Empecemos por corregir algo que se repite mucho: el berro de agua no es un arbusto. No tiene madera, no tiene tronco y no persiste en pie de un año para otro. Es una planta herbácea perenne acuática o semiacuática de la familia de las crucíferas, la misma de la col, la mostaza y el rábano, y de hecho su picor característico procede exactamente de los mismos compuestos que el de la mostaza.

Su nombre científico es Nasturtium officinale, aunque durante décadas se le ha llamado también Rorippa nasturtium-aquaticum, sinónimo que todavía aparece en muchos libros. Y conviene aclarar otra confusión frecuente: no tiene nada que ver con la capuchina, esa flor naranja de jardín que en inglés se llama nasturtium y cuyo nombre botánico es Tropaeolum majus. Son plantas de familias distintas que comparten un nombre por accidente histórico.

Mata de berro de agua creciendo en el borde de un curso de agua

Cómo es la planta

El berro forma matas de tallos huecos, carnosos y quebradizos, que reptan sobre el fango o flotan en agua poco profunda y ascienden de 20 a 60 centímetros. De cada nudo del tallo salen raíces adventicias blancas, y esa es la clave de su biología: la planta avanza colonizando el cauce, echando raíz allí donde un nudo toca el sustrato húmedo. Es también la razón de que se multiplique con tanta facilidad.

Las hojas son compuestas imparipinnadas, con tres a nueve foliolos redondeados u ovales, siendo el terminal claramente mayor que los laterales. Son de un verde intenso, algo brillantes y de textura suculenta. Se mantienen verdes todo el invierno en climas suaves; con heladas fuertes la parte aérea se daña, pero la planta rebrota desde los tallos sumergidos, que quedan protegidos por el agua.

Florece de abril a septiembre, con racimos de flores blancas muy pequeñas, de cuatro pétalos en cruz, como corresponde a una crucífera. Los frutos son silicuas alargadas y ligeramente curvadas de un par de centímetros, llenas de semillas diminutas dispuestas en dos filas.

Su distribución natural cubre Europa, el norte de África y buena parte de Asia occidental, y en España es una planta común en arroyos, manantiales, acequias, fuentes y regatos de aguas limpias, frescas y con corriente, desde el nivel del mar hasta cerca de los 2.000 metros. Se ha naturalizado prácticamente en todo el mundo, y en algunos países —Nueva Zelanda, algunas zonas de Estados Unidos— se comporta como invasora agresiva.

Una advertencia sanitaria que hay que leer antes de recolectar

Este es, con diferencia, el apartado más importante del artículo.

El berro silvestre de arroyo puede transmitir la fasciolosis, una parasitosis causada por el trematodo Fasciola hepatica, la conocida "duela del hígado". El ciclo es el siguiente: el ganado infectado —ovejas y vacas, sobre todo— elimina huevos con las heces, estos eclosionan en el agua, infectan a un caracol acuático del género Galba y, tras multiplicarse en él, salen larvas que se enquistan en forma de metacercarias sobre la vegetación acuática. Si alguien come esas hojas crudas, el parásito atraviesa la pared intestinal y llega al hígado.

No es una curiosidad de manual. En España se registran casos cada año, con brotes documentados asociados precisamente al consumo de berro silvestre, sobre todo en zonas de montaña con ganadería extensiva. Los síntomas —fiebre, dolor en el costado derecho, eosinofilia— aparecen semanas después y el diagnóstico se retrasa con frecuencia.

Las reglas prácticas:

No recolectar berro en arroyos por los que pase o abreve ganado, ni aguas abajo de pastos, corrales o balsas de ganadería. Esa es la principal medida.

Lavar no basta. Las metacercarias se adhieren con fuerza a la hoja y resisten el lavado con agua, e incluso el remojo con vinagre o lejía alimentaria en las concentraciones domésticas habituales no ofrece garantía total.

Lo único fiable es el calor. Cocinado o escaldado, el parásito muere. Un berro silvestre puede consumirse en crema, sopa o salteado con tranquilidad; crudo en ensalada, solo si procede de cultivo controlado.

Esto no es un argumento para no comer berros: el berro de cultivo comercial y el que uno mismo produce en casa con agua de red están libres del problema, porque el ciclo requiere ganado y caracoles acuáticos. Es un argumento para no coger a ciegas la mata que crece en el regato del monte y llevársela cruda a la ensalada.

Y otra advertencia: los parecidos peligrosos

En los mismos arroyos crecen dos plantas que un ojo poco entrenado puede confundir con el berro.

