Una Catalpa bignonioides plantada en un patio de treinta metros cuadrados tarda unos quince años en tapar la fachada entera, levantar el pavimento del porche y dejar el resto del jardín en sombra permanente. No es un accidente ni mala suerte: es exactamente lo que hace un árbol de doce metros cuando se planta en un sitio donde caben seis. El problema de los jardines pequeños casi nunca es la falta de espacio, sino la elección de especies pensadas para parques.

Elegir bien de entrada ahorra veinte años de podas correctoras, conflictos con el vecino y una tala prematura. Y hay mucho donde elegir: entre los árboles de porte contenido y los arbustos grandes conducidos en copa se pueden cubrir sombra, flor, fruto y color de otoño en una parcela de bolsillo.

Primero mide, después elige

Antes de mirar catálogos conviene apuntar tres cifras del jardín: la superficie libre real (descontando terraza, piscina, tendedero y paso), la distancia desde el punto de plantación a la fachada y a la linde, y la altura del cableado o del alero que haya encima.

Con eso ya se puede aplicar una regla sencilla: un árbol necesita separarse de un muro, como mínimo, la mitad del diámetro que va a tener su copa adulta. Un ejemplar que llegue a seis metros de copa se planta a tres metros de la pared, no a uno. Si esa distancia no existe, el árbol no cabe, por muy bonito que sea en el vivero.

Hay además una cuestión legal que se pasa por alto y que genera litigios de vecindad. El Código Civil español fija, a falta de ordenanza municipal o costumbre local que diga otra cosa, dos metros de separación a la línea divisoria para los árboles de porte alto y cincuenta centímetros para los arbustos y setos vivos. Conviene consultar la ordenanza del municipio antes de plantar en la linde, porque muchas la modifican.

El otro dato que se ignora es el subsuelo. Bajo un jardín pequeño suelen pasar la acometida de agua, el saneamiento y a veces el gas. Especies con raíz agresiva y ávida de humedad —chopos, sauces, Ficus, olmos, ailantos— no deberían acercarse a menos de seis u ocho metros de una arqueta.

Dos creencias que conviene desmontar

Podar no mantiene pequeño a un árbol. Es justo al revés. Cuando se desmocha un ejemplar vigoroso, la planta responde emitiendo brotes de sustitución mucho más largos y verticales que la rama eliminada, porque el sistema radical sigue siendo el de un árbol grande y bombea la misma energía a menos yemas. Al cabo de tres o cuatro años el árbol está más alto que antes, con madera mal anclada y más peligrosa. Un árbol se controla eligiendo la especie, no con la motosierra.

Las raíces no tienen la forma de la copa. La imagen del árbol simétrico con una raíz principal profunda es falsa en las especies de jardín corrientes: el grueso del sistema radical vive en los primeros cuarenta o sesenta centímetros de suelo y se extiende bastante más allá de la proyección de la copa, a menudo el doble. Por eso un árbol mediano puede levantar un solado que queda a tres metros del tronco. Y por eso también, cuando hay dudas, la caja de plantación o la barrera antirraíces —una lámina rígida enterrada de al menos 60 cm entre el árbol y el pavimento— resuelve más que cualquier poda.

Árboles de porte pequeño que funcionan en España

Estos se quedan, en condiciones normales de jardín, por debajo de los siete u ocho metros. Es la primera lista que hay que mirar.

Árbol del amor (Cercis siliquastrum). Entre cinco y siete metros, copa redondeada, floración rosa intensa directamente sobre la madera en marzo y abril, antes de que salgan las hojas. Aguanta la caliza, la sequía estival una vez arraigado y hasta unos -12 ºC. Es probablemente el mejor árbol pequeño para el interior peninsular. Odia los suelos encharcados y le sienta mal el trasplante en ejemplares grandes: mejor comprarlo joven.

Árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Cuatro a siete metros, florece de julio a septiembre —justo cuando el jardín no tiene nada más— y remata el año con hoja rojiza y un tronco exfoliado precioso en invierno. Muy resistente al calor y a la sequía. Necesita sol pleno: a la sombra no florece y se llena de oídio.

Ciruelo rojo (Prunus cerasifera 'Pissardii'). Cinco o seis metros, flor rosa pálido en febrero-marzo y hoja púrpura toda la temporada. Es rústico y barato, aunque de vida relativamente corta y sensible a pulgón. Da algún fruto pequeño comestible.

