Acer japonicum y Acer palmatum se venden a menudo bajo el mismo cartel de "arce japonés", y no son la misma planta: se diferencian en la forma de la hoja, en la floración, en el aguante al frío y, lo que más importa a la hora de decidir, en el tipo de clima donde prosperan. El arce japónico es el más rústico de los dos frente al invierno y, a la vez, el más exigente frente al verano seco español.
Se le conoce también como arce de luna llena, traducción del japonés meigetsu-kaede, y como arce de hoja de abanico (hauchiwa-kaede), ambos nombres referidos a la silueta casi circular de su hoja. Es originario de Japón (Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kyushu) y del sur de la península de Corea, donde crece en bosques caducifolios de montaña, en suelos frescos, ácidos y profundos, bajo la protección de árboles mayores.
Cómo reconocerlo
La hoja es la firma inconfundible de la especie: prácticamente redondeada, de 8 a 15 cm de diámetro, con 9 a 11 lóbulos poco profundos y margen finamente serrado, dispuestos como las varillas de un abanico. En Acer palmatum los lóbulos son 5 o 7 y la hoja tiene una silueta claramente estrellada, no circular. Otro detalle útil: al brotar en primavera, las hojas jóvenes del arce japónico están cubiertas de una pubescencia sedosa y plateada que desaparece a las pocas semanas.
El porte es de arbolillo o arbusto grande de varios troncos, entre 5 y 10 metros de altura en ejemplares adultos, casi tan ancho como alto, con la copa abierta y las ramas dispuestas en planos horizontales. Crece despacio: en cultivo, quince o veinte centímetros al año son un buen ritmo, y hacen falta décadas para ver un ejemplar de tamaño.
Las flores son, con diferencia, las más vistosas del género entre los arces ornamentales. Aparecen en abril, a la vez que la brotación o incluso un poco antes, en corimbos colgantes de hasta ocho o diez flores de color rojo púrpura, con estambres amarillentos que contrastan. Son lo bastante grandes para verse desde varios metros, algo que no ocurre con Acer palmatum. El fruto es una disámara de alas casi horizontales que madura entre septiembre y octubre.
El color otoñal es el argumento principal de la especie. Pasa por el amarillo dorado, el naranja y el escarlata hasta un carmesí profundo, a menudo con los tres tonos conviviendo en el mismo árbol durante semanas. En buenas condiciones climáticas está entre lo mejor que puede plantarse en un jardín templado.
Los cultivares que se encuentran en España
La oferta comercial es reducida y casi siempre se limita a tres nombres:
'Aconitifolium', conocido también por su nombre japonés Maiku-jaku ("cola de pavo real danzante"). Es el más difundido. La hoja mantiene el contorno circular pero está dividida en lóbulos estrechísimos, cortados casi hasta la base y con dentado profundo, lo que da una textura de encaje. En otoño vira a un carmesí intenso y uniforme. Es más lento y más compacto que el tipo, con 4-5 metros a largo plazo.
'Vitifolium'. Hoja muy grande, de hasta 15 cm, con la silueta ancha de una hoja de parra, de donde toma el nombre. Vira a naranja y escarlata encendidos. Es el más vigoroso del grupo y el que mejor da la sensación de árbol adulto.
'Green Cascade'. Selección de porte llorón y hoja profundamente dividida, que sin tutor se comporta como una cubierta que se derrama sobre el suelo o sobre un muro. Se suele vender injertado en pie alto para conseguir la cascada. Amarillo, naranja y rojo en otoño.
Merece la pena aclarar una confusión de nomenclatura muy extendida: el popular arce de hoja dorada que se etiqueta como Acer japonicum 'Aureum' pertenece en realidad a otra especie, Acer shirasawanum. Se separaron hace tiempo, pero el nombre antiguo sigue circulando en viveros y catálogos. Acer shirasawanum se distingue porque sus disámaras se disponen erguidas sobre la rama, mirando hacia arriba, mientras que las de Acer japonicum cuelgan. Comparten cuidados, así que el error no es grave en la práctica, pero conviene saberlo.
Rusticidad y clima: dónde tiene sentido plantarlo
Este es el apartado que decide si el árbol vivirá o será un gasto con fecha de caducidad.
Al frío es notablemente resistente: soporta -25 °C sin daños, y algunos ejemplares establecidos han aguantado por debajo de esa cifra. En España no existe ninguna zona donde el invierno suponga un riesgo para él. Sí conviene tener presente que brota relativamente pronto y que una helada tardía de abril puede quemar la brotación, aunque el árbol rebrota después sin secuelas.
Al calor seco, en cambio, es sensiblemente más delicado que Acer palmatum. Necesita humedad ambiental, noches frescas y suelo que no llegue a secarse. Traducido al mapa peninsular:
Va bien en la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y prepirineo, el Sistema Central en umbría y las zonas de montaña húmeda del norte peninsular. Ahí prospera con poca intervención y da todo su color de otoño gracias al contraste térmico entre día y noche.
