El invierno es la estación que más despiadadamente juzga un jardín. Cuando las herbáceas se han retirado bajo tierra y los caducifolios están desnudos, lo que queda a la vista es la estructura: los arbustos. Si en diciembre el jardín parece un solar, el problema no es el frío, es que se plantó pensando solo en mayo.

Este artículo repasa arbustos que en la Península funcionan bien de noviembre a marzo, ya sea porque florecen en pleno invierno, porque conservan la hoja, porque llevan fruto vistoso o porque su madera desnuda es de por sí decorativa. He procurado incluir tanto especies para climas fríos de interior peninsular como opciones para la franja mediterránea, porque no es lo mismo invernar en Soria que en Málaga.

Durillo (Viburnum tinus) con sus corimbos de flores blancas de invierno

Qué hace que un arbusto funcione en invierno

Antes de la lista conviene entender por qué unos arbustos rinden en invierno y otros no. Hay cuatro mecanismos distintos y merece la pena combinarlos en vez de acumular todos del mismo tipo.

El primero es la floración invernal genuina. Algunas especies florecen entre diciembre y febrero porque sus yemas florales se formaron el verano anterior y solo esperan un número determinado de horas de frío para abrirse. No es que "se equivoquen": es su estrategia, y suele ir asociada a una polinización por insectos que vuelan en días templados de invierno, de ahí que muchas de estas flores sean intensamente perfumadas. Con poca competencia de aromas, un solo arbusto se nota a diez metros.

El segundo es la persistencia de la hoja. Un perenne aporta masa y volumen todo el año, y es lo que impide que el jardín se vea vacío. Es el trabajo menos lucido y el más importante.

El tercero es el fruto ornamental. Bayas rojas, negras o anaranjadas que maduran en otoño y aguantan colgadas semanas o meses. Aquí conviene saber que la duración depende tanto de la especie como de la presión de los pájaros: en un jardín urbano con mirlos y zorzales, un acebo puede quedarse limpio en quince días.

El cuarto, el más olvidado, es la corteza y la madera. Hay arbustos cuyas ramas jóvenes son rojas, anaranjadas o verde lima, y solo se aprecian cuando el arbusto está desnudo. Son los que dan color en enero sin gastar una sola flor.

Arbustos que florecen en pleno invierno

El durillo (Viburnum tinus) es el mejor punto de partida para casi cualquier jardín peninsular. Es un arbusto mediterráneo autóctono, perennifolio, de entre 2 y 3 metros, que abre corimbos de flores blancas con botón rosado desde noviembre hasta marzo, y luego produce unos frutos azul metálico muy característicos. Aguanta la sequía una vez establecido, tolera la caliza sin inmutarse, admite sol y media sombra y se poda como se quiera. Es la especie que resuelve un seto de invierno sin drama. Su único defecto serio es la susceptibilidad al pulgón en primavera y, en suelos encharcados, a Phytophthora.

El jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum) es, técnicamente, un arbusto sarmentoso más que trepador, aunque se usa de las dos maneras. Abre flores amarillas sobre ramas verdes completamente desnudas entre diciembre y febrero. No huele, al contrario de lo que mucha gente supone por el nombre. Es extremadamente rústico, aguanta bien por debajo de -10 °C, y va perfecto para tapar un muro feo o desbordar sobre un talud. Se poda justo después de florecer, nunca en otoño, porque florece sobre la madera del año anterior.

El hamamelis (Hamamelis × intermedia, H. mollis) da unas flores acintadas amarillas o cobrizas entre enero y febrero, con un perfume notable, y encima el follaje se pone amarillo intenso en otoño. Es magnífico, pero hay que ser honesto: quiere suelo ácido o al menos neutro, fresco y con materia orgánica, y veranos que no sean un horno. En la cornisa cantábrica, en el norte de Cataluña o en zonas de montaña va bien. En La Mancha o en el valle del Guadalquivir, lo va a pasar mal y no merece la pena empeñarse.

