El género Calluna contiene una sola especie, Calluna vulgaris, y de ella derivan más de mil cultivares registrados. Ese contraste explica bastante bien la planta: una mata leñosa muy poco exigente en nutrientes, muy exigente en un solo punto concreto, y con una variabilidad de color enorme para su tamaño. Aquí se la conoce como brecina o brezo común, y crece de forma silvestre en buena parte de la mitad norte peninsular, desde los brezales atlánticos gallegos y cantábricos hasta los rasos de montaña del Sistema Central, los Montes de León o el Pirineo.
La condición innegociable es el suelo ácido. Todo lo demás se puede negociar; el pH no. Antes de comprarla conviene saber qué agua sale del grifo y qué suelo hay en el jardín, porque de ahí sale la mitad de los fracasos con esta planta.
Qué es exactamente una calluna
Es un arbusto enano de la familia de las ericáceas, perennifolio, de entre 20 y 60 cm de altura según cultivar, con porte de cojín o de mata extendida. Vive muchos años —en el monte hay matas de veinte o treinta— pero envejece mal si se la deja a su aire en el jardín, y eso tiene solución, como se verá en el apartado de poda.
Las hojas son diminutas, escuamiformes, imbricadas contra el tallo en cuatro filas. Ese detalle es la forma rápida de distinguirla del brezo de invierno: en Erica las hojas son aciculares y se disponen en verticilos separados, con aspecto de agujitas. Hay una segunda diferencia, más útil todavía. En Calluna la parte vistosa de la flor es el cáliz, que es petaloide y más largo que la corola; en Erica lo vistoso es la corola acampanada. Como el cáliz es seco y persistente, las flores de la calluna conservan el color semanas después de haberse marchitado, incluso sobre la planta en pie.
Floración: por qué se planta con brezos de invierno
La calluna florece a finales de verano y en otoño, típicamente de agosto a noviembre según altitud y cultivar. Los brezos que se ven florecidos en enero o febrero no son callunas: son Erica carnea o Erica x darleyensis, que ocupan justo la ventana contraria. Plantar unas y otras en el mismo macizo es la forma clásica de tener un brezal con color prácticamente todo el año, y no una cuestión estética arbitraria.
Los colores de flor van del blanco al rosa, malva, lila y púrpura intenso. No existen callunas de flor amarilla ni azul, por mucho que aparezcan en fotografías de venta por internet. Lo que sí existe es una gama amplia de follajes de color: dorados como 'Gold Haze', anaranjados y bronce que se encienden con el frío como 'Wickwar Flame' o 'Firefly', y plateados grisáceos como 'Silver Knight'. En un cultivar de follaje dorado el interés dura los doce meses, no las diez semanas de floración.
Un apunte sobre las llamadas variedades de flor en capullo, del tipo 'Garden Girls' o 'Marleen', muy habituales en la venta de otoño: sus flores no llegan a abrirse nunca. Quedan en botón coloreado, y por eso aguantan meses impecables. Es un buen argumento decorativo y un mal argumento ecológico: al no abrir, no ofrecen ni néctar ni polen a los polinizadores, mientras que una calluna de flor normal es una de las mejores plantas melíferas de finales de verano y da la conocida miel oscura de brezo.
Suelo y agua, el punto crítico
La calluna necesita un suelo ácido, con un pH entre 4,5 y 5,5, arenoso o al menos muy drenante, y pobre en nutrientes. Sus raíces son finísimas y superficiales, y dependen de micorrizas ericoides que no funcionan en suelos calizos. Por encima de pH 6,5 la planta no puede absorber hierro y aparece la clorosis: nervios verdes sobre limbo amarillento, brotes cada vez más cortos, y muerte lenta en uno o dos años.
En buena parte del interior y del sur peninsular los suelos son básicos y el agua del grifo lleva bicarbonatos. En ese escenario hay dos caminos honestos. El primero, cultivarla en maceta o jardinera con sustrato específico para acidófilas y regarla con agua de lluvia. El segundo, renunciar a ella y usar plantas de rocalla mediterránea que darán menos disgustos. El camino que no funciona es plantarla en suelo calizo y compensar a base de quelatos de hierro: se puede sostener un tiempo, pero es tratar un síntoma indefinidamente.
Si el agua disponible es dura y no hay lluvia recogida, se puede acidificar el riego, pero conviene hacerlo midiendo con tiras o medidor de pH y no a ojo. Y el acolchado ayuda más de lo que parece: una capa de 4 o 5 cm de corteza de pino o acícula de pino mantiene la humedad, refresca el suelo y frena la subida del pH.
Luz, riego y abonado
Sol directo. A la sombra la mata se ahueca, florece poco y los cultivares de follaje dorado o rojizo se vuelven de un verde apagado, que es justo lo contrario de por qué se compraron. En zonas de verano muy caluroso, sol de mañana y sombra a partir de las tres de la tarde es un buen compromiso.
