Antes de elegir un árbol por su flor, mira la altura y el diámetro que alcanzará a los treinta años. Ahí se decide casi todo lo demás: si habrá que desmocharlo cada pocos años, si levantará el pavimento, si dejará el jardín en sombra permanente o si en cambio será el elemento que lo ordene. La flor dura dos semanas; el porte dura toda la vida del árbol.
Con eso claro, se puede hablar de valor ornamental sin caer en el catálogo de fotos bonitas.
Qué hace ornamental a un árbol
La flor es el criterio más obvio y el más pobre, porque es efímera. Un árbol que solo aporta tres semanas de floración deja nueve meses de nada. Los rasgos que rinden todo el año son otros:
El follaje. Color (glauco, purpúreo, variegado, dorado), textura (hoja diminuta y plumosa frente a hoja grande y rotunda) y comportamiento estacional. Un Ginkgo vale por su hoja en verano y por su amarillo en noviembre.
El color de otoño. En la Península depende mucho del clima: el rojo intenso de Liquidambar o Acer necesita noches frescas de septiembre y octubre con días soleados. En el litoral mediterráneo esos mismos árboles pasan del verde al pardo sin espectáculo. No es un defecto de la planta, es que faltan los saltos térmicos.
La corteza y la silueta invernal. Los caducifolios se pasan medio año desnudos, y ahí es donde se aprecia si el tronco tiene algo que contar: la corteza exfoliante del Platanus o la Lagerstroemia, el blanco del abedul, la ramificación limpia del carpe.
El fruto. Sirve de adorno y de reclamo para la fauna, pero también puede ser un problema: fruta pulposa sobre una acera, semillas malolientes o vainas que hay que barrer todo el otoño.
Y por encima de todos ellos está la condición previa: que el árbol sea adecuado al clima y al suelo del sitio. Un árbol enfermo, clorótico o mal adaptado no es ornamental por muy bonita que sea su ficha.
Ginkgo biloba, el fósil viviente
El ginkgo es el único superviviente de un linaje vegetal que ya existía antes que las coníferas modernas: ni conífera ni frondosa en sentido estricto, sino un grupo aparte con hoja en forma de abanico, con nerviación dicótoma y sin nervio central. En otoño toda la copa vira a un amarillo dorado uniforme y luego cae, con frecuencia en pocos días, dejando una alfombra bajo el árbol que es parte de su gracia.
Sus virtudes prácticas son enormes: resiste la contaminación urbana, la compactación del suelo y la caliza, es rústico hasta unos -25 ºC y no tiene plagas ni enfermedades de importancia. Crece despacio, sobre todo los primeros años, y con el tiempo forma un árbol grande, de 20 a 30 metros, con porte más bien piramidal de joven y abierto de viejo.
Aquí sí hay un dato que cambia una decisión de compra: es una especie dioica, con pies macho y pies hembra. Los pies hembra producen unas falsas drupas carnosas que, al pudrirse en el suelo, desprenden un olor rancio muy desagradable (ácido butanoico, el mismo de la mantequilla rancia). Por eso en jardinería se plantan casi siempre cultivares macho injertados, como 'Autumn Gold', 'Princeton Sentry' o 'Fastigiata'. Comprar un ginkgo de semilla es jugarse veinte años a que salga hembra.
Carpe (Carpinus betulus)
El carpe es un árbol de tamaño medio, de 15 a 20 metros, con un tronco de sección acanalada muy característica —parece un músculo, y por eso en inglés lo llaman hornbeam o musclewood— y una corteza gris lisa. La hoja es ovada, doblemente aserrada, con los nervios secundarios paralelos y muy marcados que le dan un aspecto plisado.
Se confunde constantemente con el haya (Fagus sylvatica). La distinción es sencilla: el carpe tiene el borde de la hoja aserrado y nervios hundidos muy visibles; el haya lo tiene entero u ondulado, con pelillos en el margen. Y el fruto lo desmiente del todo: el carpe produce pequeños aquenios con una bráctea trilobulada a modo de ala, agrupados en racimos colgantes.
Su uso ornamental estrella es el seto alto y las pantallas formales. Recortado, el carpe se vuelve marcescente: mantiene la hoja seca de color canela colgada durante buena parte del invierno, lo que le da opacidad cuando otros setos caducifolios ya no tapan nada. Para alineaciones en calles estrechas se usan formas fastigiadas como 'Fastigiata' o 'Frans Fontaine'.
La limitación es climática y hay que tomársela en serio: pide suelos frescos y ambiente sin sequía estival prolongada. En la cornisa cantábrica, Pirineos, Cataluña húmeda y buena parte de la mitad norte funciona bien; en la Meseta necesita riego de apoyo y en el sur y el Levante interiores sufre. Tolera arcillas y algo de caliza, mejor que el haya.
