El arce pintado es uno de esos árboles que uno ve en un parque del norte peninsular, se queda mirando el amarillo encendido de octubre y luego no consigue ponerle nombre. Casi siempre lo confunde con un arce japonés grande, y no lo es: es una especie distinta, más rústica, más grande y bastante más fácil de mantener viva fuera de un jardín de suelo ácido perfecto.

Su nombre científico da problemas porque ha cambiado varias veces. Se le llama Acer mono, que es el nombre con el que circula en viveros y catálogos, pero la taxonomía actual lo trata como Acer pictum subsp. mono, dentro del complejo del arce pintado. Si en un vivero se encuentra Acer pictum, Acer mono o Acer truncatum etiquetados casi igual, conviene mirar la hoja: son parientes cercanos pero no idénticos.

Ejemplar adulto de Acer mono o arce pintado

De dónde viene y qué aspecto tiene

Es un arce de Asia oriental. Su área natural cubre Japón, Corea, buena parte de China y el extremo oriental de Rusia, incluida Siberia oriental, y ese detalle geográfico explica casi todo lo que se puede decir sobre su rusticidad: procede de bosques templados fríos con inviernos largos y duros, y ha evolucionado para pasarlos sin daño.

Es un árbol caducifolio de porte medio a grande. En su medio natural alcanza con facilidad los 15 o 20 metros; en jardinería europea es habitual verlo entre 8 y 12 metros, con una copa redondeada y bastante regular que se ensancha con la edad. No es un árbol de crecimiento rápido pero tampoco desesperantemente lento: en suelo fresco puede ganar entre 30 y 50 centímetros al año en su juventud.

La hoja es la clave para identificarlo. Es palmada, con cinco lóbulos —a veces siete—, de unos 6 a 12 centímetros de ancho, y lo importante es que los bordes son enteros, sin dientes ni serraciones. Ahí está la diferencia inmediata con el arce japonés (Acer palmatum), cuyas hojas tienen el margen finamente aserrado y los lóbulos mucho más estrechos y profundos. El arce pintado tiene una hoja más ancha, más maciza, con los senos entre lóbulos poco marcados.

Otro rasgo diagnóstico: al romper un pecíolo o una hoja joven segrega un látex lechoso. Es característico de este grupo de arces y sirve para distinguirlo de casi cualquier otro.

La corteza es grisácea y lisa de joven, y se va agrietando en placas verticales poco profundas con la edad. Los frutos son sámaras dobles, las típicas "helicópteros" de los arces, con las alas dispuestas en un ángulo bastante abierto, de unos 120 grados, y maduran hacia septiembre.

La floración y el color de otoño

Florece en primavera, entre abril y mayo según la zona, en corimbos colgantes de flores pequeñas de color verde amarillento. No es un árbol que se plante por la flor: pasa desapercibida a distancia, aunque en un día templado zumba de abejas, porque es una fuente de néctar temprana bastante apreciada.

Lo que sí se planta es el otoño. El follaje vira a amarillo dorado intenso, y en algunos ejemplares y algunos años aparece un ribete naranja o incluso rojizo. Aquí conviene ser preciso y desmentir una expectativa habitual: el arce pintado no da el rojo escarlata del arce japonés. Su registro es el oro. Quien busque el rojo profundo de octubre debe ir a Acer palmatum, Acer rubrum o Acer japonicum, no a este.

Hojas palmadas de borde entero del Acer mono en otoño

Además, la intensidad del color de otoño no está garantizada. Depende del contraste térmico entre día y noche a finales de septiembre y en octubre: noches frescas y días soleados dan el mejor amarillo. En un otoño templado y nublado, o en una zona costera cálida, la hoja puede pasar directamente de verde a pardo sin espectáculo. Este es un árbol que rinde mejor cuanto más continental sea el clima.

Cuánto frío aguanta de verdad

Es su gran virtud. El arce pintado resiste sin daño temperaturas de -20 °C y por debajo, y hay procedencias del norte de su área que van bastante más lejos. En términos prácticos, no existe ningún punto de la Península donde el frío invernal sea un problema para esta especie. En Soria, en Burgos, en el Pirineo o en el páramo leonés pasará el invierno mejor que la mayoría de ornamentales de jardín.

