A mediados de agosto, con medio jardín en pausa técnica y el riego trabajando a destajo solo para mantener vivo lo que hay, el árbol de Júpiter está en su mejor momento del año. Es una rareza útil: florece justo cuando casi nada más lo hace, y lo hace durante semanas, no días. Su nombre científico es Lagerstroemia indica, pertenece a la familia de las litráceas y llegó a Europa desde China a finales del siglo XVIII. En España se le conoce también como crespón, espumilla, mirto de crespón o simplemente júpiter, y se ha convertido en un árbol de alineación habitual en calles de Madrid, Valencia, Sevilla o Zaragoza.

Ese uso masivo en viario ha traído un efecto secundario: mucha gente lo ha visto siempre mutilado, reducido cada invierno a un muñón con nudos, y da por hecho que así es como se poda. No lo es. Este artículo va de eso y de las cuatro o cinco decisiones que separan un crespón espectacular de uno mediocre.

Flores rosas del árbol de Júpiter, Lagerstroemia indica, en plena floración estival

Cómo son realmente sus flores

La flor individual del crespón es pequeña, de unos 3 o 4 centímetros, con seis pétalos arrugados y unidos a la base por una uña muy estrecha, casi un peciolillo. Esa textura de papel de seda plisado es la que da el nombre inglés de la planta, crape myrtle, y el castellano crespón. Las flores no van sueltas: se agrupan en panículas terminales erguidas de 15 a 30 centímetros que aparecen en las puntas de los brotes del año.

Ese detalle —florece sobre madera del año— es la clave de todo el manejo. La yema floral no está esperando desde el otoño anterior, como en un cerezo o una lila; se forma en primavera y verano, en el crecimiento nuevo. Por eso el crespón aguanta la poda sin dejar de florecer, y por eso también se abusa de ella.

Los colores van del blanco puro al rojo carmín pasando por toda la gama de rosas y por los malvas y lilas más difíciles de encontrar en un árbol. La floración arranca según zona y variedad entre finales de junio y mediados de julio, y con un poco de ayuda llega a octubre. El estambre es largo y amarillo, y atrae abejas y abejorros con constancia; es una planta melífera decente en un mes en el que hay poco que visitar.

El otro 70 % del año: corteza y hoja

Comprar un crespón solo por la flor es desaprovecharlo. La corteza vieja se exfolia en placas y deja debajo un tronco liso de tonos canela, gris perla y salmón, con un tacto casi pulido. En ejemplares adultos formados a un solo pie o a tres o cuatro troncos, ese tronco es un elemento de jardín por sí mismo en pleno invierno, cuando está desnudo.

Y es de hoja caduca con coloración otoñal buena, cosa poco frecuente en un árbol adaptado al clima seco: las hojas viran a naranja, escarlata y granate antes de caer, normalmente en noviembre. Un árbol que da flor tres meses, color de otoño y corteza ornamental en invierno hace un trabajo que pocos hacen.

Hojas del árbol de Júpiter en otoño con tonos rojizos y anaranjados

Dónde plantarlo para que florezca de verdad

El crespón necesita sol directo todo el día y calor de verdad en verano. No es una preferencia, es un requisito: a media sombra crece, se ve verde y sano, y da una cuarta parte de las flores. Antes de culpar al abono o a la poda por una floración pobre, mide cuántas horas de sol recibe el árbol en julio. Suele ser ahí donde está el problema.

Por eso funciona magníficamente en el interior peninsular, en el valle del Ebro, en el Levante, en Andalucía y en las dos mesetas, y funciona regular en la cornisa cantábrica y en Galicia, donde los veranos frescos y húmedos retrasan la floración y disparan el oídio. No es que no se pueda cultivar en el norte: es que ahí hay que elegir variedad resistente y el mejor rincón soleado y ventilado del jardín, no un patio cerrado.

En cuanto a frío, un ejemplar establecido resiste sin daños hasta unos -12 o -15 ºC, y si una helada muy fuerte le quema la parte aérea suele rebrotar desde la base. Los ejemplares recién plantados son bastante más sensibles el primer invierno; conviene acolchar el pie con corteza o paja los dos primeros años en zonas de heladas fuertes.

Suelo, riego y el problema del hierro

Prefiere suelos sueltos, profundos y bien drenados, con pH entre ligeramente ácido y neutro. En terrenos muy calizos, que abundan en buena parte de España, aparece clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios marcados en verde, empezando por los brotes nuevos. La corrección de urgencia es quelato de hierro EDDHA disuelto en el riego, que es el único quelato que se mantiene estable con pH alto; el EDTA no sirve en suelo calizo. Y la corrección de fondo es materia orgánica, acolchado y agua de riego que no sea muy dura.

Es un árbol resistente a la sequía una vez enraizado, pero resistir no es lo mismo que rendir. Un crespón sediento en julio acorta la floración y suelta hoja. Lo razonable es un riego copioso y espaciado —empapar bien y dejar secar la superficie— frente a riegos diarios y superficiales, que crean raíz somera y lo hacen más frágil. En maceta, que es un formato en el que va bien si el contenedor tiene al menos 40-50 litros, hay que regar bastante más y contar con revisar el sustrato cada dos o tres años.

Con el abonado, cuidado. El exceso de nitrógeno es la segunda causa de "no me florece": el árbol produce brotes largos, blandos y verdes, muy apetecibles para el pulgón, y pocas panículas. Si está en pradera y recibe de rebote el abono del césped, ese es el motivo. Un abono equilibrado o algo más rico en potasio, aplicado en marzo y a lo sumo repetido en mayo, es suficiente.

