El género Bencomia no existe fuera de la Macaronesia. Media docena de especies, todas ellas endémicas de Canarias y de Madeira, y varias en situación tan comprometida que sobreviven en riscos donde no llega el ganado. Bencomia caudata es la más extendida y la única que se ve con cierta facilidad en viveros de flora autóctona, lo que la convierte en una candidata razonable para un jardín pequeño, un patio o una terraza en clima suave. El nombre del género homenajea a Bencomo, el mencey de Taoro, y el epíteto caudata alude a sus inflorescencias en cola, colgantes y alargadas.

Ejemplar de Bencomia caudata con su follaje pinnado

Qué planta es exactamente

Es un arbusto grande o arbolito de la familia de las rosáceas, emparentado de cerca con las pimpinelas (Sanguisorba) y con el género canario Marcetella. Alcanza normalmente entre 2 y 4 metros, con tronco delgado, corteza grisácea y ramificación abierta. En condiciones de jardín rara vez supera los 3 metros, y esa contención de tamaño es precisamente su gracia.

La hoja es lo primero que llama la atención: imparipinnada, con un número impar de foliolos ovalados y de borde aserrado dispuestos a lo largo de un raquis, y con estípulas en la base del pecíolo. Recuerda a la hoja de un fresno pequeño o a la de una pimpinela mayor a escala arbustiva. Es perenne, de verde medio a oscuro, y se agrupa hacia las puntas de las ramas, lo que da a la planta un aspecto de sombrilla ligera bastante característico.

La floración es la parte que confunde a quien espera de una rosácea algo parecido a una flor de rosal. Bencomia caudata es dioica y anemófila: hay pies macho y pies hembra por separado, y el polen viaja con el viento, no con insectos. Como no necesita atraer a nadie, sus flores carecen de pétalos vistosos; se agrupan en racimos colgantes largos, verdosos o teñidos de rojizo, que los pies masculinos exhiben cargados de estambres péndulos. El conjunto es discreto pero muy elegante, sobre todo a contraluz. Los frutos, pequeños y carnosos, solo aparecen en los ejemplares femeninos.

Inflorescencias colgantes de Bencomia caudata

De dónde viene y por qué importa

Vive en el norte de las islas de mayor relieve —Tenerife, La Palma, La Gomera, El Hierro y Gran Canaria— y también en Madeira, ligada al monteverde: bordes de laurisilva, fayal-brezal, barrancos umbríos y paredones rocosos húmedos, más o menos entre los 400 y los 1.200 metros de altitud. Es un vestigio de una flora subtropical que cubrió buena parte de la cuenca mediterránea antes de las glaciaciones y que en las islas encontró refugio.

Su distribución actual está muy fragmentada, y la causa no es climática sino de herbivoría: cabras, conejos y ganado introducidos se comen los rebrotes con tanta eficacia que la especie ha quedado relegada a repisas y riscos inaccesibles. Cuando se protege una zona del ganado, la planta reaparece sin ayuda. Varias especies del género están catalogadas como amenazadas y la recolección en el medio natural no procede en ningún caso: si quiere una, cómprela en un vivero especializado en flora canaria, con planta de origen certificado. Además de ser lo correcto, el material de vivero enraíza y se adapta muchísimo mejor que cualquier cosa arrancada del monte.

El malentendido de las plantas canarias

Existe una idea instalada, y bastante falsa, de que todo lo canario es planta de secano: cardones, tabaibas, aeonios, pleno sol y tierra pobre. Esa imagen corresponde al piso basal, a las zonas bajas y áridas. Bencomia caudata no vive ahí. Procede del ambiente de nieblas del monteverde, donde el mar de nubes mantiene humedad ambiental alta buena parte del año, las temperaturas son suaves y constantes, y el suelo es profundo, rico en materia orgánica y muy bien drenado por su naturaleza volcánica.

Tratarla como una crasa —sustrato mineral, sol abrasador y riego cada quince días— es la forma más rápida de perderla. Tratarla como una planta de sotobosque templado, con agua regular y sin encharcar, funciona.

Clima y ubicación

El factor limitante en la Península es el frío. Tolera bien los inviernos suaves y aguanta heladas ligeras y puntuales, del orden de -2 ºC, pero no resiste heladas repetidas ni fuertes. Eso la sitúa cómodamente en el litoral mediterráneo, en el sur y suroeste peninsular, en la costa atlántica gallega y cantábrica, en Baleares y, por descontado, en Canarias. En Madrid, Castilla o el valle del Ebro solo tiene sentido en maceta, para poder resguardarla en invierno, o en un microclima muy protegido junto a un muro orientado al sur.

