El fallo empieza en el vivero, delante de la mesa de plantas en flor. Se compra lo que está florecido ese sábado, se planta donde queda hueco, y tres años después el jardín tiene ocho arbustos que dan color quince días en abril y nada el resto del año, dos de ellos amarilleando en un suelo que no les corresponde. Elegir arbustos con flor no consiste en escoger los más bonitos, sino en encajar tres cosas: el suelo que tienes, el clima que te toca y el calendario que quieres cubrir.

Lo que sigue es una selección de arbustos que funcionan de verdad en jardines españoles, ordenada de manera que se pueda usar para decidir.

Antes de elegir nada: el suelo y el agua mandan

Buena parte de los fracasos con arbustos de flor no son de riego ni de poda, son de pH. En casi toda la mitad este y sur peninsular los suelos son calizos y el agua de riego, dura. En esas condiciones, camelias, azaleas, rododendros, hortensias y grevilleas van a mostrar clorosis férrica —hoja amarilla con nervios verdes— por muy bien que las cuides, porque no pueden absorber el hierro con el pH alto.

Antes de comprar, haz dos comprobaciones baratas. Una, echa unas gotas de vinagre o salfumán rebajado sobre un puñado de tierra: si burbujea con ganas, hay caliza abundante. Dos, mira qué crece bien en los jardines viejos del barrio; es el mejor informe agronómico disponible y es gratis.

Si el suelo es calizo, la solución no es enterrar sustrato ácido en un hoyo, porque el agua de riego lo vuelve a alcalinizar en dos temporadas. La solución es plantar acidófilas en maceta con sustrato específico y agua de lluvia, o directamente elegir otras especies. Hay de sobra donde escoger.

La segunda comprobación es la de agua: decide si el arbusto va a tener riego o no, y no mezcles en el mismo grupo de riego una hortensia y una jara. Agrupar plantas por necesidades hídricas ahorra más problemas que cualquier otra decisión de diseño.

La regla de poda que evita la mitad de los disgustos

Los arbustos de flor se dividen en dos grupos y el criterio es sencillo:

  • Los que florecen antes de junio lo hacen sobre madera del año anterior. Forsitia, celinda, lilo, weigela, membrillero de flor, espireas de primavera. Se podan justo después de florecer. Podarlos en invierno es tirar la floración a la basura.
  • Los que florecen en verano y otoño lo hacen sobre los brotes del año en curso. Budleya, hibisco de Siria, lagerstroemia, plumbago, rosales modernos, hortensia paniculata. Se podan a finales de invierno, en febrero, y cuanto más se acortan, más vigorosa sale la floración.

Con esa única regla en la cabeza, se acierta con la inmensa mayoría de los arbustos ornamentales. Las excepciones que conviene memorizar son la hortensia común (Hydrangea macrophylla), que florece sobre madera vieja y solo admite quitar las flores secas y alguna vara agotada, y el callistemon, que se recorta tras la floración cortando justo por debajo de la espiga marchita.

Para que el jardín no se apague: invierno y comienzo de primavera

Es la época más descuidada y la que más se agradece. El durillo (Viburnum tinus) es un arbusto autóctono mediterráneo que florece de diciembre a marzo con corimbos blancos, aguanta la caliza, la sequía una vez arraigado y la poda; después da frutos azul metálico. Es probablemente el arbusto más rentable del catálogo para clima peninsular.

El membrillero de flor (Chaenomeles japonica y C. speciosa) abre en febrero flores rojas, coral o blancas sobre ramas todavía desnudas. Es espinoso, rústico y muy resistente al frío.

La forsitia (Forsythia × intermedia) llena marzo de amarillo puro. Necesita cierto frío invernal, así que rinde mejor en el interior y el norte que en la costa cálida. Fuera de la floración es un arbusto anodino: colócala donde no sea protagonista.

En Galicia, la cornisa cantábrica y zonas de suelo ácido, la camelia (Camellia japonica) es insuperable de enero a marzo, a media sombra y resguardada del sol de la mañana, que quema los pétalos helados. En suelo calizo, olvídala en el jardín y cultívala en maceta.