El chimonanto (Chimonanthus praecox), llamado a veces flor de invierno o calicanto de invierno, es la contrapartida mediterránea del hamamelis. Florece de diciembre a febrero sobre madera desnuda, con flores pequeñas de color crema traslúcido y un perfume extraordinario, dulce y especiado. Tolera la caliza, la sequía estival y el calor. El aviso importante: tarda entre tres y cinco años desde plantón en dar la primera floración decente, así que hay que comprarlo con paciencia comprada de antemano.

El viburno perfumado (Viburnum × bodnantense 'Dawn') va soltando ramilletes rosados desde noviembre hasta marzo, a tandas, aprovechando cada racha templada. Es caducifolio y de porte algo desgarbado, así que conviene colocarlo detrás de algo perenne y cerca de un paso, para aprovechar el olor.

La madreselva de invierno (Lonicera fragrantissima) es discreta de aspecto y desmesurada de olor. Flores blanco-crema muy pequeñas entre enero y marzo. Se planta por la nariz, no por la vista.

Los perennes que sostienen la estructura

El boj (Buxus sempervirens) sigue siendo insuperable para setos bajos y formas recortadas, pero conviene saber que en los últimos años la oruga barrenadora del boj (Cydalima perspectalis) se ha extendido por buena parte de la Península y obliga a vigilar y tratar. Si no se quiere ese compromiso, el Ilex crenata o la Lonicera nitida imitan bastante bien el aspecto sin ese problema concreto.

El madroño (Arbutus unedo) es un arbusto grande o arbolillo autóctono que hace algo raro y muy útil: florece y fructifica al mismo tiempo, en otoño e invierno. Campanillas blancas junto a los frutos rojos rugosos del año anterior. Rústico, mediterráneo, resistente a la sequía, sin exigencias de suelo salvo drenaje.

El laurentino, el mirto (Myrtus communis) y el lentisco (Pistacia lentiscus) forman el trío de perennes mediterráneos de bajo mantenimiento. El lentisco además tiene infrutescencias que pasan de rojo a negro y una tolerancia a la sequía y a la salinidad que lo hace idóneo para costa.

La fotinia (Photinia × fraseri 'Red Robin') se ha plantado hasta la saciedad en setos de urbanización, pero su brotación roja es de finales de invierno y principios de primavera, no de diciembre. En pleno invierno es simplemente un seto verde oscuro correcto. Vale la pena decirlo porque mucha gente la compra esperando color en enero.

Las camelias (Camellia japonica, C. sasanqua) florecen entre noviembre y marzo según variedad y son espectaculares, pero exigen suelo ácido, humedad ambiental y protección del sol de mediodía y del viento seco. En Galicia, Asturias y Cantabria son casi una obviedad. En zonas de agua caliza hay que ir a maceta con sustrato para acidófilas y riego con agua de lluvia, y asumir el mantenimiento.

Frutos que aguantan colgados

El espino albar o majuelo (Crataegus monogyna) es autóctono, resistentísimo, espinoso, y sus frutos rojos alimentan a la fauna del jardín en pleno invierno. Es caducifolio, así que no aporta masa, pero sí ramaje denso y bayas. En setos silvestres o de linde es difícil de superar.

Espino albar (Crataegus monogyna) cargado de frutos rojos

El acebo (Ilex aquifolium) es perenne y da fruto rojo, pero hay dos cosas que conviene saber. Es dioico: si se quiere fruto hay que plantar un pie hembra y tener un macho cerca, o elegir un cultivar autofértil como 'J. C. van Tol'. Y en España es especie protegida en muchas comunidades, así que se compra en vivero, nunca se recolecta del monte. Prefiere media sombra y suelos frescos.

El piracanto (Pyracantha coccinea) es el más agradecido de todos para fruto: perenne, espinoso, con racimos rojos, naranjas o amarillos que duran de octubre a enero, tolerante a la sequía y a la caliza. Su punto débil es el fuego bacteriano (Erwinia amylovora), motivo por el que su plantación está restringida en algunas zonas productoras de frutales. Conviene informarse antes de plantarlo en zonas de Aragón, Navarra o Lleida.

