Sin espinas, con hojas de borde entero y flores diminutas de cinco pétalos: así se separa el arraclán de su pariente el espino cerval, con el que se confunde continuamente en las guías de campo y en las etiquetas de vivero. Ese detalle no es una minucia de botánico. Marca la diferencia entre un arbolillo amable, que se puede plantar junto a un paseo sin miedo, y otro que pincha de verdad.

El arraclán, Frangula alnus, es un arbusto grande o arbolillo caducifolio de la familia de las ramnáceas. Durante décadas se le llamó Rhamnus frangula, y ese sinónimo todavía aparece en catálogos y libros antiguos; hoy se acepta el género Frangula como bueno. En España se le conoce también como avellanillo, sanguiño (sobre todo en Galicia), chopera o karraskila en euskera.

Ejemplar de arraclán o Frangula alnus

De dónde viene y cómo reconocerlo

Su área natural abarca casi toda Europa, el norte de África y buena parte de Asia occidental hasta Siberia. En la Península aparece sobre todo en la mitad norte y en zonas de montaña, siempre ligado al agua: orillas de ríos y arroyos, alisedas, fondos de valle húmedos, turberas y bordes de robledal. También baja por los sistemas montañosos hacia el sur, pero siempre buscando el suelo fresco.

Alcanza de 3 a 6 metros, excepcionalmente 7, y muchas veces crece con varios troncos desde la base en lugar de con uno solo. La corteza es gris parduzca, salpicada de lenticelas claras alargadas; al rascarla aparece una capa interior anaranjada muy característica. Las hojas son alternas, obovadas, de 3 a 7 cm, de margen entero —sin dientes— y con siete a nueve pares de nervios laterales muy marcados y paralelos, que confluyen hacia el borde. En otoño viran a un amarillo limpio que en zonas húmedas se mantiene semanas.

Florece de mayo a julio, y a veces alarga la floración hasta agosto. Las flores son verdosas o blanquecinas, de apenas 3 mm, con cinco pétalos, agrupadas en las axilas de las hojas. Son insignificantes a la vista y muy importantes para las abejas: al florecer de forma escalonada durante semanas, cubren un hueco de néctar que en muchos jardines queda vacío entre la primavera y el verano pleno.

El fruto es una drupa globosa que madura pasando de verde a rojo y de rojo a negro. Como no maduran todos a la vez, en agosto se ven los tres colores a la vez en la misma rama, que es la estampa por la que más se le reconoce. Los dispersan los pájaros: mirlos, currucas y zorzales lo agradecen mucho.

Los frutos no se comen

Conviene decirlo antes que nada, porque parecen bayas apetecibles y crecen a la altura de la mano de un niño. Los frutos del arraclán contienen derivados antraquinónicos y provocan vómitos y diarrea intensa. No son mortales en las cantidades que alguien podría comer por curiosidad, pero el disgusto está garantizado. Si hay niños pequeños en casa, este es un dato a tener presente al elegir la ubicación.

Cuidados: agua, y luego lo demás

Ubicación

Acepta sol pleno y también media sombra, y esa tolerancia a la sombra es una de sus mejores bazas: crece bajo la copa de árboles grandes donde otros arbustos se ahílan. En el norte peninsular puede ir a pleno sol sin problema. En el interior y el sur, plantarlo a pleno sol y sin riego es condenarlo, porque la combinación de insolación fuerte y aire seco lo deshidrata más rápido de lo que la raíz repone.

Tierra

Prefiere suelos frescos, profundos y ricos en materia orgánica, de reacción ácida a neutra. Tolera bien la turba, los suelos ácidos pobres y el encharcamiento temporal en invierno, algo que pocos arbustos ornamentales toleran. En suelos muy calizos vegeta peor y puede clorosarse, aunque no es tan sensible como una camelia o un rododendro. Si el suelo del jardín es compacto y arcilloso pero se mantiene húmedo, le vendrá bien.

Riego

Aquí está el cuello de botella. El arraclán no es una planta de secano y esta es la creencia que más ejemplares mata: al leer que es "muy rústico" mucha gente entiende que aguanta cualquier cosa, y lo que aguanta es el frío, no la sequía. Un verano castellano o manchego sin riego lo defolia y, repetido dos años, lo seca. En clima mediterráneo hay que regarlo de forma regular de junio a septiembre, manteniendo el suelo fresco sin llegar al barro permanente. Una capa de acolchado orgánico de 5 a 8 cm sobre el alcorque reduce mucho esa necesidad.

Abonado

Es poco exigente. Un aporte de compost o estiércol bien hecho a finales de otoño, extendido bajo la copa sin enterrar, cubre el año entero. En suelos muy pobres se puede añadir un abono orgánico en primavera, al arrancar la brotación. No tiene ningún sentido forzarlo con fertilizantes ricos en nitrógeno: se producen brotes largos y blandos que después se doblan con el peso del fruto.

