Hay un arce que aguanta veranos de cuarenta grados, suelos con caliza activa y sequías de tres meses sin riego, y que además crece de forma espontánea en buena parte de la Península. Se llama arce menor o arce de Montpellier, y su nombre botánico es Acer monspessulanum. Que sea autóctono y resistente no ha bastado para que se plante mucho: en los viveros pesa más la idea de que un arce es un árbol de montaña húmeda con hoja grande y color rojo. Este no lo es, y precisamente por eso funciona donde los demás arces fracasan.

Ejemplar de Acer monspessulanum o arce menor

Qué es exactamente el arce menor

Pertenece a la familia de las sapindáceas y se distribuye por toda la cuenca mediterránea, desde Marruecos y la Península Ibérica hasta Turquía e Irán. En España aparece en casi todas las provincias, con preferencia por los sustratos calizos: acompaña a quejigos, encinas y arces de Granada en la orla de bosques y en vaguadas de media montaña, entre 400 y 1.600 metros de altitud, y llega a formar pequeñas manchas en barrancos frescos del interior de Andalucía, el Sistema Ibérico o el Prepirineo.

Es un árbol pequeño o arbolito de porte arbustivo. Lo habitual es que se quede entre 5 y 8 metros; en condiciones muy favorables puede alcanzar los 10 o 12, pero eso es la excepción. Con frecuencia se ramifica desde muy abajo y forma varios troncos, sobre todo si ha rebrotado de cepa tras un corte o un incendio. La copa es densa y redondeada, más ancha que alta en ejemplares viejos, y su sombra resulta bastante compacta para el tamaño del árbol.

Lo que mejor lo identifica es la hoja. Es pequeña, de 3 a 6 centímetros, con solo tres lóbulos redondeados y de borde entero, sin los dientes agudos ni las puntas afiladas de otros arces. Por el haz es verde oscuro y algo coriácea, y por el envés más pálida y glauca. Esa hoja pequeña, dura y de poca superficie es justo lo que le permite transpirar poco y sobrevivir al verano mediterráneo. La corteza, gris y finamente agrietada, recuerda más a la de un quejigo joven que a la de un arce.

Florece en abril, a la vez o poco después de brotar, en corimbos colgantes de flores amarillo verdosas pequeñas pero visitadas con intensidad por abejas y sírfidos. El fruto es la disámara típica del género: dos frutos alados unidos, pero con la particularidad de que en esta especie las alas son cortas y están casi paralelas, no abiertas en ángulo como en el arce real o el plátano falso. Suelen tomar un tono rojizo en verano que le da bastante vistosidad. En otoño la hoja pasa a amarillo dorado y anaranjado, y aguanta en el árbol hasta bien entrado noviembre o diciembre; en zonas de invierno suave puede llegar a ser marcescente y conservar hojas secas hasta la brotación.

Por qué merece la pena plantarlo

El argumento principal es la tolerancia a la sequía y a la caliza. La mayoría de los arces de jardín que se venden aquí (Acer palmatum, Acer negundo, Acer saccharinum) sufren clorosis férrica en suelos calizos y necesitan riego constante en verano. El arce menor está adaptado a lo contrario: pH básico, suelos pedregosos, poca materia orgánica y estiaje largo. Un ejemplar establecido en el centro peninsular puede pasar el verano con riegos muy esporádicos o incluso sin ellos.

El segundo argumento es el tamaño. Es un árbol que cabe en un jardín normal. No levanta soleras, no tiene raíces agresivas y no exige distancias enormes a la fachada. Da sombra suficiente para una zona de estar y no obliga a podas de reducción cada tres años. En jardines pequeños donde plantar un plátano o un almez es un error de partida, este entra sin problemas.

El tercero es la rusticidad frente al frío. Aguanta sin daños heladas de -15 °C y soporta bien las oscilaciones térmicas del interior. Tampoco le afectan los vientos secos ni la insolación directa sobre el tronco, cosa que sí perjudica a especies de sombra plantadas a pleno sol.

Cómo se planta

La época de plantación es el otoño, de octubre a diciembre, para que emita raíz durante el invierno y llegue al primer verano con algo de sistema radicular hecho. Plantarlo en primavera avanzada es el error más frecuente y el que más bajas provoca: el árbol brota, gasta reservas y se encuentra con el calor sin raíces suficientes.

Quiere sol directo o media sombra clara. En sombra densa se ahíla, pierde la forma redondeada y pierde también el color otoñal. En cuanto al suelo, admite prácticamente cualquiera con tal de que drene: arcillosos compactados y encharcadizos son su único límite serio. Si el terreno es pesado, conviene plantar en caballón o montículo ligeramente elevado en lugar de en hoyo, para que el cuello no quede en una bañera de agua.

Cava un hoyo amplio, más ancho que profundo, y descompacta las paredes: el ancho importa más que la profundidad, porque las raíces exploran en horizontal. Coloca el cepellón de modo que el cuello quede al nivel del suelo, nunca enterrado. Riega abundantemente en la plantación para asentar la tierra y elimina bolsas de aire. Un acolchado de 5 a 8 centímetros de corteza, astilla o grava, separado unos centímetros del tronco, ahorra riegos y mantiene la temperatura del suelo estable.

