A las tres de la madrugada, la punta de una rama de abedul puede estar diez centímetros más baja que al anochecer. Sin viento, sin lluvia, sin nadie tocándola. Y unas horas después, antes incluso de que salga el sol, vuelve a estar donde estaba. Eso es lo que midieron con escáner láser un grupo de investigadores y lo que dio pie al titular de que los árboles se mueven de noche. El titular es cierto; la interpretación que suele acompañarlo, casi siempre no.

Merece la pena entender qué se movió exactamente, por qué se movió y qué consecuencias tiene todo esto para quien cuida un jardín. Porque las hay, y son más prácticas de lo que parece.

Copas de árboles recortadas contra el cielo nocturno

Qué se midió realmente

El trabajo que popularizó la idea se publicó en 2016 y usó escáner láser terrestre, la misma tecnología con la que se levantan planos de edificios. La ventaja es que no hace falta tocar el árbol ni colgarle sensores: el aparato barre la copa cada pocos minutos y reconstruye una nube de puntos con precisión de milímetros.

Se escanearon abedules (Betula pendula) durante noches enteras, en condiciones de calma absoluta y con el suelo húmedo, precisamente para descartar que el movimiento fuera viento o sed. El resultado: las ramas y las hojas descendieron progresivamente durante la noche, con desplazamientos de hasta unos diez centímetros en los extremos de las ramas más largas, y comenzaron a recuperar la posición un par de horas antes del amanecer.

Ese detalle final es el importante. Si el árbol simplemente reaccionara a la falta de luz, la recuperación empezaría con las primeras claras. Empezar antes significa que algo dentro del árbol anticipa el amanecer.

Por qué baja una rama sin que la empuje nada

Aquí conviene quitarse de la cabeza la imagen del músculo. Un árbol no tiene nada que se contraiga. Lo que tiene es agua a presión, y la presión cambia a lo largo del día.

Durante el día, los estomas de las hojas están abiertos y el árbol transpira. Esa evaporación tira de la columna de agua del xilema como si fuera una cuerda, y el árbol se queda con menos agua en los tejidos de la que absorbe por las raíces: durante las horas centrales llega a ir en déficit. Al caer la tarde los estomas se cierran, la transpiración se desploma y la raíz sigue absorbiendo. El árbol se rehidrata.

El movimiento nocturno de las ramas es, en buena parte, consecuencia de esos cambios de turgencia. Las células vivas de la corteza, el pecíolo y los brotes jóvenes pierden o ganan rigidez según cuánta agua contengan, y una rama larga que se ablanda un poco en su base cede unos centímetros por su propio peso. No es un gesto, es física.

Hay un fenómeno paralelo que se conoce desde hace décadas y que apoya lo mismo. Si se coloca un dendrómetro (un sensor que mide el perímetro del tronco con precisión de micras) sobre un árbol adulto, se ve que el tronco adelgaza durante el día y engorda de noche. El mínimo suele darse a media tarde y el máximo al amanecer. El árbol no crece de golpe cada noche: se hincha y se deshincha, y el crecimiento real es la pequeña diferencia que queda sumada al cabo de las semanas. De hecho, en fruticultura profesional esa oscilación diaria se usa para programar el riego, porque un árbol con estrés hídrico se encoge más de lo normal antes de mostrar ningún síntoma visible en la hoja.

El reloj interno no depende de la oscuridad

Si el movimiento fuera solo hidráulica pasiva, sería un efecto secundario sin más interés. Lo que lo hace notable es que las plantas tienen un ritmo circadiano propio, un reloj molecular de aproximadamente veinticuatro horas que sigue funcionando aunque se las meta en oscuridad continua.

Eso se sabe desde mucho antes de los láseres. En 1729 el astrónomo francés Jean-Jacques d'Ortous de Mairan encerró una mimosa en un armario cerrado y comprobó que seguía abriendo y cerrando las hojas con el mismo horario, sin luz que se lo indicara. Siglo y medio después, Charles Darwin y su hijo Francis dedicaron un libro entero (The Power of Movement in Plants, 1880) a documentar el movimiento vegetal, incluida la circunnutación: el giro lento y continuo que describen los ápices en crecimiento, visible en cualquier zarcillo o en la guía de una glicinia buscando dónde agarrarse.