El riego tiene una regla concreta: el cepellón nunca debe secarse por completo. Las raíces son tan finas y el sustrato de brezo tan poco retentivo que, si llega a deshidratarse del todo, cuesta muchísimo rehidratarlo; el agua resbala por los laterales de la maceta sin mojar la masa central. Cuando eso ocurre en maceta, la solución es sumergirla en un barreño hasta que dejen de salir burbujas. Al mismo tiempo, el encharcamiento la asfixia y abre la puerta a Phytophthora. Riego frecuente pero moderado, y drenaje garantizado.
Del abonado, casi mejor olvidarse. Es una planta de brezal, adaptada a suelos oligotróficos, y el exceso de nitrógeno la vuelve blanda, alargada y menos resistente al frío y a los hongos. Con un abono para plantas acidófilas a media dosis, una sola vez a principios de primavera, va sobrada. En pleno suelo bien acolchado, ninguna.
La poda anual, que se olvida siempre
Aquí está la diferencia entre una calluna compacta a los diez años y una mata leñosa, abierta por el centro y con cuatro flores a los cuatro. La calluna debe podarse todos los años.
El momento es el final del invierno o principios de primavera, típicamente marzo, antes de que arranquen los brotes nuevos. Se recorta toda la mata a la vez, con tijera de setos o de podar, cortando por debajo de las inflorescencias secas del año anterior pero sin entrar en la madera vieja desnuda. Ese límite es absoluto: la calluna no rebrota de tallo leñoso sin hojas. Si se corta más abajo de donde hay follaje, esa rama se queda muerta y no hay vuelta atrás.
Por eso la poda se empieza el primer año y se repite siempre. Una mata descuidada durante cinco años ya no tiene margen para recuperarse, y lo razonable es sustituirla o, como mucho, intentar recuperarla por acodo. Dejar las flores secas puestas durante el invierno, además de decorativo, protege algo los brotes en zonas de heladas fuertes; de ahí que no se pode en otoño.
Frío, calor y multiplicación
El frío no es problema: soporta sin daño temperaturas por debajo de -20 ºC, y en su área natural vegeta a más de 2.000 m de altitud. Lo que la limita en España es el otro extremo, la combinación de calor seco prolongado y agua caliza. En la cornisa cantábrica y Galicia se comporta como planta de jardín sin ninguna dificultad; en Levante o en el valle del Guadalquivir es un cultivo de maceta y de cierta dedicación.
Para multiplicarla, lo más sencillo son esquejes semileñosos de 4 a 6 cm tomados en julio o agosto, deshojando la mitad inferior, con hormona de enraizamiento y en mezcla de turba rubia y perlita, bajo campana y a la sombra. Enraízan en dos o tres meses. La otra vía, todavía más fácil, es el acodo: se dobla una rama baja, se sujeta contra el suelo con una horquilla y se cubre con sustrato ácido en primavera; al año siguiente se separa ya enraizada. La semilla germina, pero los cultivares no salen fieles y las plantas tardan años en hacer mata.
Dónde queda bien y para qué se usa
Su uso natural en jardinería es el macizo de brezal: callunas y ericas mezcladas por manchas de color, con coníferas enanas de porte columnar rompiendo la horizontalidad, y arándanos, rododendros enanos o Pieris como fondo, ya que todos comparten la misma exigencia de acidez. Funciona igual de bien en rocalla de sustrato ácido, como tapizante en taludes que interese fijar y en jardinera de otoño combinada con ciclámenes o gramíneas ornamentales.
Fuera del jardín, la brecina ha tenido usos de sobra: escobas rústicas —de ahí el nombre de género, del griego kallyno, barrer—, camas de ganado, techumbre vegetal y, sobre todo, pasto de colmena. La miel de brezo es densa, oscura y de sabor fuerte, y sale casi toda de esta especie. La planta no es tóxica para personas ni animales domésticos.
Una advertencia comercial: en otoño se venden callunas con las flores teñidas con espray en tonos que la especie no produce, azules, turquesa o fucsia eléctrico. Sobreviven, pero el nuevo crecimiento saldrá del color real del cultivar, y la pintura entorpece el intercambio gaseoso mientras dura. Vale la pena mirar de cerca antes de pagar.
En resumen
Calluna vulgaris es un arbusto enano de brezal que florece de agosto a noviembre, complementando a las Erica de invierno, y que aporta color de follaje los doce meses si se eligen cultivares dorados o bronce. Necesita sol directo, suelo ácido de pH 4,5 a 5,5, drenaje muy bueno y agua sin cal, y agradece un acolchado de corteza de pino. Se abona poco o nada. La operación que decide su vida útil es la poda anual de finales de invierno, siempre por encima de la madera vieja, porque no rebrota de tallo desnudo. Aguanta -20 ºC sin inmutarse, de modo que en España su límite no es el frío sino el verano seco y el agua caliza: en el norte húmedo es planta de pleno suelo, y en el interior y el sur, un cultivo de maceta con sustrato de acidófilas y agua de lluvia.