Riego y abonado

Los dos o tres primeros veranos son los que deciden. Durante ese periodo conviene regar en profundidad cada 7 o 10 días en julio y agosto, con volumen suficiente para mojar 30-40 centímetros de perfil. Es mejor un riego copioso y espaciado que uno diario y superficial: el primero obliga a la raíz a bajar, el segundo la mantiene en los primeros centímetros y crea un árbol dependiente.

A partir del cuarto año, un ejemplar bien enraizado en clima peninsular puede prescindir del riego salvo en veranos extremos o en suelos muy someros. En zonas de menos de 350 mm anuales o en jardines con solera cercana, un par de riegos de apoyo en pleno verano bastan.

El abonado es casi innecesario. Un aporte de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno, cada dos o tres años, cubre sus necesidades. Los abonos ricos en nitrógeno le sientan mal: fuerzan brotes largos y blandos que después se secan en verano y estropean la silueta. Y algo importante: no le hacen falta los correctores de hierro que sí exigen otros arces, porque esta especie está adaptada a la caliza y no amarillea por su culpa. Si ves clorosis en un arce menor, sospecha antes de un encharcamiento o de una compactación del suelo que de una carencia real.

Hojas trilobuladas de Acer monspessulanum

Poda

Cuanto menos, mejor. Es un árbol de crecimiento lento —del orden de 20 a 30 centímetros al año en condiciones medias— que forma copa por sí solo. La poda se limita a retirar ramas secas, rotas o cruzadas, y a levantar la cruz en los primeros años si quieres pasar por debajo.

El momento correcto es el final del invierno o el otoño, con el árbol en reposo, evitando el periodo de subida de savia de febrero-marzo, cuando los arces sangran con facilidad por los cortes. Ese sangrado no suele matar al árbol, pero lo debilita y afea el tronco. Corta siempre respetando el cuello de la rama, sin dejar tocones y sin hacer cortes al ras, y no selles las heridas con pastas: el árbol compartimenta mejor por sí mismo.

Si lo que quieres es un seto alto o una pantalla, admite un recorte más severo y rebrota con facilidad desde madera vieja, cosa nada habitual entre los arces. De hecho, en el campo se ha usado tradicionalmente como especie de linde y para ramón.

Multiplicación

Lo normal es por semilla, recogida de las sámaras maduras entre septiembre y octubre. Necesita estratificación fría: guardar la semilla en arena o vermiculita húmeda dentro de la nevera, entre 3 y 5 °C, durante unos tres o cuatro meses. La alternativa práctica es sembrar en bandeja al aire libre en otoño y dejar que el invierno haga el trabajo; germinará en primavera de manera irregular, a veces escalonada en dos temporadas.

Un detalle que ahorra disgustos: una parte de las sámaras suele estar vana, sin embrión. Conviene sembrar bastante más semilla de la que uno cree necesaria y no dar el lote por perdido si la nascencia es baja. El esqueje leñoso funciona mal en esta especie; el acodo y el injerto sobre patrón de la misma especie sí son viables, pero rara vez compensan.

Plagas y problemas

Es un árbol sano. Lo que más se ve son manchas foliares como la mancha de alquitrán (Rhytisma acerinum), que produce rodales negros brillantes en la hoja y resulta llamativa pero prácticamente inocua: se controla recogiendo la hojarasca en otoño. También pueden aparecer pulgones en los brotes tiernos de primavera, con la melaza y la negrilla asociadas, y ácaros eriófidos que provocan pequeñas agallas rojas en el haz, igualmente inofensivas.

Los problemas graves suelen ser de manejo, no de patógenos. El exceso de riego y el suelo mal drenado provocan podredumbre de raíz y son la causa más habitual de muerte en jardín. La verticilosis (Verticillium dahliae) afecta al género y causa marchitez sectorial de ramas con manchado verdoso de la madera; no tiene tratamiento curativo, así que conviene evitar plantar donde haya habido cultivos sensibles como tomate, patata u olivo con antecedentes. Y por último, los alcorques pequeños y el suelo compactado por pisoteo hacen más daño que cualquier insecto.

En resumen

El Acer monspessulanum es la respuesta cuando alguien quiere un arce en un clima donde los arces de catálogo no prosperan. Árbol pequeño, de 5 a 8 metros, hoja trilobulada diminuta, crecimiento lento, buen color otoñal y una resistencia a la sequía y a la caliza que no tiene ningún otro miembro del género cultivado aquí. Plántalo en otoño, a pleno sol, en suelo que drene; riégalo de verdad los tres primeros veranos y después casi olvídate; abónalo poco y pódalo menos, siempre fuera del periodo de sangrado. Es lento, y eso desanima a quien busca sombra inmediata, pero a cambio es de los pocos árboles que puedes plantar en el interior peninsular sabiendo que dentro de treinta años seguirá ahí sin haberte costado un litro de más.


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