La berraza o apio bastardo (Apium nodiflorum, hoy Helosciadium nodiflorum) tiene también hojas compuestas y crece en el mismo hábitat, pero sus foliolos son alargados y claramente dentados en el borde, no redondeados, y sus flores son blancas en umbela, no en racimo. No es especialmente tóxica, pero su verdadero riesgo es que se parece a algo mucho peor.

El nabo del diablo (Oenanthe crocata) es una umbelífera de los mismos arroyos, muy venenosa y potencialmente mortal. Es más grande, con tallos gruesos y acanalados, hojas muy divididas y raíces tuberosas en forma de dedos que huelen a apio y desprenden un jugo amarillento que se oscurece al aire.

La regla de identificación que nunca falla con el berro: flores en cruz de cuatro pétalos, foliolo terminal redondeado y más grande que los laterales, y sabor picante a mostaza. Las umbelíferas peligrosas tienen flores en paraguas y sabor a apio. Ante la duda, no se coge.

Cultivarlo en casa: más fácil de lo que parece

El berro es una de las hortalizas más agradecidas para cultivar en pequeño, y esquiva de un plumazo los dos problemas anteriores. No necesita un estanque ni un arroyo: necesita raíces permanentemente húmedas y agua limpia.

El método más simple es el sistema de doble recipiente. Se llena una maceta ancha y no muy honda con una mezcla de tierra de jardín y compost, algo pesada mejor que muy drenante, y se coloca dentro de un platillo o barreño hondo con 3 o 5 centímetros de agua. El agua asciende por capilaridad y mantiene el sustrato saturado. La única condición es renovar el agua del plato cada dos o tres días: agua estancada al sol se pudre, huele y cría larvas de mosquito. Ese cambio de agua sustituye a la corriente natural del arroyo.

También funciona muy bien un cultivo hidropónico casero: un recipiente con agua y una solución nutritiva diluida, con las raíces sumergidas y el follaje al aire.

La siembra se hace en primavera, de marzo a mayo, o en otoño, de septiembre a octubre. La semilla es minúscula y necesita luz para germinar, así que se esparce sobre la superficie del sustrato húmedo y apenas se cubre con una capa fina de arena o vermiculita. Germina en una o dos semanas a 15-20 °C.

Pero el método rápido es el esqueje, y aquí está el truco doméstico más útil: un manojo de berros comprado en la verdulería sirve de material de partida. Se cortan tallos de 8 o 10 centímetros, se retiran las hojas del tercio inferior y se ponen en un vaso de agua en un lugar luminoso. En cinco a diez días aparecen raíces blancas en los nudos, y ya se pueden plantar. Es prácticamente infalible.

Cultivo de berros de agua en bancal inundado

Condiciones que necesita

Luz. Sol o media sombra. En el norte peninsular admite pleno sol sin problema. En el interior y el sur, a partir de junio conviene darle sombra en las horas centrales, porque el calor directo lo hace espigarse y amargar. Una ubicación de sol de mañana y sombra de tarde es la mejor en casi toda España.

Temperatura. Es una planta de estación fresca. Su rango óptimo está entre 10 y 22 °C. Por encima de 25 °C el crecimiento se resiente, la hoja se endurece y la planta tiende a florecer. Resiste heladas ligeras y, si sus raíces están en agua, sobrevive a inviernos bastante duros. Esto significa que en la Península las mejores temporadas son la primavera y el otoño, y en el litoral mediterráneo y el sur puede cultivarse todo el invierno.

Agua. Limpia y renovada. Prefiere aguas ligeramente alcalinas y duras —crece de forma natural en manantiales calizos—, con un pH entre 6,5 y 7,5, así que a diferencia de tantas plantas de jardín, el agua de red dura española le viene perfectamente. Es de las pocas veces que la cal juega a favor.

Sustrato. Fértil y con materia orgánica, capaz de retener agua. Una mezcla de tierra franca y compost va bien. En hidroponía, una solución nutritiva estándar diluida a la mitad.

Abonado. Al ser una hoja que se consume, agradece nitrógeno. Un abono líquido rico en nitrógeno cada dos o tres semanas durante el crecimiento activo, siempre a dosis moderada, mantiene la hoja tierna. Ojo: en cultivo con agua estancada, el exceso de abono provoca proliferación de algas verdes.

