A finales de febrero, cuando en medio país todavía no hay nada en flor, los pazos de las Rías Baixas se llenan de flores que parecen talladas en cera. Ese calendario invertido explica el sitio que las camelias ocupan en la jardinería del noroeste peninsular: florecen justo cuando el jardín no tiene nada más que ofrecer, y lo hacen sobre un arbusto de hoja perenne, brillante y limpia los doce meses del año.
El género Camellia, de la familia Theaceae, reúne más de doscientas especies asiáticas, aunque en jardinería se manejan sobre todo cuatro o cinco y varios miles de cultivares derivados de ellas. Son arbustos o arbolitos de crecimiento lento, con hojas coriáceas de borde aserrado y flores de cinco pétalos en la forma silvestre que la selección ha convertido en dobles, imbricadas, anemoniformes o de peonía.
De dónde vienen y cómo llegaron aquí
Proceden de China, Japón, Corea y el sudeste asiático, de zonas de bosque húmedo y suelos ácidos derivados de granito o pizarra. Llegaron a Europa en el siglo XVIII y encontraron en el litoral gallego y portugués un clima casi idéntico al de su origen: lluvia abundante, inviernos suaves, veranos templados y suelos naturalmente ácidos. Por eso Galicia acabó teniendo una tradición camelística propia, con ejemplares centenarios en pazos y jardines históricos que superan los diez metros.
Fuera de ese ámbito la cosa cambia. En Madrid, Zaragoza, Murcia o Sevilla la camelia no es imposible, pero deja de ser un arbusto de jardín para convertirse en una planta de maceta con sustrato y agua controlados. Conviene saberlo antes de comprar, porque el fracaso más común no es de manejo sino de emplazamiento.
Las especies que se cultivan
Camellia japonica. La clásica. Flores grandes, de 7 a 12 cm, en blanco, rosa, rojo y jaspeados, entre enero y abril según cultivar. Hoja de un verde oscuro muy brillante. Resiste el frío mejor de lo que se cree: un ejemplar adulto y establecido aguanta -10 ºC, incluso -15 ºC en algunos cultivares. El problema no es la planta, son las flores abiertas, que se estropean con una helada.
Camellia sasanqua. Florece en otoño e invierno, de octubre a enero, con flores más pequeñas, sencillas o semidobles, y con frecuencia perfumadas, cosa rara en el género. Hoja menor y porte más suelto. Tolera bastante mejor el sol directo y algo más de sequía que la japonica, lo que la hace la mejor candidata para climas menos húmedos. A cambio es un poco menos rústica al frío intenso.
Camellia × williamsii. Híbrido de C. japonica con C. saluenensis, y probablemente la elección más sensata para un jardín corriente. Florece joven, es muy floríbunda, aguanta mejor los inviernos duros y tiene una virtud práctica notable: deja caer las flores marchitas en lugar de retenerlas pardas sobre la planta, como hace la japonica. 'Donation' y 'Anticipation' son los cultivares más extendidos.
Camellia reticulata. Las flores mayores del género, de hasta 20 cm, sobre un arbusto de porte más abierto y hoja mate con nervadura reticulada. Es la más delicada al frío, por debajo de -5 ºC ya sufre, y suele injertarse. Solo para el litoral suave.
Camellia sinensis. La planta del té, del mismo género, con flores blancas pequeñas en otoño. Se cultiva por la hoja, no por la flor, y comparte punto por punto las exigencias de suelo y agua del resto de camelias.
Ubicación: ni sol de mediodía ni sombra cerrada
La posición ideal es semisombra luminosa, con sol de primeras horas o sol filtrado, protegida del viento seco. A sombra plena crece pero apenas florece; a pleno sol y con aire caliente la hoja se broncea y los botones abortan.
Hay un detalle que se pasa por alto y que decide la calidad de la floración en zonas con heladas: evitar la orientación este. Una flor congelada de madrugada que recibe el sol directo del amanecer se descongela demasiado rápido y las células revientan; los pétalos amanecen translúcidos y pardos. Con la misma helada, en orientación oeste o norte el deshielo es gradual y la flor se salva.
Suelo y agua, el punto crítico
La camelia es acidófila estricta: quiere pH entre 5 y 6,5, materia orgánica abundante y drenaje libre. Sus raíces son finas y superficiales, así que no soporta ni el encharcamiento ni el suelo compactado.
En terreno calizo no basta con "echar turba en el hoyo". Ese remiendo aguanta dos temporadas y luego el carbonato del entorno y el agua de riego devuelven el pH a su sitio. En esas zonas lo honesto es cultivarla en maceta con sustrato para acidófilas, aligerado con un 25-30 % de perlita o corteza de pino, y regar con agua de lluvia o agua de baja mineralización. Un agua con más de 0,5 g/L de bicarbonatos produce clorosis por mucho hierro que se aporte.
Y un error de plantación que mata más camelias que cualquier plaga: plantarla honda. El cuello del cepellón debe quedar a ras de suelo o un par de centímetros por encima, nunca enterrado. Enterrar el cuello asfixia las raíces superficiales y abre la puerta a Phytophthora.
Riego y abonado a lo largo del año
Riego regular, sin charco y sin sequía completa del cepellón. El acolchado de corteza de pino o acículas, de cinco a ocho centímetros y sin tocar el tronco, resuelve buena parte del problema: mantiene fresca la superficie de raíces y acidifica ligeramente al descomponerse.
Aquí conviene entender una cosa que explica el 90 % de las decepciones: los botones florales se forman en julio y agosto. Una camelia que pasa sed en pleno verano no protesta en verano, protesta en enero, cuando los botones se caen sin abrir o directamente no los hay. Si hay una época en la que no se puede descuidar el riego, es esa.