Multiplicación

Por semilla es lo más sencillo, siempre que se respete el frío. Se recogen los frutos bien negros a final de verano, se despulpan (la pulpa contiene inhibidores de la germinación), se lavan y se siembran en otoño en bandeja al aire libre, o bien se estratifican en nevera con arena o vermiculita húmeda a 3-5 ºC durante dos o tres meses antes de sembrar en primavera. Sin ese periodo frío la germinación es errática y se reparte a lo largo de varios años.

Por esqueje semileñoso en julio, con hormonas de enraizamiento y bajo plástico, se obtienen resultados aceptables pero no espectaculares. El acodo bajo de una rama basal es más lento y mucho más seguro: se hiere la corteza, se entierra el tramo y al año siguiente se separa enraizado.

Poda

Casi no la necesita si se le da sitio. Lo que sí conviene es decidir pronto la forma: si se quiere arbolillo, hay que ir suprimiendo los rebrotes de la base y dejar uno o tres troncos; si se quiere seto o mata, se deja crecer libre. Rebrota muy bien de cepa, así que tolera cortes severos y se recupera. El momento es el final del invierno, antes de la brotación, o justo después de la fructificación si lo que se busca es contener el tamaño.

Rusticidad

Excelente. Soporta sin daño alguno temperaturas por debajo de -20 ºC, incluso -25 ºC en zonas continentales, y las heladas tardías no le afectan porque brota relativamente tarde. Es una de las pocas especies ornamentales que se puede plantar sin reservas en el Pirineo, la Cordillera Cantábrica o los páramos del norte de Castilla y León.

Frutos de Frangula alnus en distintos estados de maduración

Para qué sirve

Ornamental y para fauna

Su papel natural en el jardín es el de arbusto de segunda línea: relleno de setos libres, borde de estanque, ribera de acequia, orla de un bosquete. No compite en floración con nada, pero aporta hoja limpia, fruto vistoso, amarillo otoñal y una silueta ligera que deja pasar la luz. En jardinería de fauna es de primer nivel, porque suma néctar prolongado para abejas, fruto para aves y refugio denso. También sirve de planta nutricia para las orugas de algunas mariposas del género Gonepteryx, entre ellas la limonera.

Madera y carbón

La madera es blanda, blanquecina con el corazón rojizo, y no tiene valor como madera de obra ni de ebanistería. Su fama viene de otro lado: el carbón vegetal de arraclán fue durante siglos el preferido para fabricar pólvora negra, por lo fino y homogéneo que resulta. Todavía hoy se cita como el carbón de referencia en la pirotecnia tradicional.

Tintes

La corteza tiñe de amarillo y, con distintos mordientes, permite obtener tonos que van del ocre al pardo. Los frutos verdes dan amarillos y verdes; los maduros, con sales de hierro, grises y verdes oscuros. Fue un tinte doméstico habitual antes de los colorantes sintéticos.

Medicinal, con una advertencia grande

La corteza de frángula es un laxante estimulante reconocido, cuya actividad se debe a las glucofrangulinas y frangulinas, heterósidos antraquinónicos que actúan sobre la mucosa del intestino grueso. Y aquí hay un punto que se pasa por alto una y otra vez: la corteza fresca no se usa. Recién cortada provoca vómitos violentos y cólicos, y hay que dejarla secar y envejecer al menos un año —o someterla a un proceso de calor controlado— para que los compuestos se transformen y el efecto sea el laxante suave que se busca.

Aun preparada correctamente, no es un producto inocuo. Su uso está desaconsejado en el embarazo y la lactancia, en menores de doce años, y en cualquier cuadro de obstrucción intestinal o dolor abdominal sin diagnosticar. El uso continuado más allá de una o dos semanas produce dependencia y pérdida de potasio. Es un preparado para consultar con un profesional, no para preparar por cuenta propia con la corteza del arbusto del jardín.

Dos avisos poco conocidos

El primero es agronómico: Frangula alnus es hospedante alternante de la roya coronada de la avena (Puccinia coronata). El hongo completa parte de su ciclo en las hojas del arraclán antes de pasar al cereal. Si el jardín linda con parcelas de avena, plantar una masa de arraclán al lado no es la mejor idea.

El segundo es ecológico y llega de fuera: en Norteamérica, donde se introdujo como ornamental y para setos, el arraclán se ha convertido en una invasora agresiva que coloniza humedales y bosques y desplaza a la vegetación autóctona. En Europa ocupa su sitio natural y no plantea ese problema, pero conviene saberlo si alguien piensa exportar semilla o recomendarlo fuera de su área.

En resumen

El arraclán es un arbolillo de suelos húmedos, sin espinas, de hoja entera y flor discreta, con un fruto que pasa por verde, rojo y negro en la misma rama y que no se come. Aguanta el frío extremo y la sombra, pero no la sequía estival: en la España mediterránea hay que regarlo o plantarlo donde el suelo se mantenga fresco por sí solo. Necesita poca poda, se multiplica por semilla estratificada en frío y da al jardín justo lo que suele faltarle, néctar de temporada larga y fruto para los pájaros. De su corteza sale un laxante clásico que exige un año de secado antes de ser utilizable, y de su madera, el mejor carbón para pólvora que se conoce. Si el rincón disponible es húmedo, sombrío y algo ácido, pocas especies encajarán mejor.


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