En los bosques húmedos del norte de Irán, en la vertiente que mira al Caspio, crecen arces de treinta metros con hojas del tamaño de un plato llano y el envés cubierto de un vello suave que se nota al pasar el dedo. Ese vello le da el nombre: Acer velutinum, el arce aterciopelado. Es un árbol magnífico y poco visto en los jardines españoles, y conviene entender por qué antes de encargar uno.

Qué es exactamente el arce aterciopelado

Pertenece a la familia Sapindaceae y es originario del Cáucaso y de las montañas del norte de Irán, en particular de la cordillera del Elburz, donde forma parte de los bosques hircanios junto al haya oriental (Fagus orientalis) y al carpe. Ese detalle geográfico no es anecdótico: son bosques de montaña con lluvia repartida durante todo el año y veranos frescos, y esa es la exigencia que el árbol trae de fábrica.

Botánicamente está muy cerca del arce blanco o falso plátano (Acer pseudoplatanus), el arce que se ve por todas partes en el norte peninsular, y a simple vista puede confundirse con él. Las diferencias están en el tamaño y en el tacto: las hojas del aterciopelado son mucho mayores, con frecuencia de 15 a 20 cm de anchura y a veces más en ejemplares jóvenes y vigorosos, y el envés es tomentoso, sobre todo cuando la hoja acaba de desplegarse. En el falso plátano el envés es glabro salvo pelos en las axilas de los nervios.

La hoja tiene cinco lóbulos poco profundos, con el margen groseramente dentado, sobre un peciolo largo y rojizo. La corteza es lisa y grisácea de joven y se agrieta con los años en placas. La floración llega en primavera, en racimos colgantes verdosos y discretos, poco vistosos pero muy visitados por las abejas. El fruto es la disámara típica del género, esas dos alas unidas que giran al caer.

Ejemplar adulto de Acer velutinum, el arce aterciopelado

Existe una variedad bastante difundida en colecciones europeas, Acer velutinum var. vanvolxemii, de hojas todavía más grandes y con el envés casi sin pelo, lo cual resulta paradójico en un árbol que se llama aterciopelado. Si compras uno y el envés no te parece velloso, no significa necesariamente que te hayan vendido otra cosa.

Un árbol grande de verdad

En su tierra alcanza los 25 o 30 metros de altura, con troncos que superan el metro de diámetro. En cultivo europeo, con buen suelo y humedad, se queda algo por debajo, pero sigue siendo un árbol de primera magnitud, con una copa ancha y redondeada que puede llegar a los quince metros de diámetro.

Esto descarta de entrada la mayoría de los jardines particulares. Un error habitual es plantarlo a tres metros de la fachada porque el ejemplar del vivero mide dos metros y parece manejable. A los quince o veinte años el problema es serio: raíces superficiales que levantan solados, ramas sobre el tejado y una sombra tan densa que debajo no prospera casi nada. La distancia mínima razonable a una construcción, a un muro o a un vecino es de ocho a diez metros, y lo prudente es más. Tampoco es árbol para plantar bajo tendido eléctrico ni en alcorques de acera estrechos.

El crecimiento es moderado, algo más rápido en los primeros años si no le falta agua, y la longevidad alta: pasa sin problema del siglo.

Clima: dónde funciona en España y dónde no

Aquí está la clave de todo. El frío no es su problema: aguanta sin daño temperaturas de -20 °C o algo menos, y necesita un invierno de verdad para completar bien su ciclo. Lo que no soporta es el verano seco y caliente.

Con calor sostenido por encima de 33 o 35 °C, aire seco y suelo que se agosta, la hoja se quema por los bordes, se enrolla y el árbol acaba defoliando en agosto. Esa quemadura marginal no es una enfermedad ni una carencia de hierro: es estrés hídrico y atmosférico, y no se arregla con abono.

Traducido a mapa: es un árbol para la cornisa cantábrica, el Pirineo y prepirineo, el Sistema Ibérico, el Sistema Central y las zonas de montaña húmeda en general. En el valle del Ebro, en Madrid capital, en el interior de Andalucía o en el litoral mediterráneo no tiene sentido plantarlo salvo en un enclave muy concreto, con sombra de tarde y riego generoso, y aun así rendirá por debajo de lo que promete. Si tu jardín está en esa mitad seca, un Acer campestre, un Acer monspessulanum o un almez darán mejor resultado con una décima parte del disgusto.