El otro factor es el viento seco y caliente. Una situación expuesta a poniente en verano, con 38 ºC y aire seco, le quema el borde de los foliolos aunque el riego sea correcto. Busque un rincón resguardado.

De luz, admite sol directo en zonas costeras frescas y agradece semisombra en interiores cálidos: sol de mañana y sombra a partir del mediodía es el compromiso que mejor funciona en la mayor parte de España. En sombra densa crece, pero se ahíla y pierde la densidad de follaje que la hace interesante.

Suelo, riego y abonado

Quiere suelo suelto, profundo y con materia orgánica, y sobre todo que drene. No es exigente con el pH y se maneja bien en un rango de ligeramente ácido a neutro. En terreno arcilloso y compacto conviene levantar el punto de plantación, mejorar el hoyo con compost maduro y arena gruesa o picón, y evitar hondonadas donde se acumule el agua de lluvia.

En maceta, un contenedor de 30 a 50 litros le da margen para varios años. Mezcla recomendable: sustrato universal de calidad, un tercio de material drenante (picón, perlita gruesa o arena de río lavada) y un aporte de compost. Con orificios de drenaje amplios y sin plato con agua estancada debajo.

El riego es regular y moderado. En verano, en el suelo, cada tres o cuatro días según calor y textura; en maceta, con más frecuencia, comprobando siempre que los primeros centímetros de sustrato se han secado antes de volver a regar. En invierno se espacia mucho. El error más común con esta planta es el contrario del que se espera: no muere de sed, muere de asfixia radicular por regar a diario en tierra que no drena.

Con el abonado basta poco: una aportación de compost o estiércol bien hecho al pie en otoño, y si está en maceta, un abono equilibrado de liberación lenta en primavera. No necesita programas de fertilización intensivos y agradece más la enmienda orgánica que el abono mineral.

Poda, plagas y multiplicación

Rebrota bien desde la base y tolera la poda sin problema, pero no la pide. La intervención habitual es de limpieza a finales de invierno: retirar ramas secas, dañadas o mal orientadas y, si se quiere aspecto de arbolito en vez de matorral, ir eliminando progresivamente las ramas bajas para elevar la copa sobre uno o dos troncos. Esa decisión de forma conviene tomarla en los primeros años.

Sanitariamente es una planta tranquila. En primavera puede recibir pulgón en los brotes tiernos, que se resuelve con jabón potásico aplicado por el envés; en emplazamientos muy abrigados y con poca ventilación puede aparecer cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas. Nada que no se controle con revisiones periódicas y sin llegar a tratamientos agresivos. Ojo, eso sí, con caracoles y babosas sobre los ejemplares recién plantados, y con los conejos si el jardín está en zona rural: el problema que la ha arrinconado en la naturaleza también existe en el jardín.

Se multiplica por semilla —fresca, sembrada en otoño o invierno en bandeja con sustrato drenante y mantenida a la intemperie en lugar resguardado— y por esqueje semileñoso a finales de verano, con hormona de enraizamiento y ambiente húmedo. La vía del esqueje tiene una ventaja poco obvia: permite elegir el sexo. Si quiere ver fruto, necesita al menos un pie macho y uno hembra relativamente cerca; si le interesa solo el follaje y las inflorescencias colgantes, con un macho tiene el conjunto más vistoso. Que un ejemplar aislado no fructifique no significa que algo vaya mal.

Cómo usarla en el jardín

Su porte contenido y su copa ligera la hacen adecuada para lo que en jardines pequeños casi nunca encaja: dar una estructura de tres metros y algo de sombra sin invadir el espacio ni levantar el pavimento con raíces agresivas. Funciona bien como ejemplar aislado en un patio, en un macetón grande de terraza, en grupo formando pantalla informal semipermeable, o acompañada de otras especies del monteverde y del clima suave —viñátigos, follaos, bicácaros, brezos— si lo que se busca es un jardín de flora canaria coherente. Y por ser de hoja perenne, mantiene el volumen todo el año.

En resumen

Bencomia caudata es un arbolito perenne de rosáceas endémico de Canarias y Madeira, de 2 a 4 metros, hoja pinnada aserrada y flores sin pétalos en racimos colgantes, con pies macho y hembra separados. Necesita clima suave sin heladas fuertes, resguardo del viento seco, semisombra en zonas cálidas, suelo drenante con materia orgánica y riego regular pero sin encharcar. No es una planta de secano por ser canaria: viene del ambiente húmedo del monteverde y ese es el error que más ejemplares se lleva por delante. Poda mínima, plagas escasas y multiplicación viable por esqueje o semilla. Cómprela siempre en vivero de flora autóctona, nunca del medio natural.


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