La poda: lo que hay que dejar de hacer

La imagen del crespón urbano desmochado cada invierno —cortado siempre por el mismo punto hasta formar unos nudos gruesos y deformes— es una mala práctica trasladada al jardín particular por imitación. Lo que produce es un árbol con ramas nuevas larguísimas y débiles, panículas enormes que se doblan y vencen con la primera tormenta, heridas grandes que cicatrizan mal y una silueta invernal fea justo cuando lo interesante debería ser la corteza.

El manejo correcto en un ejemplar de jardín, en invierno con la planta sin hoja, es:

Quitar lo que sobra, no acortar lo que hay. Se eliminan los chupones de la base (produce muchos), las ramas cruzadas, las que van hacia dentro y las secas o débiles. Se aclara el interior de la copa para que entre luz y corra el aire, cosa que además reduce el oídio.

Decidir la forma pronto. Si se quiere árbol, se seleccionan uno o tres troncos en los primeros años y se van elevando; si se quiere arbusto, se deja multitronco y se renueva por la base. Cambiar de idea a los diez años sale caro.

Despuntar las panículas marchitas en verano. Cortar el racimo agotado justo por debajo, en cuanto se seca, empuja al árbol a emitir brotes nuevos que floran otra vez. En zonas cálidas eso adelanta una segunda tanda en septiembre bastante decente. Es la única poda estival que merece la pena, y se hace con tijera de mano, no con cortasetos.

Oídio, pulgón y negrilla

El problema sanitario número uno es el oídio, un hongo que cubre hojas y botones florales de un polvillo blanco, deforma los brotes tiernos e impide que abran las flores. Aparece con humedad ambiental alta y noches frescas junto a días cálidos, es decir, en primavera avanzada y a final de verano, y se dispara en plantas apiñadas, en sombra o con exceso de nitrógeno. Aireación, sol y contención en el abonado previenen más que cualquier tratamiento. Si hay que tratar, azufre mojable a temperaturas por debajo de 30 ºC, o los fungicidas sistémicos al uso, siempre desde el primer síntoma y no cuando ya está todo blanco.

La vía más eficaz es genética. Los híbridos entre Lagerstroemia indica y Lagerstroemia fauriei desarrollados en el Arboreto Nacional de Estados Unidos son claramente más resistentes al oídio y además tienen la corteza más llamativa; se venden con nombres de tribus indígenas, como 'Natchez' (blanco, porte grande), 'Muskogee' (lavanda), 'Tuscarora' (coral) o 'Sioux' (rosa fuerte). Si el jardín está en zona húmeda, elegir uno de estos en lugar de un indica puro ahorra muchos disgustos.

El pulgón ataca los brotes tiernos en primavera; su melaza atrae hormigas y sobre ella crece la negrilla, ese hollín negro que ennegrece la hoja. La negrilla no parasita la planta, vive de la melaza, así que se combate quitando el pulgón, no fumigando el hongo. Jabón potásico bien aplicado por el envés y paciencia con los enemigos naturales suele bastar.

Tamaños y variedades: no todos son árboles

Un error de compra frecuente es meter en un jardín pequeño un ejemplar que llegará a 7 u 8 metros de alto y otro tanto de ancho, y condenarse a podarlo agresivamente de por vida. En el mercado hay tres escalones bastante claros:

Los enanos, de 0,6 a 1,5 metros, que son arbustos de macetón o de borde y se pueden cortar a ras cada invierno sin problema. Los semienanos e intermedios, de 2 a 4 metros, la opción sensata para patios y jardines urbanos. Y los de porte arbóreo, de 5 a 8 metros, para plantar exentos en un césped o en alineación, y que son los que de verdad lucen la corteza.

Merece la pena preguntar el nombre de cultivar en el vivero en lugar de comprar "un crespón rosa" genérico. La diferencia de tamaño final, resistencia al oídio y tono exacto de flor es enorme, y el precio apenas cambia.

Un detalle que confunde cada primavera

El crespón es de los últimos árboles del jardín en brotar. Cuando el resto está ya lleno de hoja, en abril, él sigue con las ramas peladas, y todos los años hay quien lo da por muerto y lo arranca. Antes de tomar esa decisión, se raspa con la uña un trozo pequeño de corteza en una rama fina: si debajo aparece verde, el árbol está vivo y simplemente va a su ritmo. En muchas zonas del interior no se decide a brotar hasta bien entrado mayo.

De la propagación, poco misterio: por semilla es fácil pero no reproduce fielmente el color ni el tamaño del cultivar. Para clonar un ejemplar concreto, esquejes semileñosos en julio con hormona de enraizamiento, o esquejes de madera dura en pleno invierno, que enraízan con una fiabilidad razonable en cama caliente.

En resumen

Lagerstroemia indica resuelve el hueco más difícil del calendario ornamental, la floración de julio a septiembre, y encima aporta color otoñal y corteza de invierno. A cambio pide tres cosas innegociables: sol directo abundante, drenaje y contención con el nitrógeno. Se poda quitando ramas enteras, no acortándolas todas por el mismo sitio; se le retiran las panículas secas en verano para prolongar la flor; se vigila el oídio con aireación y, mejor aún, eligiendo híbridos resistentes; y se corrige la clorosis con quelato EDDHA en terrenos calizos. Elegido el tamaño correcto desde el vivero, es de los árboles ornamentales que menos trabajo dan por cada semana de espectáculo que devuelven.


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