Jabonero de la China (Koelreuteria paniculata). Se queda entre seis y ocho metros en jardín, con panículas amarillas en junio y unas cápsulas infladas como farolillos en verano. Tolera muy bien la contaminación, la sequía y los suelos pobres.

Madroño (Arbutus unedo). Perenne, de crecimiento lento, tres a seis metros, con floración y fructificación simultáneas en otoño. Prefiere suelo ácido o neutro y no soporta la cal fuerte ni el encharcamiento. Es una excelente opción de pantalla verde permanente sin comerse el jardín.

Granado (Punica granatum). Tres a cinco metros, flor naranja en primavera avanzada, fruto en otoño y hoja amarilla brillante antes de caer. Aguanta calor extremo, sequía y suelos salinos. Se puede conducir a un solo tronco quitando los rebrotes de base cada invierno.

Arce japonés (Acer palmatum). De tres a cinco metros según variedad, con el mejor color de otoño que se puede tener en poco espacio. Solo funciona bien en el norte húmedo o en microclimas protegidos: exige suelo ácido, humedad ambiental y sombra en las horas centrales. En Murcia o Sevilla, plantado a pleno sol, se quema en junio.

Olivo (Olea europaea). Perenne, gris, de crecimiento lento y raíz poco problemática. Con una poda de formación se mantiene fácilmente entre tres y cinco metros. Es de los pocos árboles que puede plantarse relativamente cerca de una pared sin causar daños.

Cítricos (Citrus spp.). Naranjo, limonero, mandarino o kumquat. Copa densa de tres a cinco metros, perenne, con flor perfumada y fruto. Solo en zonas sin heladas fuertes: por debajo de -4 ºC empiezan los daños serios, y el limonero es el más delicado.

Magnolio estrellado (Magnolia stellata) y magnolio de flor de tulipán (Magnolia x soulangeana). Tres a seis metros, floración espectacular a finales de invierno sobre la madera desnuda. Suelo fresco, ácido o neutro, y resguardo del viento seco. Nada que ver con el Magnolia grandiflora, que alcanza más de veinte metros y no tiene sitio en un jardín pequeño.

Arbustos grandes conducidos como arbolitos

Cuando ni siquiera esos árboles caben, la solución es un arbusto grande formado a un solo pie. Se compra joven, se elige el tallo más recto, se eliminan los demás y se van suprimiendo las ramas bajas durante dos o tres años hasta dejar un tronco limpio de un metro o metro y medio. El resultado es un árbol en miniatura que da sombra a un banco y ocupa lo que un arbusto.

Hibisco de Siria (Hibiscus syriacus). Es el hibisco rústico, de hoja caduca, que aguanta el invierno peninsular sin problema —resiste en torno a -15 ºC— y no debe confundirse con el Hibiscus rosa-sinensis, tropical y perenne, que en el interior solo sobrevive en maceta a cubierto. Llega a tres o cuatro metros, florece de julio a octubre y admite muy bien la formación en copa. Brota tarde en primavera: no hay que darlo por muerto en abril. Florece sobre madera del año, así que se poda a finales de invierno acortando los brotes anteriores a dos o tres yemas.

Camelia (Camellia japonica). Perenne, lenta, de dos a cuatro metros, con floración de diciembre a marzo. Necesita suelo ácido, agua sin cal y sombra fresca; en la cornisa cantábrica y en Galicia es casi un árbol de calle, mientras que en la meseta y el sureste solo prospera en maceta con sustrato de acidófilas. Se poda justo después de floración, nunca en otoño, porque para entonces ya tiene formados los botones del año siguiente.

Árbol de las pelucas (Cotinus coggygria), lila (Syringa vulgaris), laurel (Laurus nobilis) y guillomo (Amelanchier lamarckii) admiten el mismo tratamiento y se quedan entre dos y cinco metros.

La tercera dimensión: trepadoras cuando no queda suelo

En un patio estrecho a veces no cabe ni un arbolito, y ahí la solución no es horizontal sino vertical. Una pérgola sencilla cubierta con una trepadora da la misma sombra de verano que un árbol mediano, ocupa medio metro cuadrado de tierra y no levanta el pavimento.

