En enero, con el árbol pelado y el jardín en su momento más gris, es cuando el arce Sango Kaku se gana el sitio que ocupa. Las ramas jóvenes están entonces de un rojo coral encendido, casi salmón contra el cielo bajo del invierno, y esa es exactamente la razón por la que se seleccionó esta variedad en Japón hace más de un siglo.
Su nombre botánico completo es Acer palmatum 'Sango-kaku', y en catálogos antiguos aparece también como 'Senkaki'. Sango-kaku se traduce aproximadamente como "torre de coral", en referencia al color de la corteza. En español se le llama arce del tronco de coral o arce de corteza coral.
Qué es exactamente el Sango Kaku
Es un cultivar de arce japonés, es decir, una selección de Acer palmatum, especie originaria de Japón, Corea y el este de China. Pertenece a la familia de las sapindáceas, donde hoy se incluyen todos los arces tras absorberse la antigua familia Aceraceae.
Frente a la imagen habitual del arce japonés como arbolito bajo y extendido, el Sango Kaku es vertical y bastante vigoroso: forma un porte en copa de vaso, con las ramas ascendentes, y en veinte o treinta años puede alcanzar entre 5 y 7 metros de alto por 4 de ancho. No es una planta de mesa de terraza: hay que plantarlo pensando en el árbol que será, no en el ejemplar de vivero que se compra.
La hoja es la típica del arce japonés, palmeada con cinco o siete lóbulos dentados, más pequeña y fina que la de los arces europeos. Brota en primavera de un verde claro con el borde teñido de anaranjado, se vuelve verde en verano y en otoño pasa a un amarillo dorado con tonos albaricoque. No es un arce de otoño rojo intenso, como sí lo son 'Osakazuki' o 'Bloodgood': su papel rojo lo hace en invierno, con la madera.
De dónde viene el color coral (y cómo se pierde)
Aquí está el punto que decide si un Sango Kaku va a lucir o va a ser un arce corriente más. El color coral solo lo tiene la madera joven, la de uno y dos años. A partir del tercer o cuarto año la corteza engrosa, se agrisa y acaba pardeando. Un ejemplar viejo al que nunca se le ha tocado tiene el tronco y las ramas gruesas marrones, y el rojo queda reducido a las puntas.
De ahí se derivan dos consecuencias prácticas:
La primera es que el árbol necesita renovar brotes cada año para mantener superficie de madera joven. Un ejemplar hambriento, seco o plantado en sombra profunda crece poco, emite brotes cortos y termina siendo un árbol apagado. Un ejemplar bien alimentado y regado saca brotes largos y con ellos el color.
La segunda es que la poda no es un mal necesario, sino la herramienta que mantiene el espectáculo. Retirar de vez en cuando alguna rama ya parda obliga a la planta a rebrotar con madera nueva.
Además, la intensidad del rojo depende del frío y de la luz. Los inviernos fríos lo acentúan; en climas suaves de costa el coral es más apagado, más anaranjado. Y las ramas que reciben luz directa colorean claramente más que las del interior de la copa.
Dónde plantarlo en España
Este arce aguanta el frío sin problema: la madera resiste holgadamente los -18 °C y en muchos sitios bastante más. Lo que lo mata en España no es el invierno, es el verano. Concretamente la combinación de calor seco, sol de tarde, viento y aire con poca humedad, que le quema el borde de las hojas hasta dejarlas de color pardo y quebradizas.
Por zonas, y a grandes rasgos:
Cornisa cantábrica, Galicia, Pirineo y zonas de montaña húmeda: es su terreno. Se puede plantar incluso a pleno sol y ahí es donde mejor coral hace.
Interior peninsular y clima continental (Madrid, ambas Castillas, valle del Ebro): viable, pero con condiciones. Sol de mañana y sombra desde el mediodía, resguardo del viento seco, y un suelo que retenga humedad. Un buen sitio típico es la cara este de la casa o bajo la sombra alta de un árbol de copa ligera.
Litoral mediterráneo cálido, Levante, valle del Guadalquivir, Canarias costeras: es una lucha constante. El calor nocturno, el agua de riego dura y salina y la falta de horas de frío juegan en contra. Se puede tener, casi siempre en maceta y con agua de lluvia, pero conviene ir sobre aviso.
