No existe el árbol de poca raíz. Existe el árbol pequeño, el de raíz profunda en vez de somera y el que no va buscando agua a diez metros de distancia; pero ninguna especie sostiene una copa de ocho metros con un sistema radicular de juguete. Conviene empezar por ahí, porque la búsqueda de «árboles con poca raíz» suele esconder un problema muy concreto: una piscina cerca, una acera que se levanta, una tubería de saneamiento, un muro medianero o un jardín de cincuenta metros cuadrados donde no cabe un plátano de sombra.

La buena noticia es que ese problema tiene solución, y que las especies adecuadas existen. Solo que el criterio de selección no es «tener poca raíz», sino tener una raíz proporcionada, profunda y no invasiva, y estar plantada donde le corresponde.

Cómo son realmente las raíces de un árbol

Hay una imagen mental muy extendida, la del árbol con una raíz principal que baja recta como un espejo de la copa. No es así en la inmensa mayoría de las especies adultas. Un árbol establecido tiene un sistema radicular que se parece más a un plato ancho y poco hondo: entre el 80 y el 90 % de las raíces vive en los primeros 60 centímetros de suelo, y se extiende lateralmente hasta una distancia de una vez y media a tres veces el radio de la copa.

La raíz pivotante existe en la plántula y en algunas especies jóvenes, pero en cuanto encuentra suelo compacto o falta de oxígeno se detiene y el árbol reparte el trabajo entre raíces horizontales. Las raíces necesitan aire tanto como agua: por eso suben hacia la superficie, no por maldad ni por buscar la casa.

De aquí salen dos consecuencias prácticas. La primera es que la anchura de la copa es la mejor estimación gratuita de la anchura de la raíz: si eliges un árbol que a los veinte años tendrá cuatro metros de copa, tendrás unas raíces repartidas en un radio de tres a seis metros, y ese es tu problema real, no la especie en abstracto. La segunda es que las raíces van donde hay agua y aire. Si riegas a diario un metro cuadrado junto al tronco, las raíces se quedan ahí y quedan someras. Si riegas abundante y espaciado en un círculo ancho, bajan.

El mito de la raíz que rompe la tubería

Es la creencia más repetida y merece corrección. Una raíz no perfora una tubería de saneamiento sana. Lo que ocurre es lo contrario: la junta o la fisura ya existían, por asentamiento del terreno, mala ejecución o envejecimiento del material, y por ahí escapa un vapor cargado de humedad y nutrientes que la raíz detecta y sigue. Una vez dentro, sí engorda y acaba obstruyendo el conducto. La raíz no causa la avería, la aprovecha y la agrava. En tuberías modernas de PVC con junta elástica y bien instaladas, el problema es raro.

Con los pavimentos sí hay culpabilidad directa: una raíz que engorda bajo una losa de 40 centímetros de tierra la levanta sin dificultad. Y con las cimentaciones, el mecanismo tampoco es el que se imagina. En suelos arcillosos expansivos, un árbol grande extrae tanta agua en verano que la arcilla se retrae y el terreno cede de forma desigual bajo la casa; en invierno se hincha de nuevo. Ese ciclo, y no un empuje mecánico de la raíz, es lo que agrieta los muros. En suelos arenosos o pedregosos el riesgo es prácticamente nulo.

La traducción operativa es sencilla: en suelo arcilloso, aumenta las distancias a la edificación; en suelo drenante, preocúpate sobre todo del pavimento y de las conducciones viejas.

Distancias mínimas orientativas

Como regla de trabajo, un árbol debería plantarse a una distancia de la construcción similar a la altura que alcanzará de adulto, y nunca a menos de la mitad. Con los árboles pequeños que trata este artículo, las cifras razonables son:

A un muro o fachada: 3 a 4 metros para especies de hasta 6 metros de altura.
A un vaso de piscina: 4 a 5 metros como mínimo, más por la hoja y el fruto que caen dentro que por la raíz.
A una acera, solado o pavimento de baldosa: 2,5 a 3 metros, salvo que se instale una barrera antirraíces.
A una conducción enterrada de saneamiento: 3 metros, y más si la tubería es antigua, de gres o de fibrocemento.
Entre dos árboles pequeños: 4 a 5 metros, para que las copas no se estorben.