Flor de pasionaria (Passiflora caerulea) sobre una celosía

La pasionaria (Passiflora caerulea) es la más agradecida para este uso en el clima peninsular: perenne o semicaduca según la zona, aguanta heladas moderadas de hasta unos -8 ºC —rebrota de cepa aunque se le queme la parte aérea—, crece varios metros por temporada y florece de mayo a octubre. Se sujeta sola con zarcillos, así que basta un alambrado o una celosía. Conviene avisar de dos cosas: rebrota por raíz y puede aparecer a varios metros de donde se plantó, y en pleno vigor tapa una celosía en dos veranos, de modo que hay que podarla a conciencia a finales de invierno.

Para el mismo papel sirven el jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides), más contenido y muy perfumado, la parra (Vitis vinifera), que da sombra en verano y deja pasar el sol en invierno al perder la hoja, y el rosal trepador.

Cómo plantar para que el árbol no se haga grande de golpe

La época buena de plantación en casi toda España es de noviembre a febrero, con la planta en reposo; en zonas de heladas fuertes conviene esperar a finales de invierno. Los ejemplares en contenedor admiten plantarse casi todo el año salvo en pleno verano, pero arraigan mucho mejor en otoño.

El hoyo debe ser ancho —dos o tres veces el cepellón— y no más profundo que el propio cepellón. El cuello de la planta tiene que quedar al nivel del suelo; enterrarlo unos centímetros de más es una de las causas más frecuentes de que un árbol joven languidezca durante años y acabe pudriéndose por la base. No hay que echar estiércol fresco ni abono concentrado en el fondo del hoyo: quema raíces. Sí conviene deshacer el cepellón si las raíces están enrolladas, porque de lo contrario seguirán girando y estrangularán al árbol.

El tutor, si se pone, va bajo, sujetando el tercio inferior del tronco y con ataduras flexibles, y se retira a los dos años. Un árbol atado rígido por arriba no engrosa el tronco y se parte en cuanto se le quita el apoyo.

Durante los dos primeros veranos el riego es lo que decide si el árbol prospera: mejor un riego abundante y espaciado —que moje treinta o cuarenta centímetros de perfil— que un chorrito diario, que solo genera raíces superficiales.

Errores frecuentes en jardines de menos de cien metros

Comprar por el tamaño del vivero. Un plátano de sombra, una mimosa o un fresno se venden en maceta de dos metros y parecen manejables. Hay que buscar siempre la altura y la anchura adultas de la especie, no la del ejemplar.

Plantar demasiados. En un jardín de sesenta metros cuadrados, un árbol bien elegido es suficiente; dos, si acaso, y separados. Tres arbolitos apiñados acaban compitiendo y ninguno desarrolla una copa decente.

Olvidar la sombra que proyecta. Un árbol al sur de la casa da fresco en verano; el mismo árbol al sur de un huerto o de un macizo de flor lo deja improductivo. Vale la pena mirar por dónde entra el sol en agosto y en diciembre antes de decidir el punto de plantación.

Ignorar la basura vegetal. Sobre una terraza o una piscina, especies como la morera fructífera, el níspero o el aligustre son un problema constante de manchas y hojarasca. Ahí se agradecen los perennes de hoja pequeña o los árboles de fruto no carnoso.

Elegir contra el clima. Camelias, arces japoneses, hortensias y azaleas en suelo calizo del interior no fallan por descuido, fallan por incompatibilidad química: en pH alto no pueden absorber hierro y amarillean. Si se quieren tener en Madrid o Zaragoza, van en maceta con sustrato ácido y agua de lluvia.

En resumen

Un jardín pequeño puede tener árbol, pero tiene que ser el árbol adecuado. Mide antes el hueco real, respeta los dos metros a la linde y la mitad del diámetro de copa a la fachada, y elige entre las especies que se quedan por debajo de siete u ocho metros: Cercis siliquastrum, Lagerstroemia indica, Koelreuteria paniculata, Arbutus unedo, granado, olivo, cítricos o arce japonés si el clima lo permite. Si no cabe ninguno, forma un arbusto grande a un solo tronco —hibisco de Siria, camelia, cotinus, laurel— o resuelve la sombra en vertical con una pasionaria o una parra sobre pérgola. Y no cuentes con la poda para arreglar una mala elección: desmochar un árbol grande lo hace más alto, más frágil y más caro de mantener.


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