Un matiz que se repite mal: no es una planta de sombra. Es una planta que necesita luz abundante pero no insolación directa en las horas duras. Plantado bajo la sombra densa de un pino o de un muro alto, se estira, se afina y pierde color.
El suelo: el error que se paga caro
Acer palmatum es una especie calcífuga. Quiere suelos ácidos o como mucho neutros, con un pH entre 5,5 y 6,5, sueltos, ricos en materia orgánica y con drenaje real. En un suelo calizo, con pH por encima de 7,5, el hierro y el manganeso quedan bloqueados y aparece la clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios todavía verdes, brotes cortos y, si nadie corrige nada, muerte lenta en dos o tres campañas.
Regar con quelato de hierro es un parche, no una solución. Si el terreno es calizo de origen, lo sensato es una de estas tres vías:
Plantar en maceta grande con sustrato para plantas acidófilas, que es la opción más controlable.
Preparar un arriate elevado de al menos 60-70 cm de profundidad, aislado del terreno calizo, con mezcla de tierra ácida, mantillo y algo de arena de sílice.
Renunciar al Sango Kaku y plantar un arce mediterráneo, que para eso los hay excelentes.
El otro factor, tan importante como el suelo, es el agua de riego. Un agua dura, de las que dejan cal en la mampara de la ducha, va subiendo el pH del sustrato y salinizándolo aunque la tierra de partida fuera perfecta. En zonas de agua muy calcárea, recoger agua de lluvia deja de ser una excentricidad y pasa a ser el sistema de riego.
Riego
Riego regular, sin encharcar y sin dejar que la tierra llegue a secarse del todo. La raíz del arce japonés es superficial y fibrosa, ocupa los primeros 30-40 cm y no tiene reservas para aguantar un olvido de una semana en agosto.
En pleno verano, un ejemplar en suelo en el interior peninsular puede pedir dos o tres riegos por semana; en maceta, riego diario en las semanas de más calor. En invierno, con el árbol sin hojas, el consumo cae casi a cero y se riega solo para que el cepellón no se deshidrate.
Un acolchado de 5-7 cm de corteza de pino, hojarasca o acículas alrededor del tronco (sin tocarlo) es probablemente la mejor inversión de tiempo que se puede hacer con este árbol: mantiene la humedad, refresca el suelo, frena las malas hierbas y, en el caso de la corteza de pino, acidifica ligeramente al descomponerse.
Abonado
Es un árbol de necesidades moderadas. Con un abonado orgánico a final de invierno (compost bien hecho, mantillo, estiércol maduro) y un abono para acidófilas de liberación lenta en primavera va sobrado.
Dos advertencias. Una: nada de abonar a partir de agosto, porque los brotes tardíos que se provocan no llegan a madurar y son los primeros que se hielan y se ennegrecen. Y son justamente las ramas que deberían dar el color de invierno. Dos: el exceso de nitrógeno da hoja grande y blanda, muy apetecible para el pulgón, y madera fofa. Menos es más.
Poda
La poda del Sango Kaku es de aclareo y de renovación, no de recorte. Se trata de quitar ramas enteras hasta su nacimiento, no de despuntar todo por igual, porque el despunte generalizado produce un plumero de brotes cortos y estropea el porte natural en vaso.
Qué se quita: ramas secas, ramas que se cruzan y se rozan, chupones que salen del portainjerto por debajo del punto de injerto (estos, en cuanto se ven, porque son de Acer palmatum común y de hoja verde) y, cada dos o tres años, alguna rama vieja y ya parda para forzar brotación joven.
Cuándo: el arce japonés sangra con facilidad si se poda al final del invierno o al arrancar la primavera, entre febrero y abril, cuando la savia se está moviendo. Las mejores ventanas son el final del verano y principios de otoño, con el crecimiento ya parado y la herida aún con tiempo de cicatrizar, o bien pleno invierno en reposo profundo. Herramienta bien afilada, corte limpio junto al collar de la rama y sin dejar tocones.
