Tres foliolos dentados colgando de un peciolo largo y rojizo: eso es lo que se ve al mirar de cerca una hoja de Acer cissifolium, y explica de golpe su nombre de jardín. El epíteto cissifolium significa "con hojas de Cissus", una trepadora emparentada con la vid, y de ahí salió el castellano arce de hoja de parra. Ni es una parra ni tiene nada que ver con ella, pero la comparación es lo bastante buena como para que el nombre haya cuajado.

Es un arce poco frecuente en los viveros españoles y eso hace que quien lo compra suela llegar con expectativas equivocadas, casi siempre heredadas de los arces japoneses de hoja palmeada. Conviene aclarar desde el principio en qué se parecen y en qué no, porque de ahí depende que el árbol prospere o se quede en un esqueleto de ramas secas al segundo verano.

Ejemplar joven de Acer cissifolium con su follaje trifoliado

Qué árbol es exactamente

Acer cissifolium es un arce caducifolio originario de Japón, donde crece en los bosques de montaña de Honshu, Kyushu y Shikoku. Pertenece a la sección Negundo, la misma que el arce negundo o falsa acacia de hoja de fresno (Acer negundo), y de ahí le viene la hoja compuesta: en lugar de una lámina única con lóbulos, lleva tres foliolos ovalados con el margen groseramente dentado, el central algo mayor que los laterales. Es el rasgo que despista a quien busca la silueta clásica de arce.

En su tierra alcanza los 10 o 12 metros; en cultivo europeo rara vez pasa de 6 a 8 metros, y lo hace despacio. La forma es lo más valioso que ofrece: tiende a ramificarse bajo y a abrirse en una copa ancha, aparasolada, a veces más ancha que alta, con ramas dispuestas casi en capas horizontales. Un ejemplar adulto bien formado da sombra con muy poca altura, algo que se agradece en jardines pequeños donde un tilo o un plátano serían inviables.

La corteza es lisa y grisácea de joven, y con los años se vuelve algo agrietada, sin llegar a ser espectacular. Los brotes nuevos y los peciolos tiran a rojizos, un detalle que contrasta bien con el verde medio del follaje.

La floración llega en primavera, hacia abril, a la vez que la brotación o poco después. Son racimos colgantes de hasta 10 centímetros con flores diminutas de color verde amarillento, sin ningún interés ornamental de lejos pero muy vistosas vistas de cerca y de las que agradecen los polinizadores tempranos. Aquí hay un detalle que casi nadie tiene en cuenta al comprarlo: la especie es dioica. Cada árbol es macho o hembra, de modo que solo los ejemplares femeninos producen las sámaras aladas típicas del género, y solo si hay un macho florecido a distancia razonable. Si lo que se busca es fruto, hay que plantar dos.

El otoño es su momento. La hoja pasa del verde a una gama que va del amarillo mantequilla al naranja y al rojo carmín, con frecuencia mezclada en el mismo árbol. Esa intensidad, sin embargo, no está garantizada: depende de que el otoño traiga noches frescas y días soleados, y de que el árbol no haya pasado sed en agosto. En un otoño templado y húmedo la hoja amarillea y cae sin más. No es un defecto del ejemplar, es climatología.

Dónde funciona en España y dónde no

Este es el apartado que decide el resultado, más que cualquier técnica de riego o de abonado. Acer cissifolium viene de bosques de montaña con veranos frescos, humedad atmosférica alta y lluvias repartidas. Aguanta el frío sin problema —resiste hasta unos -20 °C, de modo que ninguna helada peninsular lo compromete— pero lleva francamente mal el calor seco.

Traducido al mapa: se cultiva bien en la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y prepirineo, el norte de la meseta con riego, y zonas de montaña húmeda del Sistema Central o Ibérico. En el interior seco de Castilla, en Extremadura, en el valle del Ebro o en el litoral mediterráneo con veranos largos de 35 °C y aire seco, el árbol sobrevive a duras penas y muestra el síntoma clásico: quemadura marginal de la hoja, ese borde pardo y crujiente que aparece en julio y que ya no se recupera esa temporada.

Si el jardín está en zona caliente y aun así se quiere intentar, hay que jugar con la ubicación: pared orientada al norte o al este, sombra de otros árboles durante las horas centrales, resguardo del viento seco y suelo permanentemente mullido y acolchado. En esas condiciones se puede tener un ejemplar digno, pero será un árbol que exige atención en vez de uno que se olvida.

Suelo: el factor que se subestima

Prefiere suelos ácidos o neutros, entre pH 5,5 y 7, profundos, ricos en materia orgánica y con buen drenaje pero frescos. En suelos calizos —que abundan en buena parte de la península— aparece clorosis férrica: la hoja se vuelve amarilla entre los nervios, que permanecen verdes, y el crecimiento se para. El hierro está en el suelo, pero un pH alto lo bloquea y la raíz no puede tomarlo.

Aquí conviene deshacer una creencia extendida: que basta con echar sulfato de hierro para arreglarlo. En suelo calizo el sulfato de hierro se insolubiliza en cuestión de días y el efecto dura poco. Lo que funciona de verdad es el quelato de hierro EDDHA, que se mantiene disponible con pH altos, aplicado en primavera al inicio de la brotación y regado inmediatamente después. Y funciona como parche, no como cura: si el suelo es calizo de verdad, con costra caliza a poca profundidad, el árbol nunca estará realmente cómodo y merece la pena plantearse otro arce.

Para casos intermedios, la solución razonable es plantar en un hoyo grande —un metro cúbico como mínimo— con la tierra mezclada al 40 % con mantillo, compost maduro o turba, y mantener un acolchado permanente de corteza de pino o de hojarasca que vaya acidificando poco a poco al descomponerse. También sirve para lo otro que necesita: mantener la raíz fresca, porque la suya es superficial y sufre cuando el suelo se calienta.