La luz no crea el ritmo: lo pone en hora. Por eso las ramas empiezan a recuperarse antes del alba, y por eso una planta trasladada de un invernadero a pleno sol tarda unos días en ajustar su comportamiento.

Las hojas que se pliegan de verdad

Distinto del movimiento pasivo de las ramas es la nictinastia, el plegado activo de hojas y foliolos al anochecer. Aquí sí hay un mecanismo dedicado: el pulvínulo, un engrosamiento en la base del peciolillo que funciona como una bisagra hidráulica. Las células de un lado bombean potasio y cloruro, entra agua por ósmosis, se hinchan, y el foliolo bascula. Al revés por la mañana.

Es un movimiento rápido, visible a simple vista en media hora, y muy común en las leguminosas. En jardines españoles se ve en:

Acacia de Constantinopla (Albizia julibrissin): el ejemplo más claro y más cultivado en la Península. Al atardecer cierra los foliolos en pares y la copa parece encogerse. Se recupera con la luz.

Falsa acacia (Robinia pseudoacacia) y acacia de tres espinas (Gleditsia triacanthos): pliegan de forma más discreta, sobre todo en ejemplares jóvenes.

Sensitiva (Mimosa pudica): además del cierre nocturno, reacciona al tacto en segundos. Es el mismo mecanismo funcionando más deprisa.

Tréboles y oxalis (Trifolium, Oxalis): en cualquier pradera o maceta, y muy fáciles de observar porque están a la altura de la mano.

Para qué sirve no está cerrado del todo. Las hipótesis con más apoyo son reducir la pérdida de calor por radiación hacia el cielo nocturno despejado (una hoja horizontal se enfría más que una plegada) y limitar la superficie mojada por el rocío, que favorece hongos. Añadir un tercer motivo, el de "descansar", no explica nada: la planta no se cansa.

Flores que abren cuando nos vamos a dormir

Hay un tercer tipo de movimiento nocturno que sí tiene una función evidente: el de las flores polinizadas por insectos crepusculares y nocturnos, sobre todo esfíngidos. Abren al anochecer, suelen ser blancas o muy pálidas (se ven mejor con poca luz) y concentran el perfume justo cuando abren.

El dondiego de noche (Mirabilis jalapa) abre hacia las seis o siete de la tarde en verano y se cierra a media mañana. El galán de noche (Cestrum nocturnum) solo huele de noche, y con una intensidad que en un patio pequeño puede resultar excesiva. La dama de noche o reina de la noche (Epiphyllum oxypetalum) abre una sola noche por flor y a la mañana siguiente ya está marchita. La ipomea blanca (Ipomoea alba) despliega la corola en cuestión de minutos, lo bastante rápido para verlo sin acelerar.

Si el objetivo es un rincón para usar después de cenar, ese es el grupo al que hay que ir, y conviene plantarlo junto al paso o al banco: el perfume nocturno no viaja tanto como se supone cuando el aire está en calma.

Qué cambia esto en el jardín

Las gotas del amanecer no siempre son rocío. Cuando la transpiración está parada y la raíz sigue empujando, el exceso de agua sale por unos poros del borde de la hoja llamados hidatodos. Se llama gutación, y se distingue del rocío porque las gotas aparecen en puntos concretos del margen o en la punta, no repartidas por toda la superficie. Es normal, pero gutación abundante y repetida en una planta de interior suele significar que se está regando de más. En hoja de fresa, vid o tomate, esas gotas dejan a veces cercos blanquecinos de sales al secarse.

Regar de noche tiene una parte buena y otra mala. La buena: no hay pérdida por evaporación y el agua llega a la raíz cuando el suelo está fresco. La mala: la hoja mojada durante ocho o diez horas seguidas es una invitación al oídio, a la roya y a la Botrytis. La conclusión práctica es regar de madrugada al suelo, con goteo o exudante, y reservar el aspersor sobre el follaje para primera hora de la mañana, que es cuando antes se seca la hoja.

