En Icod de los Vinos, al norte de Tenerife, hay un drago cuya edad nadie puede determinar, y no por falta de interés: los dragos no fabrican madera como los árboles corrientes y no forman anillos de crecimiento anuales, de modo que no hay nada que contar. Se le llama Drago Milenario por costumbre, pero las estimaciones basadas en su ritmo de ramificación lo sitúan bastante por debajo de esa cifra, en varios siglos. Es un buen punto de partida para hablar de árboles raros en España, porque el más famoso de todos ya empieza desmintiendo lo que se cuenta de él.
Conviene separar dos cosas que suelen mezclarse. Un árbol puede ser raro porque la especie es ajena a nuestra flora y sorprende verla aquí, y puede serlo porque el ejemplar concreto es excepcional: enorme, antiquísimo o con una forma que no se repite. En España hay abundancia de ambas categorías, y por motivos históricos bastante concretos.
Por qué en España crecen árboles que no deberían estar aquí
Tres razones explican casi todo el catálogo de exotismo arbóreo peninsular e insular.
La ruta americana y la asiática. Durante siglos, Sevilla y Cádiz primero y los puertos atlánticos después fueron la puerta de entrada de plantas del Nuevo Mundo a Europa. Canarias funcionó además como escala obligada y como laboratorio: el Jardín de Aclimatación de La Orotava, en el Puerto de la Cruz, se creó en 1788 precisamente para que las especies tropicales americanas y asiáticas se habituaran allí a un clima intermedio antes de intentar el salto a la Península. Muchas se quedaron en el intento; otras siguen vivas en el mismo jardín.
El siglo XIX y la moda botánica. Los grandes jardines históricos —el Real Jardín Botánico de Madrid, La Concepción en Málaga, Marimurtra en Blanes, los pazos gallegos— compitieron por reunir rarezas traídas de expediciones. De aquella fiebre proceden los ginkgos, las secuoyas y las araucarias centenarias que hoy figuran en los catálogos de árboles singulares.
Los indianos. En Asturias, Cantabria y Galicia, quien volvía enriquecido de América plantaba delante de su casa una Araucaria araucana o una Araucaria heterophylla. Era una declaración de patrimonio tan explícita como la propia casa. Recorrer la costa cantábrica contando araucarias es, todavía hoy, un mapa razonablemente fiel de la emigración indiana.
A eso hay que sumar un dato climático: España reúne, en poco espacio, clima atlántico húmedo, mediterráneo, continental de meseta, alta montaña y subtropical canario. Casi cualquier árbol del mundo templado o subtropical encuentra aquí un rincón donde sobrevivir.
El drago y las rarezas canarias
Dracaena draco no es un árbol exótico en Canarias: es endemismo macaronésico, aunque en estado silvestre resulte hoy escasísimo. Su interés está en la biología. Es una monocotiledónea, pariente lejano de los espárragos y las agaves, sin crecimiento secundario verdadero: engorda mediante un meristemo particular y su tronco es fibroso, no leñoso. Ramifica sobre todo tras cada floración, lo que produce esa silueta de candelabro que se abre en pisos sucesivos. La resina rojiza que exuda al herirse, la sangre de drago, se usó como tinte y en farmacopea antigua.
La laurisilva canaria es el otro gran archivo viviente del archipiélago: un bosque de niebla superviviente del Terciario, con el til (Ocotea foetens), el viñátigo (Persea indica) o el barbusano (Apollonias barbujana), especies que en el continente desaparecieron con las glaciaciones. El Parque Nacional de Garajonay, en La Gomera, conserva la muestra mejor preservada. Y el Pinus canariensis añade una rareza funcional que muy pocos pinos del mundo comparten: rebrota de yemas latentes bajo la corteza después de arder, de modo que un pinar canario calcinado vuelve a verdear en cuestión de meses.
El castaño de las siete pernadas y los árboles trasmochos
En el noroeste peninsular, a los castaños monumentales se los identifica por el número de brazos. Una pernada es una rama gruesa que arranca de la base, y el castaño de las siete pernadas debe su nombre exactamente a eso: siete brazos que salen de un mismo pie, a menudo hueco por dentro, formando lo que parece un pequeño bosquete y es un solo individuo.