Recolección y el problema de la floración

Se empieza a cortar cuando la mata tiene entre 10 y 15 centímetros, unas cuatro a seis semanas después del trasplante. La técnica correcta es cortar los tallos por encima de un par de hojas, dejando la base, en vez de arrancar la planta entera. Rebrota una y otra vez, y una plantación bien llevada da cosechas continuas durante meses.

Cortar con frecuencia no es solo una forma de aprovechar: es la principal herramienta para retrasar la floración. Cuando el berro florece, dedica sus recursos a la semilla, las hojas se vuelven pequeñas, correosas y notablemente más picantes y amargas. Es lo que se llama espigado, y lo desencadena la combinación de calor y días largos.

Si la planta empieza a emitir tallos florales, hay dos opciones: pinzarlos en cuanto aparecen para prolongar la cosecha unas semanas, o dejarla florecer y aprovechar para recoger semilla con la que resembrar en otoño. Las flores, por cierto, son comestibles y decorativas en ensalada.

Una corrección a una creencia extendida: mucha gente piensa que el berro amarga "porque le falta agua". Casi nunca es eso. Amarga porque hace calor y porque la planta ya se está reproduciendo. La solución es sombra, cortes frecuentes y, sobre todo, cultivarlo en primavera y otoño en lugar de empeñarse en pleno agosto.

El berro no se conserva bien. Aguanta unos pocos días en la nevera envuelto en papel húmedo, o con los tallos en un vaso de agua como si fuera un ramo. Perder la turgencia y ponerse amarillo es cuestión de días, así que se recolecta lo que se vaya a consumir.

Valor alimentario

Es una hoja de una densidad nutricional muy alta y muy pocas calorías. Destaca en vitamina C, vitamina K, betacaroteno, folatos, calcio y hierro, y contiene glucosinolatos —en concreto gluconasturtiína— que al masticar la hoja se transforman en isotiocianatos, los responsables del picor y de buena parte del interés que despierta en investigación nutricional.

Ese picor se pierde con la cocción prolongada, así que en crema conviene añadir las hojas al final. Su uso más clásico en España es en sopas, cremas, revueltos y como ensalada, y combina especialmente bien con patata, huevo, cítricos y quesos frescos.

Un apunte de prudencia: por su contenido en vitamina K puede interferir con anticoagulantes orales, y en cantidades muy grandes no se recomienda en embarazo ni en personas con problemas renales o gástricos activos. En consumo normal como verdura no hay ningún problema.

Problemas frecuentes

Los pulgones, especialmente el pulgón ceniciento de las crucíferas, son la plaga habitual. Se controlan con un chorro de agua a presión o con jabón potásico, respetando el plazo de seguridad antes de cosechar.

Las orugas de mariposas de la col (Pieris) pueden aparecer, ya que el berro es una crucífera. Se retiran a mano o se trata con Bacillus thuringiensis.

Los caracoles y babosas encuentran en el berro un ambiente ideal. En cultivo doméstico se retiran a mano; en cultivo para consumo crudo, además, conviene no dejarlos por lo dicho sobre el ciclo del parásito.

Las algas verdes en el agua del recipiente son el problema estético más común. Se reducen renovando el agua, usando recipientes opacos que no dejen pasar la luz y no pasándose con el abono.

Si las hojas amarillean, la causa suele ser falta de nitrógeno o agua demasiado tiempo estancada y sin oxígeno. Si la planta se marchita con el sustrato mojado, es podredumbre de raíz por falta de oxigenación: hay que renovar el agua más a menudo.

En resumen

El berro de agua, Nasturtium officinale, es una herbácea perenne acuática de la familia de las crucíferas —no un arbusto—, que crece en aguas limpias, frescas y corrientes, y que en España se da bien de forma natural en arroyos de montaña y manantiales.

Lo esencial son dos cosas. La primera, de seguridad: el berro silvestre recogido en cursos de agua frecuentados por ganado puede transmitir fasciolosis, y lavarlo no elimina el riesgo; solo el cocinado lo hace. Y hay umbelíferas peligrosas que se le parecen, así que la identificación debe basarse en las flores en cruz de cuatro pétalos y el foliolo terminal redondeado y mayor que los laterales.

La segunda, de cultivo: es fácil de producir en casa con una maceta dentro de un plato con agua que se renueva cada dos o tres días, y se multiplica poniendo en un vaso de agua tallos de un manojo comprado, que enraízan en menos de una semana. Prefiere el fresco, tolera bien el agua dura, y su mejor temporada en España es la primavera y el otoño; en verano se espiga y amarga, y ahí el remedio es sombra y cortes frecuentes.


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