Decidir cuál es el árbol más bonito del mundo es una discusión sin final, pero hay un puñado de ejemplares y de especies que aparecen una y otra vez en cualquier lista, y no por casualidad: o bien alcanzan dimensiones que cuesta asimilar en persona, o bien tienen una arquitectura, una corteza o una floración que ningún otro árbol reproduce.

Este repaso va por ahí, con dos advertencias. La primera es que muchos de estos árboles arrastran cifras de edad exageradas que se repiten en internet sin fuente; cuando existe una estimación seria, la señalo. La segunda es que unos cuantos se pueden cultivar perfectamente en España, y lo indico al final de cada apartado, porque una lista de árboles bonitos que no se puede aterrizar en el jardín de nadie sirve de poco.

Angel Oak, Carolina del Sur

Es un Quercus virginiana, el roble siempreverde del sureste de Estados Unidos, que crece en la isla de Johns, cerca de Charleston. No impresiona por su altura, que ronda los 20 metros, sino por su forma: ramas enormes que salen casi horizontales del tronco, se hunden hasta tocar el suelo, se apoyan en él y vuelven a levantarse. Las mayores superan los 25 metros de longitud, y la copa proyecta una sombra de más de 1.500 metros cuadrados.

Aquí toca desmentir lo que casi siempre se lee: no tiene 1.400 ni 1.500 años. Esa cifra circula desde hace décadas sin ningún respaldo dendrocronológico. Los especialistas que han estudiado la especie sitúan al Angel Oak entre los 400 y los 500 años, que ya es una barbaridad para un roble americano. Su tamaño desproporcionado se explica por crecer aislado, en suelo profundo y con clima subtropical húmedo, no por una antigüedad extrema.

¿En España? Quercus virginiana es rarísimo aquí, pero nuestra encina (Quercus ilex) y sobre todo el alcornoque (Quercus suber) desarrollan portes tumbados parecidos cuando crecen libres en dehesa, sin competencia lateral.

El árbol botella australiano

Brachychiton rupestris, endémico del interior de Queensland, es el ejemplo más gráfico de árbol caudiciforme: su tronco se ensancha hasta parecer una botella o una tinaja, con diámetros que pasan de dos metros en ejemplares viejos frente a una altura modesta de 10 a 15 metros.

La creencia extendida es que ese tronco es un depósito de agua, como el de un cactus. La realidad es más matizada: el tejido parenquimático del tronco almacena agua y también almidón, y funciona como reserva de carbono y de humedad para atravesar sequías largas. Los ganaderos australianos llegaron a talarlos en sequía para alimentar al ganado con la pulpa interna.

¿En España? Sí, y se ve más de lo que parece: está plantado en Málaga, Alicante, Murcia y Valencia, además de Canarias. Tolera heladas ligeras de hasta -4 o -5 °C una vez adulto y exige drenaje impecable. Es de crecimiento lento y el engrosamiento del tronco tarda décadas en notarse.

Los cerezos en flor de Japón

El sakura no es una sola especie. La que llena las fotografías es Prunus x yedoensis 'Somei-Yoshino', un híbrido de finales del siglo XIX que se propaga exclusivamente por injerto: todos los ejemplares de Japón son clones del mismo individuo. Eso explica el fenómeno que hace única la floración japonesa: al ser genéticamente idénticos, todos los árboles de una misma zona abren a la vez, en cuestión de dos o tres días, y pierden los pétalos también a la vez una semana después.

Cerezos japoneses en flor

Junto a él se cultivan Prunus serrulata 'Kanzan', de flor doble rosa fuerte y floración algo posterior, y Prunus subhirtella 'Pendula', de ramas colgantes. La floración de 'Somei-Yoshino' se produce antes de que salgan las hojas, lo que multiplica el efecto visual.

¿En España? Perfectamente, y hay un ejemplo espectacular propio: el Valle del Jerte, en Cáceres, con más de un millón de cerezos de fruto (Prunus avium) que florecen entre finales de marzo y mediados de abril. Los cerezos ornamentales japoneses van bien en el norte y el centro peninsular; en el sur y el litoral cálido florecen mal porque no acumulan suficientes horas de frío invernal.

El Árbol del Tule, México

En Santa María del Tule, Oaxaca, crece el árbol con el tronco más grueso del mundo. Es un Taxodium mucronatum, el ahuehuete o ciprés de Moctezuma, con un perímetro superior a los 40 metros y un diámetro equivalente de unos 11-12 metros, frente a una altura de apenas 35.

Durante años se discutió si era un solo individuo o varios fusionados. Los análisis genéticos realizados en los años noventa concluyeron que se trata de un único árbol; su tronco monstruoso, plegado y acanalado, es fruto de un crecimiento irregular, no de una fusión. Sobre su edad, las estimaciones serias lo sitúan entre 1.200 y 1.600 años, muy lejos de los 3.000 o 6.000 que se leen a veces.