Esa forma no es un capricho de la naturaleza, y aquí conviene deshacer un malentendido frecuente. Los castaños con varios brazos gruesos son casi siempre árboles trasmochos: se les cortó la guía a cierta altura, durante generaciones, para cosechar leña y varas sin matar el árbol ni impedir que siguiera dando castañas. De cada corte brotaron varias ramas, y con los siglos esas ramas se convirtieron en troncos. El resultado es un árbol de aspecto retorcido y monstruoso que es, en realidad, una obra de ingeniería campesina.
Y esa poda repetida es lo que los ha hecho longevos. El tronco se ahueca —la madera muerta del centro se pudre y desaparece— sin que el árbol muera, porque lo vivo es la capa periférica. Un castaño hueco por el que caben tres personas puede estar perfectamente sano. La segunda idea que conviene abandonar: un árbol viejo hueco no está enfermo por estar hueco; solo ha reciclado su propio corazón.
La misma técnica dejó tejos milenarios (Taxus baccata) en Asturias, León y Ourense, hayas trasmochas de formas imposibles en el País Vasco y Navarra, y robles de brazos descomunales por toda la cornisa.
Coníferas fuera de su sitio
Secuoyas. El caso más llamativo es el bosque de secuoyas de Cabezón de la Sal, en Cantabria: una plantación experimental de Sequoia sempervirens realizada hacia los años cuarenta del siglo XX que hoy es Monumento Natural. Caminar entre troncos rojizos de esas dimensiones en pleno Cantábrico produce una desorientación difícil de explicar. Hay además Sequoiadendron giganteum aislados y espectaculares en jardines históricos y fincas del norte.
Ginkgo biloba. El fósil viviente por antonomasia, único superviviente de una división vegetal entera. Los ejemplares centenarios de jardines botánicos españoles llegaron en el XVIII y el XIX. Un apunte práctico si piensa plantar uno: es dioico, y los pies femeninos producen unas semillas carnosas que al caer y descomponerse desprenden un olor a mantequilla rancia difícil de tolerar en una acera. Se plantan siempre ejemplares masculinos injertados.
Metasequoia glyptostroboides. Se conocía solo por fósiles hasta que en 1941 se encontró viva en China. Es una conífera de hoja caduca, cosa poco frecuente, que en otoño se vuelve de un cobrizo intenso antes de desnudarse. Necesita suelo fresco y funciona bien en el norte húmedo.
Araucarias. La Araucaria araucana chilena, con sus ramas de escamas punzantes, prospera en el norte lluvioso; la Araucaria heterophylla, de la isla Norfolk, prefiere el litoral templado y Canarias, donde alcanza alturas notables y se reconoce a kilómetros por su silueta de pisos regulares.
Tropicales que hacen sombra en las plazas
Ficus macrophylla. El higuerón australiano es responsable de algunos de los árboles más impresionantes de España. Los ejemplares del Parque Genovés y la Alameda de Cádiz, o los del Paseo del Parque de Málaga, desarrollan raíces tabulares —contrafuertes verticales, aplanados como tabiques— que pueden superar la altura de una persona, además de raíces aéreas que cuelgan de las ramas. Son árboles de una escala que no admite jardín particular: su copa cubre sin esfuerzo media plaza.
Ceiba speciosa, el palo borracho. Tronco verde, fotosintético, ensanchado en forma de botella y erizado de aguijones cónicos, con flores rosadas en otoño y unas cápsulas que se abren soltando una borra algodonosa. Muy plantado en Valencia, Málaga y el sur.
Phytolacca dioica, el ombú o bellasombra. Aquí hay otra rareza técnica: no es un árbol verdadero. Su tronco enorme y abombado no tiene madera propiamente dicha, sino un tejido blando y aguanoso; se puede cortar con un cuchillo y no sirve de leña. Crece rapidísimo, sus raíces superficiales levantan cualquier pavimento cercano y por eso hoy se planta poco, aunque los ejemplares viejos de Andalucía son visita obligada.
Jacaranda mimosifolia. Ya no es una rareza —tiñe de azul Sevilla, Málaga y Cádiz cada mayo—, pero merece una mención porque florece antes de echar la hoja, y esa desnudez es la que hace que la copa parezca una nube sólida de color.
