jardines con ninguno.

Lo importante es cómo se riega, no cuánto. Riegos frecuentes y superficiales generan raíces someras y un microclima húmedo permanente en la base de la mata, que es justo donde entran los hongos del suelo. Riegos espaciados y profundos hacen lo contrario. En maceta la regla cambia: allí sí hay que regar con más frecuencia, pero siempre esperando a que los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos, y nunca dejando plato con agua.

Poda y mantenimiento

La ajedrea envejece mal si se la deja a su aire: la base se lignifica, se abre por el centro y queda un anillo de brotes alrededor de un hueco pelado. Para evitarlo, hay que hacer una poda ligera anual, a finales de invierno o a principios de primavera (febrero-marzo en el centro peninsular), recortando aproximadamente un tercio del crecimiento del año anterior y dando forma redondeada.

La regla que no conviene saltarse es no cortar nunca sobre madera vieja sin hojas ni yemas visibles. La ajedrea, como la lavanda o el romero, rebrota mal o no rebrota del leño desnudo. Si la mata ya está descalzada, no hay rejuvenecimiento posible: lo práctico es sacar esquejes y reponerla.

Multiplicación

Por esqueje semileñoso es lo más cómodo y lo que garantiza el color de flor. Se toman brotes del año de 6 a 8 cm en junio o julio, sin flor, se deshojan por la mitad inferior y se clavan en una mezcla muy aireada de arena y turba o fibra de coco, a la sombra y con humedad ambiental alta. Enraízan en tres o cuatro semanas y se pueden pasar a maceta individual en otoño.

Por semilla también funciona, con la salvedad de que la descendencia es variable en porte y tono de flor. La semilla es diminuta y necesita luz para germinar, así que se siembra en superficie, apenas cubierta, en primavera y a unos 18-20 °C. Nace en dos o tres semanas.

El acodo natural es la vía más sencilla en plantas maduras: basta con inmovilizar una rama baja contra el suelo, cubrir un tramo con tierra arenosa y esperar al año siguiente para separarla ya enraizada.

Problemas habituales

Los insectos apenas la molestan. En primavera puede aparecer pulgón en las puntas tiernas, sobre todo si se ha abonado en exceso, y se resuelve con un chorro de agua o jabón potásico. En veranos muy secos y con la planta en un rincón sin ventilación puede haber araña roja, reconocible por el punteado amarillento del haz; subir la humedad ambiental suele bastar.

La verdadera amenaza es el suelo. Las podredumbres de cuello y raíz causadas por hongos como Phytophthora o Rhizoctonia son la causa de muerte más frecuente en jardín, y no tienen tratamiento eficaz una vez instaladas: el síntoma —la mata que amarillea de golpe y se seca en pocos días, con la base oscurecida— aparece cuando el daño ya está hecho. Todo el control es preventivo y se reduce a drenaje, montículo, acolchado mineral y riegos espaciados.

En inviernos y primaveras húmedas también puede verse oídio, un polvillo blanco sobre las hojas, más estético que grave. Aclarar la mata con la poda y evitar mojar el follaje lo mantiene a raya.

Mata de morquera o ajedrea en su medio natural

Dónde queda bien y para qué sirve

Su sitio natural en el jardín es la rocalla, el borde de camino de gravilla, la coronación de un muro de piedra seca, el jardín de secano junto a lavandas, santolinas, tomillos y Teucrium, o la maceta de barro en una terraza al sol. Funciona muy bien como bordura baja y como tapizante de taludes soleados donde no se quiere regar.

La hoja de ambas especies es aromática y comestible, con el uso culinario clásico de la ajedrea: legumbres, adobos, encurtidos y guisos de caza. El aroma es más fuerte que el del tomillo y conviene medirlo. El mejor momento para cosechar, si se busca aroma, es justo antes de la floración, cortando ramillas de la parte alta por la mañana, ya evaporado el rocío.

En resumen

La ajedrea púrpura es una mata leñosa baja, perenne y aromática que pide exactamente lo contrario de lo que se le suele dar: sol directo, suelo pobre y pedregoso, ningún abono y poca agua. Comprueba qué especie estás comprando, porque Satureja subspicata florece en violeta de agosto a octubre y Satureja montana lo hace antes y en tonos más claros. Plántala en alto o en terreno drenante, acólchala con gravilla, recorta un tercio de la mata a finales de invierno sin bajar nunca a la madera vieja, y multiplícala por esqueje en verano. Si se muere, en nueve de cada diez casos el culpable es el agua que no se fue, no el frío que llegó.


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