Tampoco le gusta el viento salino, así que la primera línea de costa queda fuera.

Suelo

Quiere suelo profundo, fresco, rico en materia orgánica y con drenaje razonable. La palabra que mejor lo define es suelo de bosque: mullido, con hojarasca en descomposición y humedad constante en profundidad sin llegar al encharcamiento.

En cuanto al pH, prefiere de neutro a ligeramente ácido. En suelos muy calizos, con caliza activa alta, tiende a la clorosis férrica: la hoja amarillea entre los nervios y el crecimiento se para. Se puede paliar con quelatos de hierro, pero corregir un suelo calizo año tras año para sostener un árbol de veinte metros es una batalla perdida. Si tu tierra hace efervescencia al echarle unas gotas de vinagre o de salfumán, replantéate la elección.

La compactación también le sienta mal. En una parcela recién construida, donde la maquinaria ha pisado el terreno, conviene descompactar bien una superficie amplia antes de plantar, y no limitarse a abrir un hoyo del tamaño del cepellón. Un hoyo pequeño en suelo compactado funciona como una maceta enterrada: la raíz da vueltas dentro y el árbol se queda parado.

Plantación

La época buena es el otoño, de octubre a diciembre, con el suelo aún templado y las lluvias por delante. Así el árbol emite raíz durante el invierno y afronta su primer verano con algo de sistema radicular hecho. Si se planta en marzo o abril, el primer verano será mucho más duro y el riego, obligatorio.

Los ejemplares a raíz desnuda, que se venden en invierno, arraigan muy bien y salen bastante más baratos, pero solo se pueden plantar con el árbol dormido y sin heladas fuertes en ese momento.

Algunas indicaciones prácticas al plantar:

Abre un hoyo ancho, no profundo: dos o tres veces el diámetro del cepellón y la misma hondura. El cuello de la raíz debe quedar al nivel del suelo o un dedo por encima. Enterrar el cuello es una de las causas más frecuentes de muerte lenta de árboles jóvenes.

Deshaz el cepellón por fuera si viene de contenedor y hay raíces girando en espiral. Si no se cortan, seguirán girando y con los años pueden estrangular el propio tronco.

Riega abundantemente en la plantación para asentar la tierra y eliminar bolsas de aire, y coloca un acolchado de corteza, astillas o restos de poda triturados de 8 a 10 cm de grosor, dejando libres unos centímetros alrededor del tronco. El acolchado hace aquí más que cualquier abono: mantiene el suelo fresco en verano, amortigua el frío en invierno y evita que la hierba compita por el agua.

El tutor solo es necesario en sitios ventosos y en ejemplares de cierto porte. Póngase bajo, permitiendo que el tronco se balancee, y retírese al cabo de dos años. Un tutor rígido y eterno da troncos débiles.

Riego

Durante los tres o cuatro primeros veranos hay que regar en serio: riegos espaciados pero copiosos, del orden de 40 a 60 litros por planta cada semana o diez días en periodo seco, mejor que un poco cada día. El riego escaso y frecuente mantiene la humedad solo en los primeros centímetros y educa a la raíz para quedarse arriba, que es justo lo contrario de lo que interesa.

Pasada esa fase, en clima adecuado se vale solo casi siempre, pero agradece un par de riegos de socorro en las olas de calor. Un árbol adulto que defolia en julio por sequía pierde reservas y llega debilitado al año siguiente.

Abonado

Poco y orgánico. Un aporte de compost o estiércol bien hecho extendido sobre el alcorque a finales de invierno, sin enterrarlo, cubre las necesidades de un árbol en suelo decente. Los abonos ricos en nitrógeno provocan brotes largos, tiernos y mal lignificados que se hielan en el primer frío otoñal y atraen pulgón. Si el árbol crece bien y la hoja tiene buen color, no necesita nada.

Poda

Los arces no se podan casi. En los primeros años se hace una formación ligera para elegir una guía central clara y suprimir ramas que compitan con ella o que salgan en ángulos muy cerrados, que son las que acaban desgajándose. Después, solo mantenimiento: madera seca, rozaduras y poco más.