Es difícil en el interior seco (Meseta, valle del Ebro, Extremadura), donde solo sale adelante en umbría, con riego constante y con protección de viento, y aun así con hojas quemadas en los veranos duros.
No compensa en el litoral mediterráneo cálido, el sur y las islas. En esas zonas, además del calor, la falta de contraste térmico en otoño deja el color deslucido. Si quieres un arce ornamental allí, Acer palmatum es una elección mucho más razonable, y algunos cultivares de Acer buergerianum aguantan todavía mejor.
Esta es la corrección más útil que puede hacerse sobre esta planta. Se vende con la etiqueta de "muy rústico" y es cierta, pero la rusticidad que anuncian los catálogos se refiere al frío invernal, no a la sequía estival, que es exactamente el factor limitante en buena parte de España. Confundir una cosa con la otra explica la mayoría de los fracasos con esta especie.
Exposición, suelo y agua
Exposición. Semisombra, con sol de mañana y sombra a partir del mediodía. Solo en el norte lluvioso admite sol directo durante buena parte del día. La sombra proyectada por árboles de copa alta o por un muro orientado al este es la posición ideal; la sombra cerrada, en cambio, lo debilita y arruina el color de otoño, que necesita luz para formarse.
Viento. Su hoja, ancha y fina, se deshidrata con facilidad. Un emplazamiento resguardado no es un lujo: el viento seco de verano produce en pocos días el borde quemado y marrón que después no se recupera hasta la caída de la hoja.
Suelo. Ácido a ligeramente ácido, con pH entre 5,5 y 6,5, profundo, rico en materia orgánica, fresco y bien drenado a la vez. Tolera peor la caliza que Acer palmatum, y en suelo básico manifiesta clorosis férrica muy pronto: hojas amarillas con la nervadura destacada en verde, empezando por los brotes nuevos. En terreno calizo la única solución realista es un macizo elevado con sustrato propio y drenaje independiente, o directamente una maceta grande.
Agua. Riego regular durante toda la temporada de crecimiento, manteniendo el suelo fresco pero sin encharcar nunca, porque el encharcamiento invita a la podredumbre de raíz por Phytophthora. Y un punto no negociable en gran parte del país: usa agua de lluvia o agua acidificada. El agua dura de red sube el pH del sustrato, bloquea el hierro y acumula sales que se manifiestan como quemado marginal de la hoja. Ese síntoma, que suele achacarse al sol, tiene muchas veces su origen en el grifo.
Acolchado. Imprescindible. Cinco u ocho centímetros de corteza de pino, acículas o restos vegetales triturados sobre el alcorque mantienen la raíz fresca, reducen a la mitad la necesidad de riego, amortiguan el calor del suelo y van acidificando el horizonte superficial. Se deja unos centímetros libres alrededor del tronco.
Plantación, poda y abonado
La plantación se hace en otoño, entre octubre y noviembre, para que la raíz se instale aprovechando las lluvias y el suelo aún templado. La segunda opción es el final del invierno. Plantado en primavera avanzada, el ejemplar afronta su primer verano sin sistema radicular explorado y hay que regarlo con vigilancia diaria.
El hoyo se abre amplio, se enmienda con compost maduro y corteza compostada, y se planta con el cuello a ras de suelo. Enterrar el cuello es una causa habitual de pudriciones que aparecen dos o tres años después, cuando ya nadie relaciona el problema con la plantación.
La poda se reduce al mínimo. Este arce forma solo su estructura en capas y una intervención agresiva la estropea durante años, porque crece muy despacio y tarda en rellenar. Basta con retirar madera muerta, ramas cruzadas o rotas y alguna rama interior que estorbe. La época correcta es otoño, tras la caída de la hoja, o pleno verano. Lo que no debe hacerse es podar a finales de invierno o al comienzo de la primavera: la savia está subiendo y los cortes sangran de forma prolongada, debilitando el árbol y dejando la herida expuesta.
El abonado es poco necesario. En jardín, un aporte anual de compost maduro en primavera y la renovación del acolchado bastan. En maceta, un fertilizante de liberación lenta para plantas acidófilas aplicado en marzo cubre la temporada. Se suspende el nitrógeno a partir de agosto: forzar brotes tardíos deja madera tierna sin lignificar antes del invierno y apaga el color otoñal. Si aparece clorosis, el corrector eficaz en suelos con pH alto es el quelato de hierro EDDHA, no el sulfato ferroso.
Cultivo en maceta
Es viable, y en zonas de suelo calizo es la vía más segura, aunque exige más atención que con Acer palmatum porque el cepellón se calienta y se seca antes de lo que esta especie tolera.
Sustrato: mezcla ácida a base de turba rubia o fibra de coco, corteza de pino compostada y un árido tipo perlita, pumita o akadama, en proporciones aproximadas de 40/30/30. Maceta de terracota o cerámica antes que plástico negro, que al sol puede llevar el interior del cepellón por encima de 45 °C y cocer las raíces finas. Si solo dispones de plástico, coloca el conjunto de modo que la maceta quede sombreada aunque la copa reciba luz.
