El humo que sale del incensario en una catedral procede de la savia seca de un árbol pequeño, retorcido, que vive agarrado a paredones de caliza en el sur de Arabia y el Cuerno de África, en sitios donde llueve menos de 200 mm al año. Ese árbol es una Boswellia, y su resina es el olíbano o incienso, la misma mercancía que sostuvo la ruta caravanera del sur de Arabia durante mil quinientos años.
Hoy se cultiva también como planta de colección, por el tronco engrosado y la corteza de papel. Y ahí empiezan los malentendidos, porque la información que circula sobre su cultivo está escrita pensando en un clima que no es el nuestro.
Qué es una Boswellia
Boswellia es un género de la familia Burseráceas, la misma a la que pertenece Commiphora myrrha, el árbol de la mirra. Reúne alrededor de veinte especies repartidas por el sur de la Península Arábiga, el Cuerno de África, el Sahel y la India seca.
Morfológicamente son árboles pequeños o arbustos grandes, de 2 a 8 metros, con base del tronco ensanchada —lo que en jardinería de suculentas se llama caudex o porte paquicaule—, corteza que se desprende en láminas finas como papel de fumar, hojas compuestas imparipinnadas agrupadas en el extremo de las ramas y flores pequeñas, blanquecinas o rosadas, en racimos. Son caducifolias por sequía, no por frío: pierden la hoja en la estación seca y rebrotan cuando llega la humedad.
La adaptación más llamativa es la raíz. Muchas Boswellia crecen literalmente sobre roca desnuda, sujetas por una especie de disco basal que se adhiere a la piedra. Eso da la primera pista sobre cómo tratarlas en maceta.
Las especies que importan
Boswellia sacra. Omán, Yemen y Somalia. Es la del incienso clásico, el que se llamaba luban y del que salen las calidades más cotizadas de Dhofar. Es la especie más buscada por los coleccionistas.
Boswellia carterii. Somalia y Somalilandia. Buena parte de los autores la consideran sinónimo de B. sacra, aunque el comercio de resinas las separa. Si compras semilla, es probable que este nombre y el anterior te lleguen mezclados.
Boswellia frereana. Somalia. Produce el maydi, el «rey del incienso», una resina que se mastica y que no contiene ácido boswélico, a diferencia de las demás.
Boswellia serrata. India seca. Es la salai, la fuente de los extractos que se venden como complemento alimenticio. Es también la especie más tolerante y la más fácil de cultivar de todo el género, y con diferencia la más disponible en semilla.
Boswellia papyrifera. Etiopía, Eritrea y Sudán. Aporta el grueso del incienso que llega al mercado mundial. Sus poblaciones están en franco retroceso.
Boswellia neglecta y Boswellia rivae, del este africano, aparecen de vez en cuando en colecciones especializadas.
El clima: aquí está el problema
La descripción de «árbol de zonas cálidas y secas» hace pensar que una Boswellia encajaría en Almería, Alicante o Málaga. No encaja, y el motivo no es el calor sino el invierno.
Estos árboles proceden de climas tropicales áridos donde la temperatura no baja de 12-15 °C ni en la noche más fresca del año. Su umbral de daño está muy por encima de la helada: por debajo de 8-10 °C empiezan los problemas de raíz aunque no haya hielo, y una helada de ‑1 °C mata un ejemplar joven sin discusión. En la España peninsular, incluidas las zonas más benignas del litoral sur, hay noches de enero de 4-6 °C con toda normalidad. Eso ya es demasiado.
Traducción práctica: en la Península, una Boswellia es planta de maceta que pasa el invierno bajo cubierta, en invernadero templado o dentro de casa junto a una ventana muy luminosa. Puede salir al exterior de mayo a octubre, y agradece hacerlo. En Canarias, en las zonas costeras del sur de Tenerife o Gran Canaria, sí es posible tenerla plantada en suelo.
El otro requisito es luz directa, mucha. Pleno sol de verano sin ningún reparo. Una Boswellia con poca luz alarga los entrenudos, no engrosa la base —que es justamente lo que se busca— y se vuelve mucho más sensible a la podredumbre.
Y un detalle que se olvida: en verano necesita calor de verdad, 30-38 °C, para crecer algo. A 20 °C está simplemente parada. Si el ejemplar «no hace nada» en un patio fresco del norte, no está enfermo: le falta temperatura.