El abonado se aplica después de la floración, desde marzo o abril hasta finales de agosto, con fertilizante específico para plantas de suelo ácido. A partir de septiembre se suspende: un brote tierno en otoño no madura a tiempo y se lo lleva la primera helada.
Poda: cuanto menos, mejor
La camelia no necesita poda para florecer, y una poda mal hecha cuesta un año de flores. La razón es que florece sobre la madera del año anterior: los botones se forman en verano sobre los brotes ya crecidos, de modo que cortar en otoño o invierno equivale a tirar la floración a la basura.
El momento correcto es justo al terminar la floración, entre marzo y mayo según especie, antes de que arranque la brotación nueva. Se limita a quitar ramas secas, cruzadas o mal orientadas, aclarar el interior para que entre luz y aire, y acortar lo que desequilibre la silueta. Las camelias viejas y desnudas por abajo rebrotan bien de madera vieja, así que una poda de rejuvenecimiento severa es viable, pero hay que asumir dos temporadas sin flor.
Multiplicación
Por esqueje semileñoso en julio o agosto: se toman trozos de 8 a 12 cm del brote del año ya endurecido, se dejan dos hojas, se corta la mitad del limbo para reducir transpiración, se aplica hormona de enraizamiento y se plantan en mezcla de turba rubia y perlita, en ambiente cerrado y a la sombra. Enraízan en dos o tres meses, y no todos.
El acodo aéreo en primavera es más lento pero mucho más seguro, y da una planta ya formada. El injerto se reserva para C. reticulata y para cultivares difíciles de enraizar. La semilla germina bien, en tres o cuatro semanas si está fresca, pero tarda de cinco a ocho años en florecer y no reproduce el cultivar: sirve para obtener portainjertos o para experimentar, no para replicar una planta que gusta.
Plagas
Cochinillas, algodonosas y de caparazón, instaladas en el envés y en las axilas. Segregan melaza sobre la que crece la negrilla, ese polvo negro que ensucia la hoja. Se tratan con jabón potásico o aceite de verano al atardecer, repitiendo a los diez o doce días.
Araña roja en ambientes secos y calurosos: hoja punteada de amarillo y aspecto polvoriento. Suele bastar con mejorar la humedad ambiental y mojar el envés.
Otiorrinco. Las mordeduras semicirculares en el borde de las hojas delatan al adulto, que come de noche, pero el daño grave lo hacen las larvas comiéndose las raíces dentro de la maceta. Si una camelia en contenedor se marchita sin causa aparente, hay que mirar el cepellón.
Pulgón en los brotes tiernos de primavera, más molesto que peligroso.
Enfermedades y trastornos
Mal de la flor de la camelia (Ciborinia camelliae). El hongo pardea los pétalos desde la base, con las nervaduras marcadas en marrón oscuro, y la flor cae entera. Es fácil confundirlo con daño de helada; la diferencia está en que el hongo respeta la hoja y ataca solo la flor, y en que reaparece cada año. Sobrevive en el suelo en forma de esclerocios dentro de las flores caídas, así que la medida decisiva es recoger y retirar todas las flores del suelo, no dejarlas al pie, y renovar el acolchado.
Podredumbre de raíz (Phytophthora cinnamomi). La planta pierde brillo, se marchita y no responde al riego. No tiene solución práctica una vez instalada; se previene con drenaje, plantación alta y evitando suelos que encharcan en invierno.
Clorosis férrica. Hoja amarilla con nervios verdes en los brotes nuevos. No es una enfermedad sino un bloqueo del hierro por exceso de cal. Se corrige con quelato EDDHA, el único estable a pH alto, y sobre todo cambiando el agua de riego.
Caída de botones sin abrir. Rara vez es patológico. Casi siempre es sequía del verano anterior, cambios bruscos de temperatura o un trasplante a destiempo.
Rusticidad y usos en el jardín
La resistencia al frío de la camelia está infravalorada. Una C. japonica establecida soporta inviernos de -10 a -15 ºC sin daño en la madera; lo que se pierde son las flores abiertas y, en años malos, los botones adelantados. Los ejemplares jóvenes y los cultivados en maceta son mucho más vulnerables, porque el cepellón se congela por los lados: en invierno frío conviene arrimar las macetas a un muro y envolverlas.
En el jardín funcionan como arbusto aislado, seto informal de hoja perenne, fondo de macizo bajo arbolado caduco o planta de gran contenedor en patios y terrazas orientadas al norte. Combinan de forma natural con el resto de acidófilas —rododendros, azaleas, hortensias, helechos— porque piden exactamente lo mismo. La flor cortada dura poco en agua, pero flota bien en un cuenco, que es el uso tradicional japonés.
Un apunte útil para quien tenga niños o animales: las camelias ornamentales no son plantas tóxicas. Ni hoja ni flor figuran entre las especies problemáticas de jardín, algo que no puede decirse de vecinas frecuentes como la adelfa o el tejo.
En resumen
La camelia da poco trabajo cuando se acierta con el sitio y mucho disgusto cuando no. Lo innegociable es el suelo ácido y el agua sin cal; a partir de ahí, semisombra luminosa, resguardo del viento, cuello del cepellón a ras de suelo y acolchado permanente.
El calendario es simple: podar ligeramente al acabar la floración, abonar con producto para acidófilas de primavera a agosto, no descuidar el riego en julio y agosto porque ahí se juega la floración del invierno siguiente, y recoger del suelo las flores marchitas para cortarle el paso al mal de la flor. Elegida bien la especie —japonica para flor clásica, sasanqua para otoño y más sol, × williamsii para lo demás—, una camelia bien plantada dura más que quien la planta.