En maceta
Es una de las mejores formas de cultivarlo en buena parte de España. Un contenedor de al menos 40-50 litros para un ejemplar joven, con sustrato de acidófilas mezclado con un 20-30 % de material drenante (perlita, arena de sílice gruesa, akadama si se quiere afinar). Trasplante cada dos o tres años a final de invierno, aprovechando para recortar ligeramente las raíces que dan vueltas al cepellón.
El punto débil del cultivo en maceta es la temperatura del propio tiesto. Un contenedor negro a pleno sol de julio puede pasar de 40 °C por dentro y cocer las raíces finas. Conviene colocarlo donde la maceta quede a la sombra aunque la copa reciba luz, o protegerla con otra planta delante. En invierno, al revés: en zonas de heladas fuertes, el cepellón de una maceta se congela entero, cosa que no le pasa a un ejemplar en suelo, así que en el interior peninsular viene bien arrimarlo a una pared o envolver el contenedor.
Problemas frecuentes
Bordes de hoja quemados. Es el síntoma número uno y casi nunca es una enfermedad. Responde a sol excesivo, viento seco, sal en el agua de riego o falta puntual de agua. Se corrige cambiando la ubicación o el agua, no fumigando.
Clorosis férrica. Hoja amarilla con nervadura verde. Suelo o agua calizos. Se alivia con quelato de hierro (el tipo EDDHA es el que sigue funcionando a pH alto), pero mientras no se corrija la causa vuelve cada año.
Verticilosis. Causada por el hongo de suelo Verticillium dahliae, es la enfermedad grave del género. Se manifiesta como el marchitamiento repentino de una rama o de medio árbol en plena vegetación, con la madera veteada de oscuro al cortar. No tiene tratamiento curativo: se cortan las ramas afectadas bien por debajo, se desinfecta la tijera entre cortes y se evita replantar otro arce en el mismo hoyo.
Pulgón y araña roja. El primero en primavera sobre los brotes tiernos; la segunda en verano seco, con la hoja bronceada y punteada. La araña roja es en buena medida un aviso de aire demasiado seco.
Cochinilla algodonosa. Aparece en las axilas de las ramas y en el envés. En ejemplares pequeños se limpia a mano; en los mayores, tratamiento con aceite de parafina en invierno.
Multiplicación
Por semilla no sirve: el Sango Kaku es un cultivar y su descendencia sale variable, en general con corteza parda corriente. La forma habitual de reproducirlo es el injerto, de púa lateral a final de invierno o de yema en verano, sobre patrón de Acer palmatum obtenido de semilla.
El esqueje es posible pero de arraigo bajo e irregular, y las plantas resultantes tardan en formar tronco. Para el aficionado, comprar un ejemplar injertado de vivero es casi siempre la vía razonable. Al comprarlo, conviene mirar dónde está el punto de injerto y recordarlo: todo lo que brote por debajo hay que eliminarlo.
Cómo sacarle partido en el jardín
Un arce que enseña la corteza cinco meses al año pide que se le vea el tronco. Funciona muy bien plantado delante de un fondo oscuro: un seto de tejo, de laurel o de aligustre, una tapia en tono grisáceo. Sobre un muro blanco el coral pierde la mitad de su fuerza.
También agradece que se le limpie la parte baja del tronco de vegetación densa, para que las ramas queden despejadas, y que a sus pies vaya algo bajo y de hoja fina que no compita: helechos, Hakonechloa, hostas en zonas frescas, o simplemente el acolchado de corteza.
En resumen
El Acer palmatum 'Sango-kaku' es un arce japonés de porte erguido, de 5 a 7 metros en madurez, cuyo mayor valor está en la corteza coral de sus ramas jóvenes durante el invierno, con el otoño dorado como complemento.
Pide suelo ácido, agua blanda, humedad constante en la raíz y luz abundante sin sol abrasador. El frío no le preocupa; el verano seco español, sí. En zonas calizas o cálidas la maceta con sustrato de acidófilas y agua de lluvia es la solución práctica.
Y la clave que muchos pasan por alto: el color solo está en la madera de uno y dos años, así que un árbol bien nutrido, bien regado y podado con criterio de renovación es también el árbol más rojo. Un ejemplar abandonado no solo crece menos, es que además deja de ser lo que se compró.