El trasplante y la poda se hacen mejor a última hora del día. No por ninguna magia nocturna: simplemente, una planta movida por la tarde tiene por delante toda la noche con la humedad alta y la demanda de agua casi a cero para restablecer el contacto raíz-suelo antes de tener que enfrentarse al primer sol.

La farola importa. La iluminación artificial altera el reloj de los árboles urbanos. Los ejemplares plantados junto a un punto de luz potente tienden a retrasar la caída de la hoja y la entrada en reposo, lo que en un otoño con helada temprana les cuesta ramas heladas. Se ve muy bien en plátanos de sombra y en algunos frutales de calle: la parte de la copa que da a la farola sigue verde cuando el resto ya está desnudo. Si vas a poner iluminación de jardín, ámbar o cálida, apuntando hacia abajo y con temporizador; no es solo por los insectos.

Tres ideas que conviene desmontar

"Los árboles duermen." No. Dormir implica un estado neurológico que una planta no puede tener. Lo que hay es un ciclo diario de presión de agua y actividad metabólica gobernado por un reloj interno. La analogía es cómoda para explicarlo, pero si se toma en serio lleva a conclusiones falsas.

"Las plantas en el dormitorio son peligrosas porque de noche consumen oxígeno." Respiran, sí, las veinticuatro horas. Pero la cantidad de oxígeno que consume una maceta en una noche es una fracción minúscula de la que consume la persona que duerme en la habitación. Con la puerta cerrada y una docena de plantas la diferencia sigue siendo irrelevante. Este mito lleva un siglo circulando y no tiene ninguna base.

"Si se mueven de noche, es que se estiran o crecen de golpe." El crecimiento en altura sí tiende a concentrarse en las horas nocturnas y de madrugada en muchas especies, porque es cuando las células están bien hidratadas y pueden expandirse. Pero eso son fracciones de milímetro. Los diez centímetros del abedul no son crecimiento: son una rama que baja y vuelve a subir.

Cómo observarlo tú mismo

No hace falta un escáner láser. Elige una noche de verano sin viento y un árbol joven o un arbusto de rama larga, mejor con la copa recortada contra un fondo claro (una pared blanca, el cielo con luna). Clava una caña vertical al lado, marca con una brida la altura exacta de la punta de una rama concreta al atardecer y vuelve a comprobarla a medianoche y de madrugada. Con una acacia de Constantinopla el resultado se ve incluso mejor, porque el plegado de los foliolos es inequívoco y ocurre en menos de una hora.

Otra versión más cómoda: una cámara con intervalómetro o el propio móvil grabando un time-lapse desde un trípode, encuadrando una rama y dejándolo toda la noche. Basta con un fotograma cada dos minutos. Es la forma más directa de convencerse de que lo que parece quieto no lo está.

En resumen

Que los árboles se mueven de noche está medido y es real: en abedules se registraron descensos de hasta unos diez centímetros en las puntas de las ramas, con recuperación antes del amanecer. El mecanismo principal es hidráulico (la turgencia sube al parar la transpiración y bajar la demanda de agua) y está coordinado por un reloj circadiano que funciona incluso sin señales de luz, algo que ya sospechaba d'Ortous de Mairan en 1729 y que Darwin documentó a fondo en 1880. Aparte de eso está la nictinastia, el plegado activo de foliolos mediante pulvínulos, visible cualquier tarde en una Albizia julibrissin.

Para el jardín, lo aprovechable es concreto: riega de madrugada al suelo y no sobre la hoja, trasplanta y poda a última hora de la tarde, distingue la gutación del rocío como señal de riego excesivo y no ilumines un árbol toda la noche si quieres que entre en reposo a tiempo. Y descarta de una vez que duerman, que se cansen o que compitan contigo por el oxígeno del dormitorio.


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