Y una advertencia que se ignora demasiado: no se podan los arces a finales de invierno. Entre enero y marzo la savia está subiendo con fuerza y los cortes lloran durante semanas, con pérdida de reservas y puerta abierta a hongos. El momento correcto es de julio a septiembre, con el árbol en hoja y las heridas cicatrizando deprisa, o en pleno reposo profundo de noviembre a diciembre. Nunca dejes tocones ni cortes a ras del tronco: hay que respetar el cuello de la rama.

Otoño

El color otoñal es amarillo dorado y anaranjado, muy luminoso, con tonos ocres antes de la caída. No hace los rojos incendiarios del arce japonés ni del arce rojo americano, y quien busque eso se llevará una decepción; lo suyo es una masa amarilla enorme, que en un árbol de este tamaño resulta mucho más espectacular de lo que suena.

La intensidad depende del clima de septiembre y octubre: días soleados y noches frescas dan el mejor color, mientras que un otoño templado y nublado lo deja apagado. Aquí también se nota que es árbol de clima continental húmedo.

Coloración otoñal amarilla del arce aterciopelado

Multiplicación

Por semilla, que es lo natural en la especie. Las sámaras se recogen en otoño, cuando pasan de verdes a pardas pero antes de que el viento las disperse. Conviene separar la semilla del ala y comprobar que el embrión está lleno: las sámaras vanas, planas al tacto, son mayoría en muchos años.

La semilla necesita estratificación fría: de dos a tres meses a 4 o 5 °C en arena o vermiculita húmedas, en la nevera o, más sencillo, sembrando en bandeja en noviembre y dejándola a la intemperie en un lugar protegido de los pájaros. La nascencia llega en marzo o abril. Sembrada en primavera sin frío previo, la mayor parte no germina hasta el año siguiente.

Las variedades seleccionadas se injertan sobre patrón de la especie o de Acer pseudoplatanus. El esqueje leñoso funciona mal en este género, así que no es la vía práctica en casa.

Problemas frecuentes

La enfermedad más seria del género es la verticilosis (Verticillium dahliae), un hongo de suelo que penetra por las raíces y obstruye los vasos. Se manifiesta con el marchitamiento repentino de una rama o de un sector de la copa en pleno verano, con la hoja seca colgando sin caerse; al cortar una rama afectada se ven anillos o manchas verdosas en la madera. No tiene tratamiento curativo. La prevención es plantar en suelo bien drenado, evitar terrenos donde hayan fracasado antes otros árboles o donde se hayan cultivado solanáceas, y no herir las raíces con labores de azada.

El pulgón aparece en la brotación de primavera y suele resolverse solo cuando llegan mariquitas y sírfidos; su verdadera molestia es la melaza pegajosa que cae al suelo, algo a tener en cuenta si se planta junto a una zona de aparcamiento o una terraza.

El oídio deja un polvillo blanco en las hojas al final del verano; es estético más que grave y raramente justifica tratar un árbol grande.

Las manchas negras de la mancha del arce (Rhytisma acerinum) son manchas circulares negras con borde amarillo que asustan bastante. No matan al árbol ni le hacen daño relevante; recoger la hojarasca en otoño reduce el inóculo del año siguiente.

Y el problema más común de todos no es un patógeno: es el golpe de sol y el estrés hídrico. Bordes de hoja quemados en julio, defoliación anticipada, crecimiento nulo. Casi siempre significa que el árbol está en un sitio que no le corresponde o que le falta acolchado y agua.

En resumen

El arce aterciopelado es un árbol de sombra de gran tamaño, de hoja muy grande con el envés velloso y color otoñal amarillo intenso, procedente de los bosques húmedos del Cáucaso y el norte de Irán. Resiste el frío intenso sin inmutarse y, en cambio, no lleva bien el calor seco: su sitio en España es la mitad norte húmeda y la montaña, con suelo profundo, fresco y no calizo.

Si dispones de ese clima y de espacio real, ocho o diez metros libres como mínimo, es una elección excelente y de muy poco mantenimiento: plantación en otoño, acolchado generoso, riego durante los tres o cuatro primeros veranos y prácticamente ninguna poda, y la que haya, en verano y nunca a final de invierno. Si tu jardín es pequeño o tu verano es seco y tórrido, mejor elige otro arce; forzarlo solo produce un árbol permanentemente quemado.


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