El escaramujo (Rosa canina) y otros rosales silvestres dejan cinorrodones rojos brillantes durante meses. Poco mantenimiento y mucho aprovechamiento para la fauna.

El agracejo (Berberis) y la Nandina domestica completan la lista, esta última con la ventaja de que además el follaje se tiñe de rojo con el frío y aguanta bien en maceta.

Madera de color: el recurso menos usado

Los cornejos de ramas coloreadas son la única forma de tener color intenso en enero sin depender de flores. Cornus alba 'Sibirica' da tallos rojo coral, Cornus sanguinea 'Midwinter Fire' pasa del amarillo al naranja y al rojo en la misma rama, y Cornus sericea 'Flaviramea' es verde amarillento.

La clave, y esto es lo que casi nadie hace, es que el color solo lo tienen las ramas del año. Un cornejo que no se poda se vuelve pardo y deslucido en tres temporadas. Hay que hacer un rebaje severo —cortar a 15 o 20 cm del suelo— a finales de invierno, cada año o cada dos años, alternando la mitad de las ramas si no se quiere quedar sin volumen. Quieren suelo fresco y toleran mal la sequía prolongada, así que en secano peninsular hay que regarlos.

Un error frecuente: podar en otoño lo que va a florecer

La costumbre de "dejar el jardín recogido" antes del invierno arruina más floraciones invernales que cualquier helada. Los arbustos que florecen entre diciembre y marzo lo hacen sobre madera formada el verano anterior. Si se recorta el durillo, el jazmín de invierno o el chimonanto en octubre o noviembre, se están cortando exactamente las yemas que iban a abrir.

La regla práctica es sencilla: se poda después de florecer, no antes. En estos arbustos eso significa finales de invierno o principios de primavera. La excepción son los cornejos de madera coloreada, que se podan a finales de invierno precisamente porque lo que interesa es la rama, no la flor.

El segundo error habitual es abonar en otoño con nitrógeno. Estimula brotación tierna que la primera helada quema. Si hay que aportar algo, mejor materia orgánica bien hecha como acolchado en superficie, que además protege la raíz del frío y reduce la evaporación.

Cómo combinarlos para que el conjunto funcione

Un jardín de invierno decente no necesita muchas especies, necesita las capas bien repartidas. Una proporción que funciona: alrededor del 50 % de perennes que den masa y fondo, un 25 % de floración invernal, y el 25 % restante entre fruto y madera coloreada.

Dos consejos de colocación. Primero, los perfumados van junto a puertas, caminos y ventanas. Un chimonanto al fondo de la parcela es dinero desperdiciado. Segundo, los de flor invernal y madera roja necesitan un fondo oscuro: un seto de perennes o un muro. Contra un cielo gris de enero, unas ramas rojas se pierden; contra un ciprés o un boj, se ven desde la casa.

Sobre la plantación: el otoño es la mejor época en casi toda la Península, entre octubre y diciembre, porque el suelo aún guarda calor y las lluvias ayudan a enraizar antes del verano. En zonas de heladas fuertes y tardías conviene esperar a finales de invierno. Y en cualquier caso, hoyo amplio, sin enterrar el cuello de la planta y con riego de asiento generoso aunque llueva, para asentar la tierra alrededor de las raíces.

En resumen

Un jardín que se ve bien en invierno se construye combinando cuatro cosas: perennes que den estructura, arbustos que florezcan de diciembre a marzo, frutos que aguanten colgados y ramas de color. Para la mayoría de jardines peninsulares, el durillo, el madroño, el piracanto, el jazmín de invierno y un cornejo de madera roja cubren las cuatro capas con muy poco mantenimiento y sin exigencias de suelo especiales.

Las opciones más lucidas —hamamelis y camelias— piden suelo ácido y humedad, así que son para el norte peninsular o para maceta bien atendida; en el resto conviene sustituirlas por el chimonanto, que da un perfume comparable en enero y aguanta la caliza y el calor sin problemas. Y sobre todo, no podar en otoño: es lo que separa un durillo cargado de flor en enero de un durillo verde y nada más.


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