Hay un matiz que sí importa: las heladas tardías. Brota relativamente pronto en primavera, y una helada fuerte de abril puede quemar la brotación nueva. El árbol lo supera —vuelve a brotar de yemas de reserva—, pero pierde vigor y el año se resiente. En zonas con heladas tardías habituales conviene no plantarlo en el fondo de una vaguada, donde el aire frío se acumula, sino en media ladera.

Lo que de verdad limita su cultivo en España

Aquí está el punto que suele decidir el éxito o el fracaso, y no tiene nada que ver con el frío. Este árbol no lleva bien el calor seco ni la sequía estival. Un verano peninsular de interior, con 38 grados y tres meses sin lluvia, lo somete a un estrés que se manifiesta primero como quemado del borde de la hoja en julio y después como defoliación anticipada en agosto.

Traducido a mapa: es un árbol excelente para la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y prepirineo, los sistemas montañosos del interior y en general cualquier zona con veranos suaves o con riego asegurado. En Madrid, Castilla-La Mancha, Extremadura o el valle del Ebro se puede cultivar, pero exige riego de verano durante toda su vida, no solo los primeros años, y agradece mucho una ubicación con sombra en las horas centrales. En el litoral mediterráneo cálido y en Andalucía baja hay mejores candidatos.

La segunda limitación es el suelo calizo. Prefiere suelos de reacción ligeramente ácida a neutra, profundos, frescos y bien drenados, ricos en materia orgánica. En suelos muy calizos y con agua de riego dura desarrolla clorosis férrica: la hoja amarillea entre los nervios, que quedan verdes. Se puede paliar con quelato de hierro y con acolchados orgánicos que acidifiquen lentamente, pero es una batalla de por vida. Si el análisis de suelo da un pH por encima de 8, conviene elegir otra especie.

Lo que sí tolera bien es el frío del suelo, cierta compactación moderada y la contaminación urbana, lo que lo hace válido para alineaciones de calle en ciudades de clima adecuado.

Plantación y cuidados

La mejor época de plantación es el otoño, entre octubre y noviembre, con el árbol ya en reposo. Enraíza durante el invierno y llega a la primavera con el sistema radicular preparado. En zonas de heladas muy severas se puede retrasar a finales de invierno, en febrero o marzo, antes de que broten las yemas.

El hoyo debe ser generoso, al menos del doble del cepellón en anchura, y conviene descompactar el fondo. Un error muy repetido es enterrar el cuello: la unión entre tronco y raíz tiene que quedar al nivel del suelo, nunca por debajo. Enterrarlo provoca podredumbres de cuello que matan el árbol años después sin que nadie relacione la causa.

El riego es el cuidado central. Los tres primeros años necesita riegos regulares y abundantes en verano; conviene regar en profundidad y con menos frecuencia antes que dar un poco de agua todos los días, para forzar a la raíz a bajar. En clima seco, un árbol adulto sigue agradeciendo un par de riegos copiosos en julio y agosto. El sistema radicular es superficial y extendido, así que un acolchado de 5 a 8 centímetros de corteza o restos de poda alrededor del tronco —dejando un par de dedos libres junto a la base— es probablemente la mejor inversión de esfuerzo que se puede hacer con esta especie: mantiene el suelo fresco, evita el laboreo que rompe raíces y regula la temperatura.

El abonado es poco exigente. Un aporte de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno es suficiente en la mayoría de casos. Si el crecimiento es escaso puede añadirse un abono equilibrado de liberación lenta en marzo. Nada de nitrógeno a partir de julio: provoca brotes tiernos que no lignifican a tiempo y se hielan.

Poda: cuanto menos, mejor

Este es el apartado donde más daño se hace. Los arces en general y este en particular no responden bien a las podas fuertes. Compartimentan mal las heridas grandes, que se convierten en puerta de entrada de hongos de pudrición.

