La madera con la que se fabrican los lápices de toda la vida sale, en gran parte, de este árbol. Calocedrus decurrens es blanda, de fibra recta, sin nudos, olorosa y se afila limpiamente en cualquier dirección, y por eso la industria del lápiz la lleva usando más de un siglo. En jardinería interesa por motivos distintos: es una conífera columnar, aromática, muy resistente al frío y sorprendentemente bien adaptada al verano seco español.

Conviene aclarar el nombre desde el principio, porque induce a error. El calocedro se llama también cedro de incienso o cedro de California, pero no es un Cedrus. Los cedros verdaderos —el del Líbano, el del Atlas, el del Himalaya— son pináceas de hoja acicular y piñas erguidas que se deshacen en el árbol. El calocedro es una cupresácea, pariente de cipreses, tuyas y sabinas, con hojas escamosas y conos diminutos. El parecido está en el aroma de la madera, no en el parentesco.

Conos maduros de Calocedrus decurrens abiertos sobre el ramillo

Origen y porte real del árbol

Es originario del oeste de Norteamérica: Oregón, la Sierra Nevada californiana, las cordilleras costeras y el norte de Baja California, donde vegeta entre los 500 y los 2.500 m de altitud mezclado con pinos ponderosa, abetos de Douglas y sequoias gigantes. Ese origen explica su comportamiento aquí, porque la Sierra Nevada de California tiene un clima de tipo mediterráneo de montaña: inviernos fríos y nevados, veranos largos, cálidos y prácticamente sin lluvia.

Sobre la altura conviene ser realista. En su medio natural, un ejemplar viejo en buen suelo llega a los 40 o 50 m, y los mayores registrados rondan los 60. En un jardín español, con un ciclo de vida humano por delante, lo razonable es contar con 10 a 20 m en tres o cuatro décadas. Crece de forma lenta a moderada, unos 20 o 30 cm al año una vez arraigado, y bastante menos en suelo pobre o con sequía severa. Quien lo plante buscando una pantalla rápida se va a impacientar; para eso hay otras opciones.

Hay además una particularidad curiosa y bien documentada: los ejemplares cultivados en Europa desarrollan un porte mucho más estrecho y columnar que los silvestres americanos, que son cónicos y anchos. La causa exacta se discute —se apunta al clima más húmedo y menos luminoso—, pero el resultado práctico es que en un jardín peninsular cabe esperar una columna verde oscura, densa, de 3 a 5 m de anchura como mucho. Es justamente esa silueta la que lo ha hecho popular en parques y alineaciones europeas.

Cómo reconocerlo

El follaje se organiza en abanicos aplanados dispuestos verticalmente, no horizontalmente como en las tuyas, lo que le da a la copa un aspecto de láminas apiladas. Las hojas son escamosas y decurrentes, es decir, van soldadas al ramillo a lo largo de un buen trecho antes de despegar la punta —de ahí el epíteto decurrens—, y se agrupan en verticilos de cuatro muy desiguales, dos laterales grandes y dos faciales pequeñas. Frotadas entre los dedos desprenden un olor resinoso intenso, algo entre el betún de Judea y el incienso, que es la forma más rápida de identificarlo en campo.

La corteza es de un canela rojizo llamativo, gruesa y fibrosa en los ejemplares adultos, y se desprende en tiras longitudinales. Los conos femeninos miden apenas 2 o 2,5 cm, cuelgan en el extremo de los ramillos y están formados por seis escamas de las que solo dos son fértiles; al abrirse, las escamas se separan de una manera muy característica, que suele describirse como un pico de pato abierto. Es una especie monoica: pies con flores masculinas y femeninas en el mismo árbol.

Del género hay otras especies en cultivo ocasional, sobre todo Calocedrus macrolepis, del sur de China, Vietnam y Birmania, de escamas más grandes y follaje con reverso glauco. Es bastante más sensible al frío que la californiana y solo prospera en zonas de invierno suave del litoral.

Follaje de Calocedrus macrolepis con las escamas anchas características

Clima y suelo

La rusticidad al frío es excelente: soporta sin daño -20 ºC y aguanta más en estado adulto, con lo que se puede plantar en cualquier punto de la Península, incluidos los páramos castellanos y las zonas de montaña. También tolera el calor estival mucho mejor que las coníferas de origen atlántico o centroeuropeo. Es una de las pocas coníferas ornamentales grandes que se comporta con dignidad en Madrid, Zaragoza o Valladolid sin convertirse en un consumidor permanente de agua.

En cuanto a suelo, es notablemente adaptable. Prefiere terrenos profundos, frescos y bien drenados, de textura franca o franco-arenosa, y acepta desde pH ácido hasta ligeramente alcalino. Tolera la caliza moderada sin clorosis, cosa que no se puede decir de muchas coníferas ornamentales, aunque en suelos muy calizos y superficiales crece despacio y se defolia con la sequía. Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado: en suelos arcillosos pesados con drenaje malo, la podredumbre radicular por Phytophthora acaba con él.

Ubicación a pleno sol. Es relativamente tolerante a la sombra en juventud —en su hábitat nace bajo el dosel de otros árboles—, pero en cultivo un ejemplar sombreado se abre, pierde densidad y deja de tener la silueta compacta por la que se planta.

Plantación y riego

El momento óptimo de plantación en clima mediterráneo es el otoño, de octubre a noviembre. Así el árbol dispone de todo el invierno y la primavera para explorar el suelo con sus raíces antes de enfrentarse al primer verano, que es cuando se pierde el grueso de las coníferas recién plantadas. En zonas de invierno muy duro, con suelo helado durante semanas, es preferible retrasarlo a marzo.