Sustrato y maceta
Si el árbol vive sobre roca caliza en su tierra, el sustrato de turba de un centro de jardinería es lo contrario de lo que necesita. La mezcla tiene que ser mineral en un 70-80 %: pómice, picón o lapilli volcánico, akadama, arena silícea gruesa de 3-6 mm, arcilla expandida machacada. El 20-30 % restante puede ser fibra de coco o mantillo bien descompuesto, solo para retener algo de humedad y nutrientes.
Nada de arena de playa ni de arena fina de construcción: la fina compacta y empeora el drenaje en lugar de mejorarlo. Y no le viene mal algo de caliza en la mezcla —un puñado de grava caliza o de conchas trituradas—, coherente con su hábitat.
Maceta de barro sin esmaltar, más ancha que profunda, con agujero grande. El barro transpira y seca antes, y eso, en esta planta, es una ventaja y no un inconveniente. Las macetas de plástico obligan a afinar mucho el riego.
Riego: el error que mata al 90 %
La Boswellia tiene dos regímenes de riego radicalmente distintos a lo largo del año, y confundirlos es la causa habitual de fracaso.
En crecimiento (aproximadamente de mayo a septiembre, cuando tiene hoja y hace calor): riego abundante, empapando todo el cepellón hasta que sale agua por el agujero, y después secado completo del sustrato antes de volver a regar. En una maceta de barro al sol eso puede significar cada 5-7 días. Es más de lo que la gente espera de una planta de aspecto suculento, y sin ese aporte no engorda nada.
En reposo (de noviembre a marzo, sin hoja y con la planta a resguardo): riego cero o casi cero. Un pequeño humedecido superficial cada seis u ocho semanas en ejemplares muy jóvenes, para que no se sequen las raicillas finas, y nada más. Un riego normal en enero, con la planta parada y a 14 °C, es una sentencia: la raíz se pudre en cuestión de días.
La transición entre ambos regímenes la marca la planta, no el calendario. Cuando en primavera empiezan a hincharse las yemas y aparecen las primeras hojas, se reanuda el riego progresivamente. Cuando en otoño amarillea y suelta la hoja, se corta.
Agua de lluvia o de baja mineralización si es posible; el agua muy dura del interior peninsular no la mata, pero deja costras de cal en el sustrato mineral y encarece el trasplante.
Abonado
Poco y flojo. Un abono para cactus y suculentas —bajo en nitrógeno, con más potasio y fósforo— a la mitad de la dosis de la etiqueta, una vez al mes durante el crecimiento, y suspendido por completo en cuanto pierde la hoja.
Un exceso de nitrógeno le provoca ramas alargadas y débiles y estropea el porte compacto que hace atractiva a la planta. Si has metido algo de compost en la mezcla al trasplantar, el primer año puedes olvidarte del abono directamente.
Multiplicación
Por semilla es como se obtienen las plantas buenas, y también donde más se pierde. La semilla de Boswellia tiene viabilidad baja y corta: pierde poder germinativo en pocos meses, así que la fecha de cosecha importa más que el precio. Una partida del año anterior puede germinar por debajo del 10 %. Se siembra superficial, apenas cubierta, en sustrato muy drenante, a 25-30 °C, con humedad constante pero sin encharcar, y se usa un fungicida preventivo porque el damping-off se lleva las plántulas en 48 horas. La germinación es irregular y escalonada, entre dos y ocho semanas.
Por esqueje enraízan bien —ramas semileñosas de 15-20 cm, dejadas cicatrizar unos días antes de plantar en perlita, en verano y con calor de fondo—, pero hay que saber lo que se compra: la planta de esqueje no desarrolla el caudex ensanchado ni el sistema radicular pivotante de la de semilla. Crece con un tronco recto y una raíz superficial. Si lo que buscas es la silueta gruesa de las fotos, tiene que ser de semilla, y eso significa años.
Porque el ritmo es el que es: una Boswellia es de las plantas leñosas más lentas que se pueden cultivar. Una plántula de dos años mide un palmo. Los ejemplares que se ven en las ferias de suculentas con tronco de brazo tienen décadas encima o vienen recolectados del campo, que es otro asunto.
Poda y trasplante
La poda es mínima y se limita a retirar ramas secas o rotas al final del invierno, antes de la brotación. Algunos cultivadores despuntan los brotes jóvenes para forzar ramificación y un porte más denso, técnica prestada del bonsái, que es donde este género tiene su público más entusiasta. Los cortes exudan resina blanca abundante; es normal y sella solo.
