Haga la cuenta incómoda antes de comprar nada: ese arbolito de dos metros que cabe en el maletero ocupará dentro de treinta años un círculo de doce o quince metros de diámetro, dará sombra permanente a media parcela y tendrá un tronco que ya no se poda, se tala. Los árboles grandes son la decisión más duradera de un jardín y también la más difícil de rectificar. Elegidos bien, son lo único que convierte un terreno en un lugar; elegidos mal, se convierten en un problema estructural, en una factura de arboricultura y en un litigio con el vecino.
Aquí van cinco especies de porte grande y valor ornamental alto, con lo que hay que saber de cada una antes de plantarla en España y no después.
Arce falso plátano (Acer pseudoplatanus)
También llamado sicómoro o arce blanco. Alcanza de 25 a 35 metros con una copa ancha y redondeada, hoja palmeada de cinco lóbulos y un tronco que se descama en placas irregulares al envejecer, dejando manchas anaranjadas. En otoño amarillea de forma limpia, sin los rojos espectaculares de otros arces, y las variedades Atropurpureum y Brilliantissimum añaden color en el envés y en la brotación primaveral.
Para distinguirlo del arce real (Acer platanoides), con el que se confunde a diario, mire las sámaras: en el falso plátano las dos alas forman un ángulo cerrado, de unos 60 a 90 grados; en el arce real quedan casi alineadas en horizontal. Y si corta un peciolo, el arce real suelta látex blanco y el falso plátano no.
Es de las especies más agradecidas para el norte peninsular: aguanta viento, salinidad marina, suelos calizos y podas duras. Su límite está en el calor seco. En Madrid o en el valle del Ebro sufre quemaduras marginales de hoja en julio y va perdiendo ramas altas. Dos advertencias más: se resiembra con una eficacia notable, hasta el punto de comportarse como invasor en algunos hábitats europeos, así que no lo plante junto a un bosquete natural; y las manchas negras redondeadas que le salen en las hojas a finales de verano son Rhytisma acerinum, un hongo puramente estético que no requiere tratamiento alguno, por mucho que asuste.
Haya (Fagus sylvatica)
Probablemente el árbol de sombra más bello que se puede cultivar en clima fresco. Llega a 30 o 40 metros, con corteza gris lisa como piel de elefante que conserva toda la vida, hoja ovalada de borde ondulado y ciliado, y un porte de ramificación densa que en otoño pasa por el cobre y el bronce antes de caer. Muchos ejemplares jóvenes practican la marcescencia: mantienen la hoja seca colgada hasta que empuja la yema nueva en primavera.
Las formas purpúreas —Purpurea, Atropunicea, Riversii— son las más plantadas en jardín, y conviene saber que el color oscuro es más intenso a pleno sol y que reduce el crecimiento respecto al tipo. Si el espacio es escaso, la variedad Dawyck, fastigiada y estrecha, resuelve el problema de anchura sin renunciar a la especie.
El haya es exigente y no admite negociación: necesita más de 800 o 1.000 milímetros anuales, humedad atmosférica alta y veranos frescos. Por eso los hayedos peninsulares están en Navarra, el País Vasco, la cordillera Cantábrica, el Pirineo y enclaves de sierra como Montejo o la Tejera Negra, y por eso plantarla en el interior seco es tirar el dinero. Tiene raíces someras, así que no tolera compactación ni el pisoteo continuo bajo la copa, y su sombra es tan cerrada que debajo no crece prácticamente nada: no cuente con césped ni con macizos ahí. Trasplanta mal a partir de cierto tamaño; mejor comprarla pequeña y con buen cepellón.
Secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum)
Es el árbol de mayor volumen del planeta y una pieza monumental incluso de joven, con su porte cónico perfecto, el follaje escuamiforme punzante de color verde glauco y esa corteza fibrosa, color canela, que se hunde al presionarla con el dedo y que en los ejemplares viejos supera el medio metro de grosor.
En jardinería española funciona en la cornisa cantábrica, la montaña gallega, el norte de Navarra y fincas de sierra con suelo profundo y fresco. Resiste bien el frío, por debajo de -20 ºC, y lo que no perdona es el verano seco prolongado en suelo compactado. Prefiere suelos ácidos o neutros y bien drenados.
Un aviso sobre el ritmo, porque circula la idea contraria: no es un árbol lento. Con agua y suelo adecuados puede añadir entre 60 centímetros y un metro al año durante décadas. Eso significa que la distancia que hoy parece generosa deja de serlo en quince años. Radio libre mínimo de 10 metros y nunca a menos de 15 de la vivienda, la piscina o un tendido eléctrico. Es una elección para parques, fincas grandes y jardines históricos, no para una parcela de 400 metros cuadrados.
Gomero gigante (Eucalyptus regnans)
El nombre común confunde, así que conviene aclararlo: no tiene relación con los ficus que también se llaman gomeros ni con los fresnos, pese al mountain ash australiano. Es un eucalipto del sureste de Australia y Tasmania y ostenta un récord absoluto: es la planta con flor más alta del mundo, con ejemplares tasmanos por encima de los 100 metros. Su tronco es de una rectitud casi industrial, con la corteza gris desprendiéndose en tiras largas y dejando una superficie lisa que va del blanco al verde pálido.