Abeto gigante (Abies grandis)
Originario del noroeste de Norteamérica, es uno de los abetos más altos que existen: en su área de origen pasa de los 50 metros. Se reconoce por las acículas dispuestas en dos filas peinadas a ambos lados de la ramilla, de longitud desigual, verde oscuro brillante por el haz y con dos bandas blanquecinas de estomas por el envés. Al estrujarlas desprenden un olor cítrico, parecido a la piel de mandarina, que es la forma más rápida de identificarlo.
Como todos los Abies, lleva las piñas erguidas sobre las ramas altas y estas se desintegran en el propio árbol al madurar, soltando escamas y semillas: no se encuentran piñas enteras de abeto en el suelo, y ese es un rasgo que distingue el género de los pinos y las píceas.
Es un árbol para pocos jardines españoles, y conviene decirlo sin rodeos. Necesita humedad atmosférica alta y suelo fresco y profundo, sin sequía estival. Prospera en Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo y enclaves de montaña húmeda; en el interior seco o el litoral mediterráneo no es viable a largo plazo. Y su tamaño lo descarta de cualquier parcela pequeña: se planta pensando en un parque o en una finca amplia, con espacio libre alrededor.
Ciprés fúnebre (Cupressus funebris)
El ciprés llorón de China es el contrapunto exacto del ciprés mediterráneo. Donde Cupressus sempervirens es una columna rígida y oscura, este forma una copa cónica y abierta con las ramillas colgantes, aplanadas, de un verde claro amarillento, que se mueven con el viento. Alcanza de 15 a 20 metros y su efecto ornamental es todo silueta y textura.
Su clasificación ha ido y venido entre Cupressus y Chamaecyparis, por lo que puede aparecer en viveros con ambos nombres.
En cuanto a cultivo, es menos rústico que el ciprés común: prefiere climas suaves y húmedos y sufre con heladas fuertes y prolongadas, de modo que su sitio en España está en el litoral, el noroeste y las zonas de invierno benigno. Como los demás cipreses, es sensible al chancro del ciprés (Seiridium cardinale), un hongo que penetra por heridas y seca ramas enteras dejando manchas rojizas resinosas en la corteza. La prevención está en no podar en épocas húmedas, desinfectar las herramientas entre árboles y eliminar y quemar la madera afectada.
Acacia verde (Acacia decurrens)
Australiana, de crecimiento muy rápido, con hoja bipinnada verde oscuro y ramillas de sección angulosa, con costillas que descienden desde la inserción de las hojas: de ahí el epíteto decurrens. A finales del invierno y en primavera se cubre de glomérulos amarillos perfumados.
Es una planta agradecida donde encaja, y donde no encaja da muchos problemas. Sus condiciones: suelos ácidos o neutros y bien drenados. En terrenos calizos entra en clorosis férrica y va perdiendo vigor, algo común a la mayoría de las acacias australianas. Es de vida corta, en torno a veinte o treinta años, y de madera frágil que se rompe con el viento.
Hay además una consideración ambiental que no debería ignorarse: varias acacias australianas están catalogadas en España como especies exóticas invasoras, entre ellas Acacia dealbata, Acacia melanoxylon y Acacia saligna, que en el noroeste peninsular han desplazado vegetación autóctona en superficies enormes, favorecidas por los incendios porque su semilla germina con el calor. Antes de plantar cualquier mimosa en la fachada atlántica conviene comprobar la normativa vigente y, en general, buscar alternativas: para floración invernal amarilla, un Chimonanthus o una Forsythia resuelven el efecto sin riesgo.
Eritrina (Erythrina)
El árbol coral, Erythrina corallodendron, es un caducifolio antillano de porte pequeño a medio con aguijones en el tronco y las ramas, hojas trifoliadas y racimos de flores rojo escarlata, alargadas y estrechas, adaptadas a la polinización por aves. En los jardines españoles se ve con más frecuencia su pariente el ceibo o seibo (Erythrina crista-galli), sudamericano, con flores de un rojo más profundo y algo más tolerante al frío.
Su cultivo está restringido al litoral cálido: Canarias, costa andaluza, Levante y enclaves resguardados. No admite heladas más que muy leves y puntuales; una helada seria mata la parte aérea, aunque a veces rebrota de la base. Necesita sol pleno, suelo con buen drenaje y riegos regulares en verano.
Un aviso pertinente si hay niños cerca: las semillas, de un rojo brillante muy llamativo, son tóxicas por sus alcaloides, igual que otras partes de la planta. No es motivo para descartarla, pero sí para saberlo.
