Lo primero que hay que saber del arce de Capadocia no es su porte ni su color de otoño: es que rebrota de raíz. Un ejemplar bien instalado empieza a sacar retoños a varios metros del tronco, en medio del césped o del arriate, y quien no lo esperaba se pasa la vida arrancándolos. Sabiéndolo de antemano se planta en el sitio correcto y deja de ser un problema, porque por lo demás da una sombra excelente y pide muy poco a cambio en un jardín de clima frío.

Origen y nombre

Su nombre botánico es Acer cappadocicum, y aunque el epíteto apunta a Capadocia, en la Anatolia central, su área real es mucho más amplia: desde Turquía y el Cáucaso hasta el Himalaya, y de ahí hacia el este, con poblaciones en el suroeste de China. Es un árbol de bosque de montaña, acostumbrado a inviernos duros y a veranos con humedad en el suelo.

Se le llama también arce de hoja de plátano en algunos catálogos, un nombre poco afortunado que se solapa con el que se usa para otras especies. Mejor quedarse con arce de Capadocia o con el nombre científico si vas a comprar uno.

Cómo se reconoce

La hoja es la mejor pista. Mide entre 8 y 15 cm, es palmada con cinco o siete lóbulos y, sobre todo, tiene los bordes completamente lisos, sin un solo diente, con cada lóbulo terminado en una punta larga y fina. Este detalle lo distingue del arce real (Acer platanoides), al que se parece mucho y con el que se confunde constantemente en viveros: el arce real tiene los lóbulos con dientes puntiagudos, como pinchos.

Hay una segunda comprobación infalible. Arranca una hoja tirando del peciolo y mira el corte: si aparece una gota de látex blanco, estás en el grupo de los platanoides, al que pertenecen tanto el arce de Capadocia como el arce real. Ningún falso plátano ni ningún arce campestre hace eso.

El brote joven es rojizo o bronceado y va virando a verde. La corteza es lisa, grisácea, y se mantiene bastante lisa incluso en árboles viejos, con grietas finas. Las flores salen en abril en corimbos erguidos de un amarillo verdoso, antes o a la vez que la hoja, y resultan sorprendentemente vistosas de cerca; son una fuente temprana de néctar. Los frutos son disámaras de alas casi horizontales, muy abiertas.

Hojas de Acer cappadocicum con los lóbulos de borde liso

Tamaño y forma

Alcanza entre 15 y 20 metros de altura en cultivo, con ejemplares excepcionales que llegan a 25, y desarrolla una copa redondeada y densa de 10 a 12 metros de diámetro. El crecimiento es medio, unos 30 o 40 cm al año en condiciones favorables, algo más de joven.

Da una sombra muy compacta, de las mejores para sentarse debajo en verano, pero esa misma densidad implica que la hierba no prospera bajo la copa. Si quieres césped continuo, este no es tu árbol; si prefieres un círculo de acolchado o de plantas de sombra a sus pies, encaja perfectamente.

Las variedades que se venden

Rara vez se comercializa la especie tipo. Lo habitual en vivero son dos cultivares:

'Aureum' es el más extendido. Brota en rojo cobrizo, pasa a un amarillo dorado que mantiene buena parte del verano en climas frescos y termina el otoño en amarillo intenso. En zonas de verano fuerte ese amarillo se vuelve verde pálido hacia julio, y las hojas más expuestas se queman por el borde. Es un árbol de luz, pero de luz suave.

'Rubrum' tiene la brotación de un rojo mucho más marcado, que va virando a verde oscuro a lo largo de la primavera, y vuelve a teñirse de rojizo con la brotación de verano. Su follaje adulto es verde, así que el efecto es estacional y no permanente.

También circulan la subespecie sinicum, de hojas más pequeñas, y algunas selecciones locales. Y conviene saber que Acer lobelii, el arce del sur de Italia, de porte estrechamente columnar, se considera hoy en muchas clasificaciones una subespecie de esta misma especie; si buscas un arce vertical para un espacio angosto, ese es el camino.

