Un árbol resistente a la sequía no es un árbol que no bebe: es un árbol que ha aprendido a gastar el agua despacio y a buscarla donde otros no llegan. La diferencia importa, porque explica por qué tantas plantaciones de especies supuestamente rústicas se secan el primer agosto: no fallaron las especies, falló la fase de implantación.
En buena parte de la península llueve entre 350 y 600 mm al año, con un vacío estival de dos o tres meses en los que el suelo se seca hasta más de un metro de profundidad. Elegir bien el árbol resuelve la mitad del problema. La otra mitad la resuelven el momento de plantación, la profundidad del riego y el acolchado.
Qué hace que un árbol aguante la sequía
Hay dos estrategias distintas y conviene no confundirlas, porque se manejan de forma diferente en el jardín.
La primera es la evitación: el árbol esquiva el estrés. Raíces pivotantes profundas que alcanzan capas húmedas, cierre rápido de estomas al mediodía, hojas pequeñas, coriáceas y a menudo grisáceas o cubiertas de pelos que reflejan la radiación. El olivo, la encina y el algarrobo funcionan así. Algunos van más lejos y se comportan como caducifolios estivales: tiran la hoja en julio si el año viene mal y rebrotan con las lluvias de septiembre. Es el caso del terebinto (Pistacia terebinthus) y, en años extremos, del almez joven.
La segunda es la tolerancia: el árbol deja que sus tejidos se deshidraten y sobrevive a potenciales hídricos que matarían a otra especie. Las adelfas arbóreas y buena parte de la vegetación de rambla trabajan en este registro.
De aquí sale la consecuencia práctica más útil de todo el artículo: casi todas estas adaptaciones dependen de un sistema radicular ya desarrollado. Un árbol de vivero recién plantado tiene el cepellón que tenía en el contenedor y nada más. Durante los dos o tres primeros veranos hay que regarlo aunque la etiqueta diga "muy resistente a la sequía". Después, se le retira el riego de forma progresiva, no de golpe.
Perennes que aguantan el verano seco
Olivo (Olea europaea)
El patrón de referencia del clima mediterráneo. Sobrevive con 250-300 mm anuales, rebrota de cepa después de un incendio o de una helada fuerte y vive siglos. Como árbol ornamental tiene dos ventajas poco citadas: la copa es transparente, así que deja pasar luz a lo que crezca debajo, y el sistema radicular es superficial y ramificado, poco agresivo con soleras y bordillos.
Sus límites son el frío y el encharcamiento. Por debajo de unos -8 o -10 °C sufre daños serios en ramas, lo que lo descarta en zonas del interior con inviernos duros, y en suelo pesado mal drenado se pudre. Si molesta la aceituna, existen variedades de escaso cuajado y la poda de flor en primavera reduce el problema, aunque no lo elimina.
Algarrobo (Ceratonia siliqua)
Probablemente el árbol más infravalorado del catálogo mediterráneo. Copa densa y redondeada, sombra profunda, hoja verde oscuro brillante y una necesidad hídrica ridícula una vez arraigado. Crece despacio los primeros años y luego acelera. Es dioico, de modo que solo los pies femeninos dan las vainas; si no se quieren en el suelo, se planta un macho.
Es más friolero que el olivo: por debajo de -5 °C ya se resiente, así que su sitio está en el litoral y en el sur.
Encina (Quercus ilex)
Con raíces profundas y hoja esclerófila, resiste sequías extremas. El problema no es la especie sino la paciencia: crece muy despacio y transplanta mal a partir de cierto tamaño porque su raíz pivotante se rompe. La regla es contraintuitiva pero está bien documentada en repoblación: un plantón pequeño, de una o dos savias en contenedor forestal, acaba superando en altura a un ejemplar grande plantado el mismo día, porque el pequeño mantiene intacta la arquitectura de su raíz.