Cuando no hay espacio, la barrera antirraíces resuelve bastante. Es una lámina rígida de polipropileno enterrada en vertical entre el árbol y lo que se quiere proteger, con dos condiciones que se incumplen a menudo: debe llegar a 60-80 centímetros de profundidad y sobresalir un par de centímetros del suelo, porque si queda enterrada las raíces pasan por encima. No es un tubo alrededor del cepellón: eso estrangula el árbol.

Cercis siliquastrum, el árbol del amor

Si hubiera que elegir un solo árbol para un jardín pequeño en España, este sería un candidato serio. El árbol de Judas o del amor se queda en 5 a 8 metros, con copa redondeada e irregular, raíz profunda y contenida, y una floración inolvidable: en marzo y abril se cubre de flores rosa magenta que brotan directamente del tronco y de las ramas viejas, antes de que salgan las hojas. Estas son acorazonadas, y en otoño amarillean bien.

Es una leguminosa mediterránea, así que tolera la caliza, la sequía una vez establecida y el calor sin queja. Aguanta hasta -12 o -15 ºC. Su único requisito de verdad es el drenaje: en suelo encharcadizo se pudre. Detesta el trasplante en ejemplares adultos, así que conviene plantarlo joven y en su sitio definitivo. Crecimiento medio-lento, unos 25 a 35 centímetros al año, lo que en este contexto es una ventaja.

Bauhinia, el árbol orquídea para clima suave

Flores del árbol orquídea, Bauhinia monandra, de pétalos rosados

Las bauhinias son árboles pequeños, de 5 a 8 metros, con hojas bilobuladas inconfundibles, como una pezuña o una mariposa, y flores grandes que recuerdan a orquídeas. Su sistema radicular es moderado y no da problemas en jardines pequeños. Las más vistas en España son Bauhinia variegata, que florece en rosa lila entre febrero y abril y pierde la hoja en invierno, y Bauhinia forficata, de flor blanca y algo más resistente al frío.

La limitación es térmica y hay que tomársela en serio: por debajo de -2 ºC sufren, y una helada de -4 o -5 ºC mata los ejemplares jóvenes. Su territorio en España es la costa mediterránea, Andalucía occidental, el litoral atlántico sur y las islas. En Madrid, Valladolid o Zaragoza no es una apuesta razonable en suelo. Prefieren suelo fértil y drenado, riego regular en verano y protección frente a vientos fríos.

Cítricos: sombra baja, perenne y perfumada

El naranjo, el limonero, el mandarino o el naranjo amargo (Citrus × aurantium) son una opción excelente para patios y jardines pequeños, y su raíz es de las más contenidas que se pueden plantar. Se quedan entre 4 y 6 metros, mantienen la hoja todo el año, dan una sombra baja y densa, y perfuman el jardín en primavera con el azahar.

El naranjo amargo merece una mención aparte: es el más rústico del género, el más tolerante a la caliza, el que mejor resiste el frío del grupo y el que se usa como patrón precisamente por la solidez de su raíz. Es el árbol de calle de Sevilla y Córdoba por buenos motivos.

Dos advertencias. Los cítricos no toleran el encharcamiento ni el suelo pesado; en arcilla compacta amarillean y se asfixian. Y son sensibles a la clorosis férrica en suelos muy calizos regados con agua dura: la hoja se vuelve amarilla con los nervios verdes, y se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que funciona con pH alto. En cuanto al frío, aguantan bien hasta -3 o -4 ºC; por debajo de eso, y con heladas persistentes, no son viables en suelo.

Prunus ornamentales

El género Prunus aporta varios árboles pequeños de raíz razonable y floración espectacular a principios de primavera.

Prunus cerasifera 'Pissardii', el ciruelo rojo, es probablemente el más plantado en España: 5 a 7 metros, hoja púrpura durante toda la temporada, flor rosa pálido en febrero o marzo, muy tolerante a la caliza, a la sequía y a la poda. Fructifica poco o nada según el ejemplar.