¿En España? El ahuehuete se planta desde el siglo XVI y hay ejemplares monumentales en el Real Jardín Botánico de Madrid, en El Retiro y en Aranjuez. Necesita suelo permanentemente húmedo o directamente el borde de un estanque, y tolera bien la caliza.

El arce japonés en otoño

Acer palmatum es probablemente la especie que más partido saca a un solo mes del año. Sus hojas palmatilobuladas, de cinco a nueve lóbulos finos, pasan en octubre y noviembre por una gama de amarillos, naranjas, escarlatas y granates que depende del cultivar y, sobre todo, del contraste térmico entre día y noche: cuanto más frescas las noches y más luminosos los días, más intenso el color.

Los ejemplares más fotografiados están en los grandes arboretos y jardines japoneses de Estados Unidos y Europa, con cultivares como 'Bloodgood', de rojo oscuro persistente, 'Sango-kaku', de ramillas coral en invierno, o los dissectum de hoja finamente dividida y porte llorón.

¿En España? Sí, pero con condiciones estrictas. Exige suelo ácido (pH 5,5-6,5), agua sin exceso de cal, sombra en las horas centrales del verano y protección frente al viento seco, que le quema los bordes de la hoja. Va de maravilla en Galicia, Cantabria, País Vasco y zonas de montaña; en el interior y el sur solo prospera en maceta con sustrato acidófilo y ubicación muy resguardada.

Los baobabs de Madagascar

El género Adansonia incluye ocho especies: seis endémicas de Madagascar, una del África continental (A. digitata) y una australiana (A. gregorii). La imagen icónica de la Avenida de los Baobabs, cerca de Morondava, corresponde a Adansonia grandidieri, con troncos cilíndricos, lisos y grisáceos de hasta 3 metros de diámetro rematados por una copa plana y desproporcionadamente pequeña.

Ese aspecto de "árbol plantado del revés" tiene explicación funcional: son caducifolios de estación seca y pasan buena parte del año sin hoja, con la madera del tronco cargada de agua (hasta un 75 % de su peso) y una madera tan blanda y fibrosa que no sirve como leña. Su polinización corre a cargo de murciélagos y lémures nocturnos.

Un dato inquietante: esa avenida no es un bosque, es un resto. Los baobabs siguen en pie porque los agricultores los respetaron al talar el bosque seco que los rodeaba, y A. grandidieri figura como especie amenazada por falta de regeneración natural.

¿En España? Solo en Canarias, y con dificultad. Adansonia digitata se cultiva en jardines de Tenerife y Gran Canaria; en la Península es planta de invernadero.

El Ciprés Solitario de Monterey

El Lone Cypress del 17-Mile Drive, en California, es un Cupressus macrocarpa aferrado a una roca granítica sobre el Pacífico. Se le calculan unos 250 años y lleva desde 1948 sujeto con cables de acero, porque el viento y la erosión lo habrían derribado hace tiempo.

Su belleza es la del árbol deformado por el medio: copa aplanada, ramas todas orientadas tierra adentro y tronco retorcido. El ciprés de Monterey es, curiosamente, una especie con área natural minúscula, limitada a dos rodales de la costa californiana, y sin embargo se ha plantado por medio mundo.

¿En España? Muchísimo, sobre todo en el norte y en el litoral atlántico, donde se usó masivamente para setos y cortavientos. Crece rápido, tolera la salinidad marina y agradece los climas oceánicos frescos; en el interior seco y caluroso sufre y suele enfermar de Seiridium, el chancro de las cupresáceas.

Entandrophragma excelsum, el árbol más alto de África

Es la incorporación más reciente a este tipo de listas y la menos conocida. En 2016, un equipo de investigadores midió en los valles del Kilimanjaro, en Tanzania, ejemplares de esta meliácea que superaban los 80 metros de altura, con el mayor rondando los 81,5 m. Hasta entonces se daba por hecho que ningún árbol africano pasaba de 65-70 metros.

La lección aquí es que los árboles más altos crecen siempre en la misma clase de sitio: fondos de valle protegidos del viento, con humedad constante y suelo profundo. Es el mismo patrón que explica las secuoyas de California o los eucaliptos gigantes de Tasmania. Su madera se comercializa como caoba africana o sapelli, lo que ha puesto a varias especies del género en situación delicada.

¿En España? No, es un árbol tropical de montaña sin cultivo posible aquí.

Las hayas rojas de Bélgica

Fagus sylvatica f. purpurea, el haya de hojas púrpura, es una variación natural con exceso de antocianinas que se detectó en varios puntos de Europa central y se ha propagado por injerto desde el siglo XVIII. Los hayedos de la Selva de Soignes, a las afueras de Bruselas, son famosos por otra razón: sus hayas comunes forman columnas rectísimas de 40 metros bajo una bóveda cerrada, lo que les ha valido el apodo de "bosque catedral" y la declaración como Patrimonio de la Humanidad.