Pino carrasco (Pinus halepensis) y pino piñonero (Pinus pinea)
El carrasco es el árbol que coloniza los peores suelos calizos y secos del arco mediterráneo. El piñonero, de copa aparasolada, da mejor sombra y una silueta más ornamental. Ambos quieren suelo drenado y ninguno tolera el riego frecuente: el exceso de humedad en verano favorece podredumbres radiculares.
Ciprés común (Cupressus sempervirens)
Muy resistente al calor y a la sequía, útil como pantalla vertical en poco espacio. Conviene comprarlo con garantía sanitaria por el problema del chancro del ciprés (Seiridium cardinale), que se ceba en ejemplares estresados y en setos podados con herramienta sucia. Desinfectar la tijera entre plantas no es una manía, es lo que evita transmitir la enfermedad de un pie a otro.
Braquiquito (Brachychiton populneus)
Australiano, de tronco engrosado que almacena reservas, hoja perenne brillante y porte cónico compacto. Aguanta muy bien el calor seco y la contaminación urbana, y por eso se ha plantado bastante en alineaciones del sureste. Tolera hasta unos -5 °C. Su ritmo es moderado y no rompe pavimentos, lo que lo hace cómodo en jardines pequeños.
Cedro del Himalaya (Cedrus deodara)
Una vez establecido soporta sin problema los veranos secos del interior peninsular y, a diferencia de casi todos los anteriores, aguanta el frío continental bien por debajo de -15 °C. La pega es el tamaño: pasa de los 25 metros y necesita un espacio que casi ningún jardín particular tiene. Plantarlo a tres metros de una casa es un error que se paga veinte años después.
Caducos para climas con verano seco
Almez (Celtis australis)
Si hay que elegir un solo árbol de sombra para un patio o una plaza en clima seco, este es un candidato difícil de batir. Copa amplia y aireada, hoja fina que se descompone rápido, raíces potentes pero no especialmente invasoras y una rusticidad notable al frío, al calor y a los suelos pobres y calizos. Crece a buen ritmo y llega a los 20 metros.
Azufaifo (Ziziphus jujuba)
Un árbol pequeño, espinoso, de hoja brillante y fruto comestible, que vegeta con lo que caiga del cielo en el sureste peninsular. Brota muy tarde, en mayo, lo que lo libra de las heladas tardías. Emite rebrotes de raíz, así que conviene no plantarlo en medio de un césped a menos que se quiera desbrozar cada año.
Melia o cinamomo (Melia azedarach)
Crecimiento rápido, floración lila perfumada en mayo y una resistencia notoria a la sequía y a la mala calidad del suelo. Dos advertencias: sus frutos son tóxicos por ingestión, algo a tener en cuenta con niños pequeños, y se resiembra con facilidad.
Ciruelo rojo (Prunus cerasifera 'Pissardii')
El clásico de hoja púrpura de tantas calles españolas. Aguanta la sequía razonablemente bien para ser un Prunus, pero conviene ser honesto con sus límites: es un árbol de vida corta, entre 25 y 40 años, sensible a pulgón y a gomosis, y su color rojo permanente cansa si se abusa de él. Funciona como acento puntual, no como especie de alineación completa.
Jabonero de la China (Koelreuteria paniculata)
Poco exigente, muy resistente al calor urbano y con tres momentos de interés: la brotación rojiza, la floración amarilla de julio (rara en un árbol) y los frutos en farolillo de papel. Tamaño medio, entre 8 y 12 metros, adecuado para calles y jardines domésticos.
Morera (Morus alba)
Rusticidad a prueba de todo, sombra densa y tolerancia tanto al frío continental como a la sequía. Para evitar el desastre de los frutos sobre el pavimento se planta la variedad fructifera masculina o la 'Fruitless'. Admite la poda severa en cabeza de gato, aunque el resultado estético sea discutible.
Lo que la sequía no perdona: errores frecuentes
Regar poco y a menudo. Es el error más extendido y el más dañino. Un riego corto diario moja los primeros centímetros y enseña a la raíz a quedarse arriba, justo donde el suelo se secará antes. Lo correcto es lo contrario: mucho volumen, muy espaciado. Para un árbol joven, 40-60 litros aplicados despacio cada 10-15 días en verano hacen más que 5 litros al día.