Prunus serrulata, el cerezo japonés de flor, da la floración más espectacular del grupo, pero es más exigente: quiere suelo fresco, drenado y no excesivamente calizo, y sufre en veranos muy secos. Va mejor en el norte y en zonas de clima templado.

Prunus mahaleb, el cerezo de Santa Lucía, es el más rústico de todos y el menos conocido: aguanta suelos pobres, calizos y secos donde ningún otro Prunus ornamental prospera, se queda en 6 u 8 metros y tiene una flor blanca perfumada muy agradable. Para el interior peninsular seco es una elección infravalorada.

Con los Prunus conviene saber que son sensibles a chancros y gomosis. La norma es no podarlos nunca en invierno húmedo: la poda se hace a finales de verano o justo después de la floración, con las heridas secando rápido.

Arces de porte pequeño

No todos los arces sirven aquí. El arce blanco (Acer pseudoplatanus) llega a 30 metros y no tiene sitio en un jardín pequeño. Los que sí encajan son otros:

Acer campestre, el arce menor o de Montpellier, es autóctono, se queda en 8 a 12 metros, tolera la caliza y la sequía moderada mejor que ningún otro arce, y tiene una raíz densa pero poco agresiva. Es la mejor opción del género para clima peninsular continental.

Acer palmatum, el arce japonés, es de raíz muy contenida y porte reducido, entre 3 y 6 metros. A cambio exige suelo ácido o neutro, agua de riego poco calcárea, sombra de tarde y humedad ambiental. Fuera del norte húmedo suele acabar plantado en maceta grande con sustrato específico. Da sombra ligera, no densa.

Sobre Acer negundo, que aparece con frecuencia en listados de este tipo, hay que decirlo con claridad: crece rápido y es de raíz somera y expansiva, se resiembra sin control, tiene madera muy frágil y figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. No es recomendable plantarlo.

Ligustrum lucidum, con reservas

Copa densa y perenne de Ligustrum lucidum, el aligustre del Japón

El aligustre del Japón aparece siempre en estas listas porque hace mucho de lo que se le pide: crece deprisa, es perenne, da una sombra muy densa, aguanta caliza, sequía, contaminación y heladas de hasta -10 ºC, y su raíz no es especialmente problemática. Se puede mantener sin dificultad en 6 u 8 metros con poda.

Ahora bien, para un jardín pequeño tiene tres inconvenientes que hay que ponderar. Su polen es fuertemente alergénico y florece en junio y julio. Sus frutos negros, abundantísimos, manchan durante meses lo que quede debajo, lo que descarta plantarlo junto a una piscina, un porche o una zona de aparcamiento. Y las aves dispersan esas semillas con eficacia, hasta el punto de que en zonas de clima templado y húmedo se comporta como invasora en riberas y setos.

Si nada de eso te afecta, es un árbol de sombra sólido y agradecido. Si tienes alérgicos en casa o una piscina cerca, hay mejores opciones en esta misma lista.

Otros árboles pequeños que funcionan muy bien

Lagerstroemia indica. El árbol de Júpiter florece de julio a septiembre, cuando todo lo demás ha terminado, se queda en 4 a 7 metros, tiene raíz muy contenida, corteza decorativa y buen color otoñal. Aguanta el calor y la caliza. Necesita sol pleno y buen drenaje; en sombra florece mal y coge oídio.

Koelreuteria paniculata. Copa aparasolada de 8 a 10 metros, sombra ligera, floración amarilla en julio y frutos en farolillo muy decorativos. Resistente a sequía, calor, contaminación y suelos pobres. Raíz profunda y bien educada.

Arbutus unedo. El madroño es autóctono, perenne, de 4 a 6 metros, con raíz muy poco problemática y una tolerancia a la sequía extraordinaria una vez establecido. Fruto comestible en otoño. Prefiere suelos ácidos o neutros, aunque tolera calizas si no son extremas.

Punica granatum. El granado, en su versión arbórea, se queda en 4 o 5 metros, tiene raíz muy contenida, aguanta calor, sequía, salinidad y suelos calizos, y da flor naranja intensa en mayo y junio además de fruta.

Laurus nobilis. El laurel es perenne, tolera la poda de manera excepcional, sirve como pantalla o como arbolillo de 5 o 6 metros y tiene raíz contenida. Su único vicio es rebrotar de la base, y se controla con facilidad.