Fagus sylvatica Purpurea, haya de hoja roja

Detalle práctico poco conocido: el color púrpura necesita sol para expresarse. Un haya roja plantada en sombra revierte a un verde bronceado apagado. Y en climas cálidos las hojas se queman con facilidad, porque el pigmento no compensa el sobrecalentamiento foliar.

¿En España? El haya es nuestra: hay hayedos magníficos en Navarra (Irati), Asturias, Cantabria, León, Burgos y el Montseny. La forma púrpura se planta en parques del norte. Lo que no funciona es intentar cultivarla en el interior seco o en el sur: el haya necesita humedad atmosférica alta y veranos suaves, y sin eso no hay riego que la salve.

General Sherman, la mayor masa viva del planeta

Esta secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum) del Parque Nacional Sequoia, en California, no es el árbol más alto (ronda los 84 metros, frente a los 115 de las secuoyas rojas costeras) ni el más viejo (se le calculan entre 2.200 y 2.700 años, frente a los más de 4.800 de algunos Pinus longaeva). Es el que tiene mayor volumen de tronco: cerca de 1.487 metros cúbicos.

La secuoya gigante tiene una corteza fibrosa de hasta 60 cm de espesor, sin apenas resina, que la hace resistente al fuego. Más aún: sus piñas necesitan el calor de los incendios de superficie para abrirse y liberar la semilla, y las plántulas requieren suelo mineral desnudo. Décadas de extinción sistemática de incendios en los parques americanos casi impidieron su regeneración natural, un caso de manual sobre lo que ocurre cuando se gestiona un ecosistema sin entenderlo.

¿En España? Sí, y muy bien. Hay secuoyas gigantes centenarias en Cantabria (el Monte Cabezón, con un rodal impresionante), Navarra, el País Vasco, Asturias y la sierra de Guadarrama. Requieren suelo profundo y fresco, y espacio: quien planta una secuoya en un jardín de 300 metros está condenando a otro a talarla.

Los olmos americanos de Central Park

El Mall de Central Park, en Nueva York, conserva una doble hilera de Ulmus americana cuyas copas se cierran sobre el paseo formando una bóveda. Su valor no es solo estético: es uno de los últimos grandes conjuntos de olmo americano que quedan en Norteamérica.

La causa es la grafiosis, la enfermedad del olmo provocada por los hongos Ophiostoma ulmi y, sobre todo, la cepa agresiva Ophiostoma novo-ulmi, transmitida por escolítidos del género Scolytus. Arrasó los olmos de Europa y América a lo largo del siglo XX. Los del Mall sobreviven gracias a un programa continuo de vigilancia, poda sanitaria, retirada inmediata de madera infectada e inyecciones de fungicida.

¿En España? Nuestros olmedas de Ulmus minor quedaron devastadas por la misma enfermedad a partir de los años ochenta. La buena noticia es que existe un programa nacional de mejora genética que ha registrado clones españoles de Ulmus minor tolerantes a la grafiosis, como 'Dehesa de la Villa', 'Majadahonda' o 'Toledo', ya disponibles para plantación. Si quieres un olmo en España, esos son los que hay que pedir.

Y en España tenemos los nuestros

No hace falta cruzar el océano. El Drago Milenario de Icod de los Vinos, en Tenerife (Dracaena draco), es probablemente el árbol más singular del país; su edad real, por cierto, se estima en unos 300-500 años y no en mil, porque los drágos carecen de anillos de crecimiento y su datación es indirecta.

A ello se suman el Tejo de Bermiego en Asturias, con más de 500 años; el Pinsapar de Grazalema, último reducto peninsular de Abies pinsapo; los castaños monumentales del Bierzo y de la Sierra de Francia; los olivos milenarios del Maestrat, en Castellón y Tarragona; y los sabinares albares de Soria y Guadalajara, con Juniperus thurifera retorcidos por siglos de frío y sequía.

En resumen

Los árboles que emocionan lo hacen por motivos concretos y comprobables: el volumen imposible del General Sherman, el tronco de 40 metros de perímetro del Árbol del Tule, la floración sincronizada de los cerezos japoneses porque todos son clones, la arquitectura tumbada del Angel Oak o la deformación por el viento del ciprés de Monterey.

Y buena parte de ellos son cultivables aquí: el ahuehuete, el arce japonés en suelo ácido, la secuoya gigante en el norte, el haya en clima fresco y húmedo, el brachychiton en el litoral mediterráneo o los olmos españoles resistentes a la grafiosis. Antes de elegir uno, lo importante es lo de siempre: el clima, el suelo y, sobre todo, el espacio del que dispones dentro de treinta años.


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