Follaje dorado del arce de Capadocia 'Aureum'

Clima: dónde va bien

La resistencia al frío es una de sus grandes virtudes: soporta sin daño alguno -25 °C, y en su área natural más. Las heladas tardías de abril tampoco suelen arruinarle la brotación, porque brota relativamente tarde. Esto lo hace muy útil en zonas donde otros árboles ornamentales sufren cada primavera.

El problema es el otro extremo. Con veranos largos, secos y por encima de 35 °C, la hoja se quema por los márgenes y el árbol defolia antes de tiempo. En el interior peninsular seco lo pasa mal salvo con riego abundante y algo de sombra en las horas centrales.

Dicho de forma práctica: excelente en la cornisa cantábrica, Pirineos, Sistema Central e Ibérico, Castilla y León y en general en cotas medias y altas; viable con riego en jardines urbanos del interior si el suelo es profundo; desaconsejable en el litoral mediterráneo cálido, en Andalucía baja y en el valle del Guadalquivir. En clima cálido de invierno suave, además, el color de otoño se queda muy deslucido, que es justo lo que se busca al plantarlo.

Tolera bien el aire de ciudad y la contaminación, y aguanta el viento razonablemente, aunque no el viento salino de costa.

Suelo

Es más acomodaticio que otros arces. Prefiere suelos profundos, frescos y fértiles, pero tolera bien la caliza, cosa que no puede decirse de los arces japoneses ni del arce rojo americano. En un terreno básico, donde un Acer rubrum amarillearía por clorosis férrica, el de Capadocia se desenvuelve con normalidad.

Lo que no perdona es el encharcamiento prolongado ni la sequía extrema del suelo. Necesita drenaje y necesita que el perfil se mantenga fresco a medio metro de profundidad en verano, y ambas cosas se consiguen con suelo profundo más acolchado.

Plantación

La ventana buena es el otoño, de octubre a diciembre, o el final del invierno antes de que brote, en febrero, en zonas de heladas muy fuertes donde el suelo permanece helado.

Antes de cavar, mide las distancias. Con una copa que ronda los diez metros, hay que dejar al menos seis u ocho metros a paredes, muros, tuberías y linderos. La raíz es fuerte y relativamente superficial, así que junto a una acera estrecha o una piscina acabará dando problemas de solado.

El hoyo, ancho más que hondo: dos o tres veces la anchura del cepellón. Deshaz las raíces enrolladas si el árbol viene de contenedor, coloca el cuello a nivel del suelo sin enterrarlo, rellena con la propia tierra del sitio mezclada con algo de compost y riega a fondo. Termina con un acolchado de 8 a 10 cm de corteza o astilla en un círculo amplio, sin que toque el tronco.

Ese acolchado tiene aquí un beneficio adicional: los retoños de raíz salen sobre todo donde el suelo se labra o se hiere, y una superficie acolchada y quieta genera bastantes menos.

Riego

Los tres primeros años son los decisivos. Riegos abundantes y espaciados, unos 40 litros por árbol cada siete a diez días en verano, mejor que un chorrito diario. El objetivo es empujar la raíz hacia abajo; el riego superficial y frecuente consigue lo contrario y deja al árbol dependiente para siempre.

Una vez establecido y en clima adecuado, se apaña con la lluvia salvo en veranos muy secos. En el interior conviene mantener un riego de apoyo indefinidamente, sobre todo en julio y agosto.

Abonado

Un aporte de compost o de estiércol maduro sobre el alcorque a finales de invierno es suficiente. No conviene abusar del nitrógeno: los brotes largos y blandos que produce se hielan en otoño, atraen pulgón y, en un árbol que ya rebrota de raíz por su cuenta, estimulan todavía más los retoños.

Poda y control de los retoños

La poda es mínima. Formación en los primeros años, escogiendo una guía y quitando ramas mal insertadas o cruzadas, y después solo madera muerta.

La regla del calendario, que se incumple mucho: nada de podar entre enero y marzo. En ese periodo el arce sangra por los cortes con una intensidad notable, pierde reservas y ofrece una vía de entrada a hongos de madera. Poda de julio a septiembre, con el árbol en hoja, o a principios del invierno en pleno reposo. Corta siempre respetando el cuello de la rama, sin dejar tocón y sin rasurar contra el tronco.