El encharcamiento tampoco lo perdona. En arcillas compactas hay que romper el fondo del hoyo, plantar ligeramente elevado sobre el nivel del terreno y asegurarse de que el agua no se estanque en invierno. La combinación de raíz asfixiada y hongos del suelo mata más arces que las heladas.

Riego, abonado y mantenimiento

Riego. Los dos o tres primeros años son críticos: hay que regar de forma abundante y espaciada, empapando toda la zona radicular en lugar de dar riegos cortos y diarios, que solo mojan la superficie y obligan a la raíz a quedarse arriba. En verano, en zona templada, puede pedir un riego profundo cada cuatro o cinco días; en clima caluroso, cada dos o tres. Una vez establecido, en el norte húmedo puede pasar sin riego casi todo el año salvo en rachas secas.

Abonado. No es exigente. Con una aportación de compost o estiércol bien hecho alrededor del tronco a finales de invierno tiene suficiente. Si se usa fertilizante mineral, mejor uno de liberación lenta para plantas de suelo ácido, aplicado una vez en marzo. El exceso de nitrógeno produce brotes largos, blandos y muy propensos a pulgón, además de restar color al otoño.

Poda. Cuanta menos, mejor. Su valor está en la copa naturalmente estratificada, y una poda de formación agresiva la arruina. Limítate a quitar ramas secas, cruzadas o mal insertadas. Y aquí otro error muy repetido: no podes en el final del invierno. Los arces mueven la savia muy pronto —febrero ya es tarde— y un corte en ese momento provoca un sangrado abundante que debilita al árbol y deja la herida empapada. El momento correcto es desde mediados de otoño, con la hoja ya caída, hasta enero, o bien a finales de verano una vez terminado el crecimiento.

Trasplante. Si viene en contenedor puede plantarse casi todo el año, pero el momento óptimo es el otoño, para que la raíz se instale con las lluvias antes del calor. A raíz desnuda, solo en pleno reposo invernal.

Follaje de Acer cissifolium virando al naranja y rojo en otoño

Problemas frecuentes

Pulgón. Coloniza los brotes tiernos en primavera. Salvo invasión seria, no requiere tratamiento: los mirlos, las mariquitas y los sírfidos suelen encargarse. Si hace falta, jabón potásico repetido a los pocos días, siempre al atardecer.

Araña roja. Es el aviso de que el árbol está pasando calor y sequedad ambiental. Aparece un punteado amarillento en el haz y telarañas finas en el envés. Más que un acaricida, lo que hace falta es corregir la causa: sombra, acolchado y riego.

Verticilosis. El problema serio del género. Verticillium es un hongo de suelo que se introduce por la raíz y bloquea los vasos conductores; se manifiesta como marchitez repentina de una rama entera con la hoja todavía adherida, y al cortar esa rama se ven anillos oscuros en la madera. No tiene tratamiento curativo. Lo único que se puede hacer es podar y quemar la parte afectada, desinfectar la herramienta entre cortes y evitar replantar otro arce en ese punto.

Mancha negra del arce. Manchas circulares negras con halo amarillo causadas por Rhytisma acerinum. Es antiestética y poco más: no compromete la vida del árbol. Recoger y retirar la hojarasca en otoño reduce mucho la incidencia al año siguiente.

Multiplicación

La vía habitual es por semilla. Las sámaras se recogen maduras en otoño y necesitan estratificación fría: entre 90 y 120 días a unos 4 °C en arena o vermiculita húmeda dentro de la nevera, o bien siembra directa en otoño en semillero al aire libre para que pasen el invierno a la intemperie. Sin ese frío la germinación es prácticamente nula, y ahí está el motivo del fracaso en la mayor parte de las siembras caseras. Hay que contar además con que buena parte de las sámaras salen vanas si no hubo un macho cerca.

El esqueje leñoso enraíza mal. Los viveros recurren al injerto sobre patrones afines cuando quieren multiplicar un clon concreto, pero es una técnica poco práctica fuera del ámbito profesional.

Dónde colocarlo en el jardín

Funciona muy bien como árbol aislado en un césped, donde su porte abierto se aprecia entero, y también en el borde de una zona arbolada, con la copa asomando hacia la luz. Su raíz no es agresiva, así que se puede plantar a distancia razonable de una vivienda o un pavimento sin miedo, aunque siempre conviene dejar tres o cuatro metros para que la copa se desarrolle.

Acompaña bien a plantas de suelo ácido que compartan sus exigencias: hortensias, azaleas, rododendros, helechos, Hakonechloa. Bajo su sombra ligera crecen sin problema, y el acolchado de hojarasca que genera cada otoño les viene de perlas.

Lo que no es: un árbol de calle, un árbol de secano, ni un árbol para maceta a largo plazo. En contenedor aguanta unos años siendo joven, pero su raíz superficial y extendida acaba pidiendo suelo.

En resumen

El arce de hoja de parra es una buena elección para quien tenga un jardín en clima fresco y húmedo, suelo ácido o neutro y sitio para una copa ancha de seis u ocho metros. Da a cambio una silueta aparasolada poco común, racimos colgantes en primavera y un otoño que puede ir del amarillo al rojo intenso.

Las tres cosas que hay que respetar son sencillas y no negociables: huir del calor seco y del viento cálido, evitar el suelo calizo o corregirlo con quelato EDDHA y acolchado, y no podar a finales de invierno para que no sangre. Con eso, y con un riego profundo durante los primeros veranos, es un árbol longevo y de muy poco mantenimiento. Sin eso, ninguna otra atención lo salvará.


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