Riego frecuente en verano, incluso diario en las semanas de canícula, con lavados periódicos del cepellón para arrastrar sales. Trasplante cada dos o tres años a finales de invierno, antes de que las yemas se hinchen, recortando un tercio de las raíces periféricas y renovando el sustrato.
Problemas sanitarios
Pulgón en la brotación primaveral, con hojas deformadas y melaza. Jabón potásico repetido cada semana lo resuelve. Un ataque intenso suele delatar exceso de nitrógeno.
Araña roja en verano seco, especialmente en maceta y en terrazas. Punteado amarillento y aspecto apagado del follaje. Elevar la humedad ambiental del entorno es la medida más eficaz.
Cochinillas en ramas y axilas, tratables con aceite de invierno durante el reposo vegetativo.
Verticilosis (Verticillium dahliae). El problema serio. Se manifiesta como marchitez repentina de una rama o de un sector de la copa mientras el resto sigue verde, y al cortar aparece una coloración anómala en los vasos de la madera. No hay tratamiento curativo: se retiran las partes afectadas, se desinfecta la herramienta entre cortes y no se replantan en ese suelo arces ni solanáceas, porque el hongo persiste años en el terreno.
Quemado marginal de la hoja. No es una enfermedad sino un trastorno fisiológico, y es el síntoma más frecuente en esta especie: borde de la hoja seco y marrón mientras el centro sigue verde. Sus causas son la insolación excesiva, el viento seco, la falta de agua en momentos puntuales y la salinidad del riego, casi siempre combinadas. Se corrige actuando sobre la ubicación, el acolchado y la calidad del agua, no con productos.
Multiplicación
Semilla. Las disámaras se recogen maduras en octubre. La latencia de esta especie es más profunda que la de Acer palmatum y buena parte de las semillas no germina con una simple estratificación fría: lo habitual es aplicar primero un periodo cálido húmedo de dos o tres meses a temperatura ambiente y después una estratificación fría de tres o cuatro meses a 3-5 °C. Aun así, la germinación es irregular y una parte del lote puede esperar hasta la segunda primavera. Las plantas obtenidas serán variables y no reproducirán el cultivar de origen.
Esqueje. Muy poco eficaz. Los esquejes semileñosos enraízan en porcentajes bajos incluso con niebla y hormona, y los que enraízan suelen perderse en el primer invierno. No es la vía práctica.
Acodo aéreo. La opción casera con más garantías. En primavera avanzada o principios de verano se anilla la corteza de una rama de uno o dos centímetros de grosor, se aplica hormona en el borde superior del corte y se envuelve con esfagno húmedo y plástico. Como esta especie es lenta, conviene revisarlo con paciencia: puede necesitar toda la temporada o incluso esperar a la siguiente.
Injerto. Es el sistema comercial y el único fiable para los cultivares. Se injerta de púa lateral sobre patrón de Acer japonicum de semilla, a finales de invierno bajo protección. Los pies vendidos como 'Green Cascade' en porte llorón alto llevan además un injerto de copa.
Dónde colocarlo en el jardín
Funciona como ejemplar aislado en un rincón fresco, donde su silueta abierta y su color de otoño puedan verse enteros. Su tamaño moderado y su copa ancha lo hacen adecuado para jardines pequeños, siempre que se le reserven tres o cuatro metros de anchura.
Los acompañantes lógicos son plantas de suelo ácido y sombra fresca: helechos, azaleas, rododendros, hostas, Hakonechloa macra, musgos. En jardín de inspiración japonesa se combina con piedra y agua, y su floración de abril, más visible que la de otros arces, añade un momento de interés antes de que la vegetación del entorno se despierte del todo.
'Green Cascade' pide una posición elevada, sobre un muro bajo, un talud o el borde de un macizo, para que la cascada tenga espacio donde caer. Y en bonsái se trabaja menos que Acer palmatum, porque su hoja grande reduce peor y su crecimiento lento complica la formación.
En resumen
Acer japonicum es un arce de hoja casi redonda con 9 a 11 lóbulos, floración púrpura visible en abril y uno de los mejores colores otoñales del jardín templado. Resiste inviernos de -25 °C sin inmutarse, pero es el verano seco español el que decide su suerte.
Antes de comprarlo, mide tu clima: en el norte húmedo y la montaña es una planta agradecida y de poco mantenimiento; en el interior seco necesita umbría, acolchado y riego constante; y en el litoral mediterráneo o el sur no compensa, porque además de sufrir apenas dará color en otoño. Si el sitio es el adecuado, el resto es sencillo: suelo ácido y fresco, agua sin cal, acolchado permanente, poda mínima en otoño o en verano, y paciencia, porque crece despacio y tarda años en enseñar lo que sabe hacer.