La poda debe limitarse a lo estructural en los primeros años —elegir un guía dominante, eliminar ramas cruzadas o mal insertadas— y después a retirar madera seca, rota o enferma. Nada de rebajar copa.

Y un dato de calendario que casi nadie tiene en cuenta: los arces sangran mucho si se podan a finales de invierno o al inicio de la primavera. La presión de savia en febrero y marzo es enorme (de hecho, en Corea la savia de esta especie se recolecta para beber, con el nombre de gorosoe). Un corte en esa época puede dejar el árbol goteando semanas. La ventana correcta para podar arces es a finales de verano o principios de otoño, entre agosto y septiembre, cuando el flujo de savia está bajo y las heridas cierran antes del invierno.

Multiplicación

Por semilla es lo habitual. Las sámaras se recogen en otoño cuando están secas y pardas, y necesitan estratificación fría: entre dos y tres meses a unos 4 °C, en arena o vermiculita húmeda dentro de la nevera, o sembradas en semillero al aire libre durante el invierno, que es el método más simple y el que mejor imita lo natural. Sin ese frío, la germinación es errática y muy baja. Conviene sembrar bastante más de lo que se necesita, porque un porcentaje alto de sámaras suele estar vano.

El esqueje es difícil en esta especie. Los cultivares seleccionados se propagan por injerto sobre patrón de semilla, algo que ya escapa del terreno del aficionado medio.

Plagas y problemas

Es un árbol sano. Los problemas que aparecen suelen ser consecuencia de un mal emplazamiento más que de un patógeno agresivo.

Los pulgones colonizan la brotación tierna en primavera y producen melaza y negrilla; rara vez justifican tratamiento y se controlan solos con la fauna auxiliar. La verticilosis (Verticillium dahliae) es la enfermedad seria de los arces: provoca marchitez súbita de una rama o de medio árbol, y al cortar una rama afectada se ven anillos o manchas oscuras en la madera. No tiene cura; se retiran las ramas afectadas y, si el árbol muere, no debe replantarse otro arce en el mismo sitio. Las manchas foliares por hongos son estéticas y no requieren nada. En verano seco pueden aparecer arañas rojas en árboles jóvenes estresados, señal casi siempre de que falta agua.

Dónde queda bien plantado

Es un árbol de sombra, y esa es su mejor función. Copa redondeada, hoja ancha, sombra densa en verano y luz que pasa en invierno cuando se agradece. Funciona muy bien como ejemplar aislado en césped, en grupos de tres en parques, y en alineaciones de calle en climas frescos, siempre que haya espacio: hay que darle al menos 6 u 8 metros de separación entre pies y no plantarlo a menos de 5 metros de una edificación.

Combina bien con otros caducifolios de otoño amarillo o rojo —abedules, fresnos, liquidámbar en suelo ácido— y con un sotobosque de acidófilas de sombra si el suelo lo permite. Bajo su copa se puede plantar sin problema, porque su sombra no es tan cerrada como la de un plátano o una encina.

En resumen

El arce pintado, Acer pictum subsp. mono, es un árbol de sombra caducifolio de 8 a 12 metros, con hoja palmada de borde entero y un amarillo dorado notable en otoño. Su gran baza es la rusticidad al frío: aguanta -20 °C sin inmutarse, así que en la Península el invierno no será nunca su problema.

Lo que sí lo limita es el calor seco y la caliza. Es una elección excelente para el norte peninsular y las zonas de montaña, y una elección exigente en el interior seco, donde necesitará riego estival de por vida. En suelos con pH alto conviene descartarlo o asumir tratamientos de hierro indefinidos.

Plantarlo en otoño, sin enterrar el cuello, acolchar la base, regar en profundidad los primeros veranos y podar lo mínimo imprescindible —y hacerlo en agosto o septiembre, nunca a final de invierno, para evitar el sangrado— es prácticamente todo lo que necesita para dar cuarenta o cincuenta años de sombra sin dar trabajo.


Contenidos relacionados