Lo que no se debe plantar cerca de la casa

Para cerrar el criterio, las especies que causan la mayor parte de los daños documentados a pavimentos, muros y conducciones son de raíz somera, expansiva y ávida de agua: Populus (chopos y álamos), Salix (sauces), Ficus (sobre todo Ficus macrophylla y Ficus elastica, muy plantados en el litoral), Platanus × hispanica, Robinia pseudoacacia, Ailanthus altissima, Tipuana tipu, Ulmus pumila y las moreras (Morus) plantadas demasiado cerca. Ninguna de ellas debería estar a menos de siete u ocho metros de una construcción, y varias no deberían plantarse en absoluto en jardín pequeño.

Plantación y cuidados para que la raíz vaya hacia abajo

Época. De noviembre a febrero, con el suelo no helado, y preferiblemente a raíz desnuda si la especie lo admite, que es más barato y enraíza mejor. Los ejemplares en contenedor pueden plantarse casi todo el año, pero incluso ellos agradecen el otoño.

Revisa el cepellón. Un árbol que lleva demasiado tiempo en maceta tiene las raíces girando en círculo pegadas a la pared del contenedor. Si se planta así, seguirán girando y en diez años estrangularán su propio tronco. Hay que abrir el cepellón por los lados con una navaja, hacer tres o cuatro cortes verticales y desenredar las raíces exteriores hacia fuera. Es el gesto más rentable de toda la plantación.

Hoyo ancho y poco profundo. Un metro de diámetro por 50 o 60 centímetros de fondo, con las paredes y el fondo picados para que la raíz pueda salir. No aportes tierra mucho más rica que la del entorno: si el hoyo es una isla de sustrato fértil, la raíz se queda dentro en lugar de explorar.

Cuello a nivel del suelo. El ensanchamiento donde el tronco pasa a raíz debe quedar visible, a ras. Enterrarlo es el error que más árboles jóvenes mata, y lo hace despacio, en dos o tres años, por pudrición de la base.

Riego profundo y espaciado. Es la palanca directa sobre la profundidad de la raíz. Un riego largo cada cuatro o cinco días en verano, mojando bien 40 o 50 centímetros de perfil, produce raíces hondas. El riego diario y corto, o el goteo mal programado con dos goteros junto al tronco, produce una raíz superficial, dependiente y precisamente la que levanta pavimentos. Los tres primeros veranos son los que deciden.

Acolchado, no césped. Un círculo de 80 o 100 centímetros con corteza o astilla, sin tocar el tronco. El césped al pie de un árbol joven compite con ventaja por el agua y el nitrógeno.

Abonado moderado. Una aportación de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno basta para casi todos estos árboles. El exceso de nitrógeno produce crecimientos blandos, propensos al pulgón y a los hongos, y una raíz vaga.

Poda a la baja intensidad. En árboles pequeños de jardín, poda de formación en los primeros años y después solo limpieza de ramas secas, cruzadas o mal orientadas. El terciado o desmochado, cortar las ramas gruesas a la mitad, arruina la estructura, provoca rebrotes débiles y abre la puerta a las pudriciones. Y en Prunus y cítricos, nunca en pleno invierno húmedo.

En resumen

«Poca raíz» no es una propiedad de la especie, sino el resultado de combinar un árbol de porte proporcionado, una raíz profunda y no oportunista, y una distancia sensata a lo que quieres proteger. Cercis siliquastrum, Lagerstroemia indica, Prunus cerasifera 'Pissardii', Acer campestre, los cítricos, el madroño y el granado cumplen las tres cosas en clima peninsular; las bauhinias también, siempre que no bajes de -2 ºC.

Las raíces no rompen tuberías sanas ni empujan cimientos: entran en conducciones ya fisuradas y, en suelos arcillosos, secan el terreno hasta hacerlo ceder. Y sobre todo, la profundidad de la raíz la decides tú con el riego. Riega mucho y de tarde en tarde, acolcha, no entierres el cuello y abre el cepellón antes de plantar: con eso evitarás más problemas de raíz que eligiendo la especie de moda.


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