Rarezas que son de aquí
Buscar lo exótico fuera despista un poco, porque España conserva reliquias vegetales que no existen en ningún otro sitio.
El pinsapo (Abies pinsapo) es un abeto mediterráneo relicto de los bosques del Terciario, acorralado en la Sierra de las Nieves, Grazalema y Sierra Bermeja. Se reconoce porque sus acículas cortas y rígidas salen en todas las direcciones alrededor de la ramilla, como un cepillo, en lugar de peinarse en dos filas como el resto de abetos.
La sabina albar (Juniperus thurifera) forma bosques abiertos en las parameras frías de Soria, Guadalajara y Teruel, donde casi ningún otro árbol resiste la combinación de sequía estival y heladas fuertes. El sabinar de Calatañazor es el ejemplo canónico, con ejemplares centenarios de porte bajo y retorcido.
Y el tejo (Taxus baccata), el árbol más longevo de nuestra flora, con ejemplares de los que se sospechan más de mil años. Es venenoso en todas sus partes salvo en el arilo rojo carnoso que rodea la semilla, y ese veneno, la taxina, tiene un pariente farmacológico célebre: los taxanos empleados en quimioterapia se aislaron a partir de tejos.
Si quiere plantar un árbol exótico
Primero, la legalidad. Varias especies llamativas están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe su comercialización y plantación. Entre ellas el ailanto (Ailanthus altissima), la mimosa (Acacia dealbata) y otras acacias australianas. No es burocracia caprichosa: el ailanto rebrota de raíz a diez metros del tronco y coloniza taludes enteros; la mimosa ha transformado el paisaje del noroeste tras los incendios. Si un vivero se las ofrece, desconfíe del vivero.
Segundo, la resistencia al frío real de su parcela. Que un flamboyán o una ceiba prosperen en Málaga capital no significa que aguanten a treinta kilómetros tierra adentro. Las heladas de irradiación en valles y hondonadas son mucho más severas que en la costa, aunque el mapa diga lo mismo. Fíjese en lo que sobrevive adulto en su municipio, no en su provincia.
Tercero, el espacio. El error clásico con los exóticos es infravalorar su tamaño final, porque el árbol tarda en revelarlo. Un Ficus macrophylla en maceta parece manejable. En veinte años ha levantado el garaje.
Cuarto, si el árbol ya existe y es viejo, no lo toque. Los árboles singulares y monumentales están protegidos por los catálogos autonómicos, y podar o dañar uno acarrea sanciones. Además, las intervenciones bienintencionadas —rellenar huecos con cemento, cortar la madera muerta interna, aportar tierra sobre las raíces— han matado más árboles centenarios que el abandono.
Dónde verlos
Para exotismo concentrado: el Jardín de Aclimatación de La Orotava en Tenerife, el Jardín Botánico Histórico La Concepción en Málaga, el Real Jardín Botánico de Madrid, Marimurtra en Blanes y el Jardín Botánico de Valencia. Para lo singular en su sitio: los castaños y tejos del noroeste, el sabinar de Calatañazor, los pinsapares de la Serranía de Ronda, la laurisilva de Garajonay y las secuoyas de Cabezón de la Sal.
Cada comunidad autónoma mantiene además un catálogo público de árboles singulares o monumentales, con fichas, coordenadas y medidas. Es la mejor guía disponible para planificar una visita y es de acceso libre.
En resumen
Los árboles raros de España se reparten en dos familias distintas. Por un lado están los forasteros —dragos, ficus australianos, secuoyas, araucarias, ginkgos, ceibas— que llegaron por las rutas comerciales, los jardines de aclimatación y el dinero de los indianos, y que sobreviven gracias a la enorme variedad climática del país. Por otro están los ejemplares excepcionales de especies de aquí: castaños trasmochos de siete pernadas, tejos milenarios, sabinas de páramo y pinsapares relictos, cuya rareza no viene de lejos sino del tiempo y, muy a menudo, del uso que les dio la gente que vivía a su lado.
Si va a plantar uno, compruebe que la especie no esté catalogada como invasora, mida el frío real de su parcela y calcule el tamaño adulto sin optimismo. Y si el árbol raro ya está ahí y lleva cuatro siglos apañándoselas solo, lo más útil que puede hacer por él es dejarlo en paz.