Plantación y cuidados: donde se pierden más árboles
La época. En clima peninsular, el árbol de raíz desnuda se planta en parada vegetativa, de noviembre a febrero, y con eso aprovecha las lluvias de invierno y primavera para enraizar antes del primer verano. El de contenedor admite plantación casi todo el año, pero plantar en junio significa condenar la planta a riegos constantes.
El hoyo. Ancho, de dos o tres veces el diámetro del cepellón, y no más profundo que este. La costumbre de abrir un hoyo estrecho y hondo y rellenarlo de sustrato rico es contraproducente: crea una maceta enterrada de la que la raíz no quiere salir y en la que el agua se acumula. Es mejor descompactar una superficie amplia y rellenar con la misma tierra del sitio, quizá mejorada ligeramente.
La profundidad. El error más letal y más repetido: enterrar el cuello de la raíz. El ensanchamiento donde el tronco pasa a raíz debe quedar visible a nivel del suelo. Enterrado, la corteza se mantiene húmeda, se pudre y el árbol muere lentamente a lo largo de varios años sin que nadie relacione una cosa con la otra.
El riego de implantación. Los primeros dos o tres veranos son críticos: riegos abundantes y espaciados, que empapen todo el volumen del cepellón y algo más, mejor que riegos superficiales diarios. Un alcorque y una capa de acolchado de 5-8 cm (corteza, restos de poda triturados) reducen la evaporación y la competencia de hierbas; deja siempre unos centímetros libres alrededor del tronco, sin que el mantillo lo toque.
El tutor. Solo si hace falta, bajo y flexible, atado de forma que el tronco pueda oscilar: ese movimiento es lo que engrosa la base y forma madera de reacción. Y retíralo a los dos años. Los tutores olvidados que acaban estrangulando el tronco con una atadura son un clásico de las calles de cualquier ciudad.
La poda. Menos de la que se cree. En un árbol joven, poda de formación: elegir una guía, suprimir ramas competidoras y las que salen en ángulo agudo, e ir levantando la copa poco a poco. En adulto, aclareo de ramas secas, cruzadas o mal insertadas, cortando siempre respetando el cuello de rama —el reborde donde se inserta— y sin dejar tocones. Lo que hay que descartar por completo es el desmoche, cortar las ramas principales a media altura: no reduce el tamaño de forma duradera, provoca un rebrote más denso y peligroso, abre heridas grandes que no cicatrizan y arruina la forma para siempre.
Elegir con criterio de sitio
Antes de comprar, tres comprobaciones ahorran disgustos. Primero, el espacio aéreo y subterráneo: distancia a fachadas, cables, medianeras y conducciones. Especies de raíz agresiva y muy ávida de agua, como chopos (Populus), sauces (Salix), ailantos (Ailanthus altissima, además invasor) o higueras junto a alcantarillado, dan problemas garantizados si se plantan cerca de una construcción.
Segundo, el suelo: si es calizo, olvídate de las especies calcífugas (mimosas, camelias arbóreas, muchos arces japoneses, castaños) por mucho quelato que estés dispuesto a aplicar; en suelo básico, un árbol calcífugo es una clorosis crónica.
Tercero, el agua real disponible. En clima mediterráneo continental, un árbol que en su origen vive con 1.000 mm anuales y veranos húmedos va a depender del riego de por vida. Si el objetivo es un jardín sostenible, especies como el almez (Celtis australis), el árbol del amor (Cercis siliquastrum), la encina (Quercus ilex), el olmo resistente a grafiosis o la Koelreuteria paniculata dan valor ornamental con una fracción del consumo.
En resumen
El valor ornamental de un árbol se mide en los doce meses del año, no en las dos semanas de floración: cuentan igual el follaje, el color de otoño, la corteza, la silueta invernal y el fruto. Sobre esa base, Ginkgo biloba es la opción más segura para clima urbano y frío, siempre comprando cultivar macho para evitar el olor de los frutos; el carpe resuelve setos altos y alineaciones en la mitad norte y allí donde haya frescor; Abies grandis exige humedad atmosférica y espacio de parque, y no funciona en el interior seco; el ciprés fúnebre aporta un porte llorón poco común pero pide inviernos suaves y vigilancia frente al chancro; Acacia decurrens crece rápido en suelo ácido, aunque el problema de invasión de las acacias australianas en el noroeste obliga a pensárselo; y las eritrinas solo tienen sitio en el litoral cálido.
En cuanto al manejo, casi todos los fracasos vienen de tres cosas: plantar el cuello enterrado, dejar de regar demasiado pronto en los primeros veranos y desmochar la copa años después para corregir un error de elección que se cometió el día de la compra. Mide el sitio antes de elegir el árbol y la mitad de esos problemas no llegan a existir.