Plantar en primavera. Plantar en marzo o abril obliga al árbol a arraigar y a afrontar el verano al mismo tiempo. En clima mediterráneo la ventana buena va de octubre a febrero: el suelo aún conserva calor, las lluvias de otoño ayudan y la planta dispone de todo el invierno para emitir raíz antes de la primera ola de calor.
Comprar el ejemplar más grande. Un árbol de gran porte pierde en el trasplante una proporción altísima de su sistema radicular y tarda años en recuperar el equilibrio entre copa y raíz. Uno más joven sufre menos y suele adelantarlo.
Olvidar el acolchado. Una capa de 8-10 cm de corteza, restos de poda triturados o grava sobre el alcorque reduce mucho la evaporación directa del suelo y modera la temperatura de la capa donde están las raíces finas. Se deja siempre un cerco libre de unos centímetros alrededor del cuello para que no se pudra.
Confundir sequía con abandono. Un césped regado a diario al pie de un olivo o de una encina es peor que la propia sequía: mantiene el suelo húmedo en verano y favorece hongos radiculares como Phytophthora. Estos árboles no quieren agua constante, quieren suelo seco en verano.
Elegir la especie equivocada por copiar una foto. El baobab (Adansonia) y el algarrobo americano (Prosopis) aparecen en cualquier lista mundial de resistencia a la sequía, pero no son opciones para un jardín peninsular: el primero no aguanta nuestro invierno y el segundo tiene comportamiento invasor en varias regiones del mundo. Con las especies exóticas invasoras hay que ser especialmente cuidadoso: el ailanto (Ailanthus altissima) resiste la sequía como pocos y está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, de modo que su plantación no es una opción legal ni sensata.
Cómo plantar para que después no haga falta regar
El hoyo debe ser ancho, de dos a tres veces el diámetro del cepellón, pero no mucho más profundo que este: un hoyo demasiado hondo hace que el árbol se hunda al asentarse el suelo y el cuello quede enterrado. Se afloja el fondo sin rellenarlo con tierra suelta.
Nada de abonos ricos en nitrógeno en el hoyo. Estimulan crecimiento tierno y aumentan la demanda de agua justo cuando interesa lo contrario. Un poco de compost bien hecho mezclado con la tierra de la excavación basta; la enmienda debe ser la misma tierra del sitio, no un sustrato de turba que cree una "maceta" de textura distinta de la que la raíz no querrá salir.
Se forma un alcorque de riego, se aplica el primer riego de asentamiento (abundante, para eliminar bolsas de aire) y se acolcha. El tutor, si es necesario por viento, se pone bajo y se retira al segundo año: un tronco que se mueve engrosa y se refuerza; uno atado rígidamente durante cinco años sale débil.
A partir del tercer verano, se espacian los riegos hasta suprimirlos. Un árbol mediterráneo bien implantado y bien acolchado, en suelo profundo, no debería necesitar riego de mantenimiento salvo en veranos excepcionales.
En resumen
La resistencia a la sequía se construye entre la elección de la especie y los tres primeros años de manejo. Para hoja perenne, el olivo, el algarrobo, la encina, los pinos mediterráneos, el ciprés y el braquiquito cubren casi cualquier situación de litoral y de interior cálido; el cedro del Himalaya sirve donde haya frío y espacio de sobra. Para hoja caduca, el almez es la apuesta más segura como árbol de sombra, con el azufaifo, la melia, el jabonero de la China, la morera y el ciruelo rojo como alternativas de menor tamaño.
Después, tres reglas que valen más que la lista: plantar entre octubre y febrero, regar mucho y de tarde en tarde en lugar de poco y a diario, y acolchar siempre. Y desconfiar de la etiqueta: ningún árbol resiste la sequía el día que sale del vivero, la resiste cuando su raíz ha llegado abajo.