Los retoños de raíz se manejan así: arráncalos de un tirón desde su base en cuanto asomen, cuando aún son tiernos, en lugar de cortarlos con tijera. Un corte limpio deja yemas que rebrotan multiplicadas; el desgarro se lleva la yema basal y el retoño no vuelve. Es un trabajo de cinco minutos dos o tres veces al año si se hace a tiempo, y una lucha continua si se deja para cuando ya están lignificados. Aplicar herbicida sobre un retoño es una idea muy mala: viaja por la raíz hasta el árbol madre.

El color de otoño

Amarillo dorado, uniforme y muy limpio, con la copa entera encendida durante dos o tres semanas de octubre y noviembre. No hace rojos: quien plante uno esperando el escarlata del arce japonés se equivocará de árbol. Lo suyo es la masa amarilla a gran escala, que en un ejemplar de dieciocho metros es un espectáculo de otra categoría.

La intensidad depende del contraste térmico: noches frescas y días soleados en octubre dan el mejor color. Un otoño templado y húmedo lo deja apagado y adelanta la caída sin pasar por el dorado.

Multiplicación

La especie se reproduce fácilmente por semilla. Recoge las sámaras en otoño cuando pardean, separa el ala y estratifica en frío húmedo durante dos o tres meses a 4 °C, o siembra directamente en bandeja en noviembre y deja el semillero a la intemperie: el invierno hace el trabajo y la nascencia llega en marzo.

Los cultivares como 'Aureum' y 'Rubrum' no vienen de semilla: se injertan sobre patrón de la especie o de Acer platanoides. Por eso, si compras un 'Aureum' y con los años ves salir ramas de hoja verde y vigorosa desde la base o desde el pie, son brotes del patrón y hay que suprimirlos de inmediato; si no, se comen la variedad injertada en pocos años.

Existe una tercera vía que este árbol regala: los propios retoños de raíz de un ejemplar de la especie, separados con un trozo de raíz en invierno, arraigan sin dificultad. En un árbol injertado eso reproduce el patrón, no la variedad.

Plagas y enfermedades

La amenaza real es la verticilosis (Verticillium dahliae), común a todo el género. Se ve como el marchitamiento súbito de una rama o de un lado de la copa en verano, con hojas secas que no llegan a caer, y al cortar la madera afectada aparecen anillos verdosos u oscuros. No hay cura. Se previene con suelo bien drenado, sin heridas en la raíz y evitando plantar donde antes murió otro árbol por la misma causa.

El pulgón ataca la brotación tierna en primavera, con la melaza correspondiente; no compensa tratar un árbol grande, y la fauna auxiliar suele resolverlo. El oídio aparece a final de verano y es un problema estético. La mancha del arce (Rhytisma acerinum), esas manchas negras redondeadas con halo amarillo, alarma más de lo que perjudica; retirar la hojarasca en otoño reduce la reinfección.

Y el fallo más habitual sigue siendo de ubicación: un ejemplar plantado en pleno sol de un verano seco, sin acolchado y con riego escaso, se quema por los bordes de la hoja todos los años y nunca llega a hacer el otoño dorado por el que se compró.

En resumen

El arce de Capadocia es un árbol de sombra de 15 a 20 metros, copa densa y redondeada, hoja palmada de bordes lisos con látex blanco en el peciolo, y un otoño de amarillo dorado muy uniforme. Aguanta hasta -25 °C sin daño y tolera los suelos calizos, dos ventajas que lo hacen preferible a otros arces en buena parte de la mitad norte y de la montaña española. Lo que no lleva bien es el verano seco y tórrido del sur y del litoral mediterráneo.

Plántalo en otoño, en suelo profundo, dejando seis u ocho metros libres alrededor, acólchalo bien, riégalo los tres primeros veranos y no lo podes entre enero y marzo. Cuenta desde el principio con los retoños de raíz: arrancados a tirón cuando están tiernos, dos o tres veces al año, dejan de ser un incordio. A cambio tendrás un árbol resistente, longevo y de muy bajo mantenimiento.


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