La primavera: el momento fácil

Aquí sobra donde elegir, así que el criterio debe ser el aroma y el porte. La celinda (Philadelphus coronarius) da en mayo una floración blanca con perfume a azahar que llena un jardín entero; es rústica y sufre poco. El lilo (Syringa vulgaris) es todavía más aromático, pero exige acumular frío invernal: espléndido en la Meseta y el norte, decepcionante en el litoral mediterráneo cálido.

La weigela aporta campanillas rosas o rojas en mayo y admite sombra parcial. Las espireas (Spiraea) son las más agradecidas para jardín pequeño y las hay de primavera y de verano. Y la jara (Cistus albidus, C. ladanifer, C. × purpureus) resuelve la primavera en terreno seco, pobre y soleado sin gastar una gota de riego, con flores de papel que duran un día y se renuevan durante semanas.

El rosal, con criterio

El rosal sigue siendo el mejor arbusto de flor que existe si se elige el tipo adecuado, y el peor si se elige mal. El error habitual es comprar híbridos de té de floristería —los de tallo largo y flor perfecta— para plantarlos en un macizo. Esas variedades están seleccionadas para producir flor de corte, tienen porte desgarbado y son muy propensas a la marssonina, la mancha negra que defolia los rosales en cuanto llegan las lluvias templadas.

Para jardín interesan los rosales arbustivos y paisajistas: Rosa rugosa, que además tolera suelos difíciles y el ambiente marino y produce escaramujos gordos; las variedades tipo 'The Fairy', que florecen sin parar de mayo a noviembre; los rosales de arbusto ingleses, que combinan forma antigua y refloración; y para pérgolas, Rosa banksiae, que en el sur cubre una fachada entera con una explosión amarilla en abril y prácticamente no enferma.

Condiciones: mínimo cinco o seis horas de sol directo, suelo profundo y aireado, y riego al pie —nunca mojando el follaje, porque el agua sobre la hoja es lo que dispara los hongos—. Poda de formación a finales de invierno, dejando tres o cuatro ramas principales acortadas a unos 30-40 cm por encima de una yema orientada hacia fuera. Y una decisión que ahorra tratamientos todos los años: comprar variedades con resistencia acreditada a mancha negra y oídio en lugar de pelear cada primavera con el pulverizador.

Verano: los dos hibiscos que la gente confunde

Bajo el nombre de hibisco se venden dos plantas muy distintas, y confundirlas cuesta la planta entera el primer invierno.

Hibiscus rosa-sinensis, la rosa de China, es de hoja perenne, brillante, con flores enormes de colores intensos, incluidas las variedades dobles y bicolores como 'Andersonii'. Es tropical: por debajo de 5 °C sufre y con helada se muere. Solo es viable en el suelo del litoral mediterráneo cálido, Canarias y zonas costeras andaluzas; en el resto del país es planta de maceta que hay que meter a resguardo en invierno.

Hibiscus syriacus, el altea o hibisco de Siria, es de hoja caduca, flor más pequeña y aguanta hasta unos −15 °C sin problema. Florece de julio a septiembre, exactamente cuando el jardín está más apagado, y lo hace sobre madera del año, así que se poda corto en febrero. Para el interior peninsular es la elección correcta, y se ve poco en comparación con lo mucho que rinde.

Flor de hibisco abierta en un arbusto de jardín

El resto del verano se cubre bien con abelia (Abelia × grandiflora), que florece de junio a octubre y resiste calor, sequía y contaminación urbana; plumbago (Plumbago auriculata), el mejor azul disponible para clima cálido; budleya (Buddleja davidii), imán de mariposas y de crecimiento rapidísimo, aunque conviene evitarla cerca de cauces fluviales porque se naturaliza con demasiada facilidad; y adelfa (Nerium oleander), que florece cinco meses en el terreno más ingrato que se pueda imaginar —con el aviso de que toda la planta es tóxica por ingestión y que la savia irrita la piel al podarla.

El bloque austral: callistemon y grevillea

Los arbustos australianos se han hecho hueco en la jardinería española por una razón sólida: proceden de climas de verano seco, suelos pobres y baja disponibilidad de agua, muy parecidos a los nuestros. Pero tienen exigencias particulares que hay que respetar.