El trasplante se hace en primavera, justo antes de que arranque, y con poca frecuencia: cada tres o cuatro años, o cuando la maceta esté claramente colmatada. Es una planta a la que le gusta ir algo justa de espacio. Al sacarla del tiesto conviene revisar la raíz, dejarla secar al aire un par de días si se ha dañado algo y replantar en sustrato seco, esperando una semana antes del primer riego. Así cicatrizan las heridas y no entran hongos.
Usos, y qué conviene aclarar sobre ellos
El uso histórico es la resina, obtenida hiriendo la corteza y dejando que el exudado endurezca al aire en «lágrimas». Es un trabajo de recolectores especializados que además debe hacerse con moderación, y esto no es una precisión ética sino técnica: los árboles sangrados con demasiada frecuencia producen semillas de menor viabilidad y acaban debilitándose. La sobreexplotación, el pastoreo y los incendios han dejado poblaciones enteras de B. papyrifera sin regeneración natural: los árboles que hay son viejos y no hay reemplazo. Varias especies del género figuran en la Lista Roja de la UICN y su comercio internacional ha sido objeto de propuestas de regulación, así que antes de importar semillas o plantas conviene comprobar la normativa vigente y comprar solo a proveedores que documenten el origen. Nunca compres ejemplares recolectados del campo.
Sobre el uso medicinal: el extracto de Boswellia serrata, estandarizado en ácidos boswélicos (el AKBA es el más estudiado), se comercializa como complemento alimenticio con indicación de apoyo articular, y existe investigación clínica sobre su efecto antiinflamatorio, con resultados prometedores pero no concluyentes. Dos cosas que hay que decir claras: no equivale a la resina que se quema como incienso, ni se sustituye un tratamiento médico por ella, y puede interactuar con anticoagulantes y con algunos antiinflamatorios. Un complemento no es un producto inocuo por el hecho de venir de una planta. Consulta con tu médico, sobre todo si tomas medicación.
Y sobre quemar incienso en interior: el humo de resina contiene partículas finas y compuestos irritantes, igual que cualquier combustión. En una habitación pequeña y cerrada no es buena idea, y menos con asmáticos o bebés en casa. Ventilar.
Los falsos «árboles del incienso»
Si en un vivero español te ofrecen una «planta del incienso», casi con seguridad no es una Boswellia. Los suplantadores habituales son:
Plectranthus coleoides y parientes, esa mata colgante de hoja aterciopelada con borde blanco que se vende como «incienso» o «planta del incienso» por su olor al frotarla. Es una labiada barata y de crecimiento rápido, sin ninguna relación con el olíbano.
Artemisia thuscula y otras artemisas, llamadas «incienso» en Canarias.
Y en la propia familia Burseráceas, distintas Commiphora —la mirra y sus parientes— y Bursera americanas, que se parecen bastante a una Boswellia joven y que a veces circulan con la etiqueta cambiada. Una pista: las hojas de Boswellia son pinnadas y con folíolos claramente aserrados u ondulados; las de muchas Commiphora son trifoliadas o simples y suelen llevar espinas en las ramas.
En resumen
Boswellia es el género que da el incienso, con B. sacra como especie emblemática y B. serrata como la más razonable para empezar por disponibilidad y tolerancia. En la España peninsular no es planta de jardín: exige mínimas por encima de 10-12 °C todo el año, así que se cultiva en maceta, a pleno sol de mayo a octubre y bajo cubierta el resto del año. Solo en las zonas costeras cálidas de Canarias tiene sentido plantarla en suelo.
Las claves del cultivo son un sustrato mineral en un 70-80 % en maceta de barro, un riego abundante pero muy espaciado en verano y prácticamente nulo en el reposo invernal —el exceso de agua con frío es lo que las mata—, abono escaso y bajo en nitrógeno, y una poda reducida a limpieza a finales de invierno. Se multiplica de semilla fresca a 25-30 °C, con germinación irregular; el esqueje enraíza pero no forma el tronco engrosado.
Por último: es un género con problemas serios de conservación. Compra semilla de origen documentado, nunca plantas extraídas de su hábitat, y trata los extractos de Boswellia como lo que son, un complemento con posibles interacciones, no un remedio sin consecuencias.