Hoyo amplio, al menos el doble del cepellón en anchura, con el suelo descompactado alrededor. El cuello no debe quedar enterrado: la marca del sustrato del contenedor tiene que quedar a ras de terreno o un par de centímetros por encima. Un alcorque y un acolchado de corteza o astilla de 6 a 8 cm marcan una diferencia real en los primeros veranos.

El riego es abundante los dos o tres primeros años: riegos profundos y espaciados, del orden de uno por semana en verano en el interior, mejor que salpicaduras diarias. Un ejemplar ya establecido en el norte o en zonas de más de 600 mm anuales puede prescindir del riego por completo; en el interior seco y en el sur, dos o tres riegos profundos entre junio y septiembre lo mantienen sin estrés. Desarrolla una raíz principal profunda que le da autonomía notable, y esa misma raíz explica que sea razonablemente poco agresivo con pavimentos, aunque plantarlo a menos de 4 o 5 m de una construcción sigue sin ser buena idea.

Poda: cuanto menos, mejor

Este es el apartado donde más daño se hace. El calocedro no rebrota de madera vieja sin follaje, como el resto de las cupresáceas de este tipo. Si se recorta una rama por detrás de la zona verde, ese muñón queda desnudo para siempre y deja un hueco permanente en la columna. Tampoco se le debe cortar la guía terminal: al hacerlo se pierde el eje dominante, varias ramas superiores compiten por sustituirlo y el árbol acaba con dos o tres cabezas y una forma irrecuperable.

La actuación correcta se limita a retirar ramas secas, rotas o cruzadas, y a hacerlo a final de invierno. Un ejemplar bien situado no necesita nada más en toda su vida. Si lo que se busca es un seto recortable a una altura fija, esta no es la especie: para eso están el ciprés común o el tejo, que sí toleran el recorte repetido.

Conviene además no alarmarse con un fenómeno normal: el calocedro renueva sus ramillos cada tres o cuatro años, y los viejos del interior de la copa se vuelven pardos y se desprenden en otoño. Ese pardeamiento interior, con la parte exterior del follaje verde y sana, no es una enfermedad ni una plaga. Si el pardeamiento afecta a las puntas exteriores o a ramas enteras de arriba abajo, entonces sí hay que mirar el drenaje y el estado de la base del tronco.

Problemas y ventaja frente al chancro del ciprés

En cultivo europeo es una especie notablemente sana. Los problemas serios se reducen a la podredumbre radicular en suelos encharcados y a episodios de cochinillas o pulgón lanígero, poco frecuentes y raramente graves.

Su punto fuerte sanitario es otro. En amplias zonas de España, los setos y alineaciones de Cupressus sempervirens y Cupressus macrocarpa han sido diezmados por el chancro del ciprés, causado por el hongo Seiridium cardinale, que provoca cancros deprimidos en ramas y troncos y va secando el árbol por partes hasta matarlo. El calocedro es bastante menos susceptible a este hongo, lo que lo convierte en una alternativa sensata donde el chancro ya ha causado bajas y se busca reponer con una conífera de porte columnar. No es una alternativa rápida —hay que aceptar la diferencia de velocidad—, pero sí duradera.

Sobre riesgos para las personas: no es una especie tóxica por ingestión ni figura entre las plantas peligrosas de jardín. El serrín de su madera sí puede resultar irritante para las vías respiratorias al trabajarla en carpintería, y el contacto prolongado con el follaje resinoso provoca dermatitis leve en personas sensibles. Guantes al podar y mascarilla al serrar resuelven ambos casos.

Multiplicación

Por semilla es la vía habitual en vivero. Requiere estratificación en frío húmedo, en torno a un mes o mes y medio a 4 ºC, y aun así germina de forma irregular y desigual en el tiempo. Las plántulas crecen despacio los primeros años y no conviene trasplantarlas hasta que hayan hecho un sistema radicular consistente.

Por esqueje se hace sobre todo con los cultivares, tomando ramillos semileñosos en otoño o invierno, con calor de fondo y ambiente saturado; el enraizamiento es lento y la tasa de éxito, moderada. Hay un detalle técnico importante: los esquejes tomados de ramas laterales tienden a producir plantas plagiotrópicas, es decir, que crecen inclinadas y sin eje vertical, un vicio que a veces no se corrige nunca. Para obtener planta de porte normal hay que esquejar de brotes verticales, del eje o de la parte alta de la copa.

Entre los cultivares disponibles están 'Aureovariegata', con ramillos salpicados de amarillo, 'Berrima Gold', de follaje dorado y porte compacto, y 'Compacta', de crecimiento reducido para jardines pequeños.

En resumen

Calocedrus decurrens es una cupresácea del oeste norteamericano —no un cedro verdadero, pese al nombre— que en jardines europeos adopta un porte columnar estrecho, de follaje escamoso aromático en abanicos verticales y corteza canela fibrosa. Aguanta -20 ºC y tolera el verano seco mejor que la mayor parte de las coníferas ornamentales, lo que la hace especialmente útil en el interior peninsular. Quiere pleno sol y suelo profundo y drenado, con tolerancia a la caliza moderada y ninguna al encharcamiento. Se planta en otoño, se riega los dos o tres primeros años y después se vuelve casi autónoma. No se poda salvo para quitar ramas muertas, porque no rebrota de madera vieja ni recupera la guía si se corta. Es lenta, así que no sirve como pantalla de urgencia, pero a cambio es longeva, sana y bastante más resistente al chancro del ciprés que los Cupressus a los que a menudo sustituye.


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