El limpiatubos (Callistemon citrinus, hoy Melaleuca citrina) forma inflorescencias cilíndricas de estambres rojos que recuerdan a un cepillo de limpiar botellas. Florece a finales de primavera y repite con frecuencia en otoño. Tolera bien la sequía una vez establecido, resiste hasta unos −7 °C en ejemplar adulto y admite algo de caliza, aunque prefiere suelo neutro o ligeramente ácido. La particularidad de su poda: la rama sigue creciendo por encima de la espiga floral, así que hay que cortar justo por debajo de la espiga marchita para que ramifique en lugar de alargarse. Hay variedades enanas como 'Little John', de menos de un metro, muy útiles en jardín pequeño.

Inflorescencias rojas de Callistemon citrinus

La grevillea (Grevillea spp.) tiene flores de forma extraña, con estilos largos y curvados agrupados en racimos o en peine, y en variedades como 'Robyn Gordon' florece prácticamente todo el año en clima suave. Dos advertencias que no vienen en la etiqueta:

  • Pertenece a las proteáceas y es sensible al fósforo. Los abonos universales de jardín, ricos en fósforo, le provocan toxicidad y pueden matarla. Se abona con fertilizantes específicos de bajo fósforo, o directamente no se abona.
  • No tolera los suelos calizos. En terreno con pH alto entra en clorosis y se va apagando sin remedio. En esas zonas, Grevillea juniperina y sus híbridos son algo menos exigentes y además más resistentes al frío, pero la caliza sigue siendo su límite.

Requiere además un drenaje impecable y riego escaso: la mayor parte de las grevilleas que se pierden en jardines particulares mueren por exceso de agua y por abono, no por descuido.

Si no vas a regar

En jardines sin riego de apoyo, con veranos de más de 35 °C y meses sin lluvia, la lista se acorta pero sigue siendo suficiente para tener flor de marzo a octubre: jaras, romero (Salvia rosmarinus), lavandas, Teucrium fruticans, adelfa, Salvia microphylla y S. greggii —que florecen desde mayo hasta las primeras heladas—, Lantana camara en clima cálido y durillo. Todas ellas piden lo mismo: sol pleno, suelo drenante y que se las deje en paz. El primer verano sí necesitan riego para arraigar; a partir del segundo, la mejor manera de estropearlas es regarlas.

Errores que se repiten

Plantar sin mirar el tamaño adulto. Un arbusto que en el vivero mide 40 cm puede alcanzar tres metros de diámetro. Plantado a 60 cm de la fachada o del vecino, condena a podar en contra de su forma natural durante veinte años.

Concentrar todo en abril y mayo. Es lo que ocurre cuando se compra a golpe de vista en el vivero durante la primavera. Con anotar la época de floración de lo que ya tienes y comprar solo lo que cubra los huecos, el jardín gana varios meses de interés.

Enterrar el cuello de la planta. La zona donde el tronco encuentra las raíces debe quedar a nivel del suelo, nunca cubierta de tierra ni de acolchado apilado. Enterrarla provoca podredumbres que aparecen dos o tres años después, cuando ya nadie relaciona la causa con el efecto.

Y abonar más de la cuenta. El exceso de nitrógeno produce arbustos frondosos, blandos, llenos de pulgón y con poca flor. En arbustos ornamentales, un acolchado orgánico anual sustituye casi siempre al abono mineral.

En resumen

La selección de arbustos con flor debe partir del suelo —caliza o no— y del clima antes que del gusto estético. En terreno calizo del centro, este y sur peninsular funcionan durillo, hibisco de Siria, abelia, adelfa, plumbago, jaras, rosales de arbusto y lagerstroemia; en suelo ácido y clima fresco del norte se abre la puerta a camelias, hortensias y rododendros. Callistemon y grevillea son excelentes para clima mediterráneo seco, con la condición de darles drenaje, poco riego y, en el caso de la grevillea, suelo no calizo y nada de abonos ricos en fósforo. La poda depende de un solo dato: los que florecen antes de junio se podan tras la floración, y los que florecen en verano se podan en febrero. Escalonando cuatro o cinco especies con calendarios distintos se consigue flor casi todo el año, que es a lo que se aspira, y no a un jardín espectacular durante tres semanas.


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