Como ornamental en España es poco realista. Pide entre 1.000 y 1.500 milímetros anuales y veranos frescos, y aquí solo tienen sentido otros eucaliptos: Eucalyptus globulus en el noroeste húmedo o Eucalyptus camaldulensis en el suroeste seco, ambos ya con 40 a 60 metros de potencial. Antes de plantar cualquiera de ellos cerca de una casa, tres cosas: consumen mucha agua y bajan el nivel freático de su entorno inmediato, aumentan la carga de combustible en zonas de riesgo de incendio por la corteza y la hojarasca que acumulan, y sufren caída espontánea de ramas gruesas en días calurosos de verano sin viento, un fenómeno bien documentado en el género. Para un jardín pequeño hay opciones mucho más manejables como Eucalyptus gunnii o Eucalyptus parvula.
Higuera estranguladora (Ficus benghalensis)
El banyano indio empieza su vida como epífito: un pájaro deposita la semilla en la horquilla de otro árbol, la plántula germina ahí arriba y va lanzando raíces aéreas hacia el suelo. Cuando esas raíces enraízan y engordan, forman una malla que envuelve al hospedador, compite con él por la luz y acaba matándolo; el ficus queda en pie con el hueco del tronco original en su interior. Después, las ramas horizontales siguen emitiendo raíces columnares que llegan al suelo y se convierten en troncos secundarios, de modo que un solo individuo puede acabar cubriendo varias hectáreas y aparentar un bosque entero. El Great Banyan de Calcuta tiene miles de raíces columnares y una circunferencia de copa de cientos de metros.
En España al aire libre solo es viable en Canarias y en enclaves muy suaves del litoral sur, donde no hiele. En el resto es planta de interior o de invernadero. Y aún donde el clima acompaña, el problema es el volumen: los ficus de gran porte tienen raíces superficiales y agresivas que levantan pavimentos, aceras y soleras, y por eso muchos ayuntamientos han dejado de plantarlos en alcorques de calle. Los que sí verá en ciudades del sur y del Levante son otros: Ficus macrophylla, con esos contrafuertes espectaculares de los jardines de Valencia y Cádiz, y Ficus microcarpa, muy usado en alineación y hoy castigado por el psílido Macrohomotoma gladiata, que llena la brotación de filamentos cerosos blancos.
Cómo plantar bien un árbol grande
Con estas especies los errores de plantación no se manifiestan el primer año, sino a los quince o veinte, cuando ya no hay arreglo. Cuatro puntos que marcan la diferencia:
El hoyo, ancho y no hondo. Tres veces el diámetro del cepellón y la misma profundidad que este, con el cuello de la raíz al nivel del terreno o un par de centímetros por encima. Plantar hundido es la forma más rápida de pudrir el cuello. Y nada de echar grava en el fondo para «drenar»: el cambio brusco de textura crea una capa colgada y el agua se queda justo donde no interesa.
El relleno, con la tierra del sitio. Rellenar con sustrato rico hace que las raíces se queden girando dentro del hoyo, como en una maceta enterrada. La materia orgánica va arriba, en forma de acolchado de 8 a 10 centímetros que no toque el tronco.
Revise el cepellón. Si viene de contenedor y tiene raíces en espiral, córtelas o desenrédelas. Una raíz que gira acaba estrangulando el tronco años después y es una causa habitual de derribos de árboles adultos aparentemente sanos.
El tutor, bajo y provisional. Atado en el tercio inferior, para que el fuste pueda balancearse: ese movimiento es lo que engorda la base y forma madera de reacción. Retírelo a los dos años. Y sobre el riego, la regla es la misma para todos: abundante y espaciado, mojando de verdad el volumen de suelo. El riego diario y corto solo produce raíces superficiales y un árbol incapaz de aguantar un verano por su cuenta.
Una última comprobación antes de decidir: distancia a fachadas, medianeras, saneamiento y tendidos. Las raíces no «buscan» las tuberías, es un mito; lo que hacen es colonizar las fugas que ya existen. Pero un ficus o un eucalipto junto a una acera terminarán levantándola igualmente, y contra eso el único remedio es la distancia inicial.
En resumen
El arce falso plátano es la opción más versátil y resistente para el norte y para climas frescos con viento o brisa marina. El haya da la sombra más noble, pero solo donde llueva de verdad y los veranos sean frescos. La secuoya gigante es una pieza monumental que exige parque, no jardín, y crece bastante más deprisa de lo que se cree. El Eucalyptus regnans es un récord botánico sin aplicación práctica en España, donde tienen más sentido sus parientes y siempre lejos de la casa. Y la higuera estranguladora es un espectáculo biológico reservado a Canarias y al litoral sin heladas, con raíces que hay que mantener a distancia de cualquier pavimento. Elija por clima real y por espacio disponible dentro de treinta años, plante con hoyo ancho, tierra del sitio y riego profundo, y el árbol se encargará del resto durante el siglo siguiente.