Conviene mirar con cierta desconfianza las fotos de cerezos japoneses en flor. Ese espectáculo dura entre siete y diez días al año, y en gran parte de España ni siquiera eso, porque el árbol necesita inviernos fríos y veranos amables que aquí solo se dan al norte del Sistema Central o en altura. Elegir un árbol de flor rosa por una fotografía es la forma más habitual de acabar con un ejemplar mediocre que florece tres días y se pasa el verano con las hojas quemadas. Hay alternativas que dan rosa durante dos o tres meses seguidos y aguantan 40 °C en agosto.
Qué rosa se quiere y cuándo
Bajo la etiqueta «flores rosas» caben cosas muy distintas. El rosa malva del árbol del amor, que sale directamente del tronco en marzo; el rosa algodón de la acacia de Constantinopla, hecho de estambres y no de pétalos; el rosa fucsia del árbol de Júpiter, que empieza cuando ya no queda nada más en flor en el jardín. Tienen en común el color y poco más: distinta época, distinta duración y distintas exigencias de suelo.
Antes de decidirse, merece la pena fijar dos datos. El primero, en qué mes interesa la flor: hay rosa disponible de febrero a noviembre, pero ninguna especie cubre más de un tramo. El segundo, si el suelo es calizo, que es lo normal en el interior peninsular, en el valle del Ebro y en buena parte del Levante. La caliza descarta de entrada a las magnolias y complica la vida a los cerezos ornamentales, mientras que el árbol del amor o el árbol de Júpiter la aceptan sin inmutarse.
Árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica)
Si solo se puede plantar un árbol de flor rosa en clima mediterráneo, es este. Florece de julio a septiembre, justo cuando el jardín está apagado, con panículas de flores de pétalos rizados como papel de seda en toda la gama del rosa, del pálido al fucsia. Se queda entre 4 y 8 metros, con un porte que admite formarse como árbol de un tronco o como arbolito multitronco, y no se acaba ahí: la corteza se exfolia en placas dejando un tronco liso color canela que luce todo el invierno, y la hoja se vuelve naranja y roja en otoño.
Tolera la sequía una vez establecido, tolera la caliza y resiste en torno a −15 °C cuando ya es adulto, aunque los ejemplares jóvenes pueden perder las puntas con heladas fuertes. Su única condición innegociable es sol directo y calor: en el norte húmedo y fresco florece mal y coge oídio con facilidad.
Precisamente el oídio, ese polvillo blanco sobre las hojas, es su problema clásico en zonas de humedad ambiental alta. Se resuelve eligiendo bien: los híbridos de Lagerstroemia indica × fauriei —'Tuscarora', 'Sioux', 'Muskogee'— son notablemente resistentes al hongo y además tienen mejor corteza.
Y una corrección importante, porque el error se repite en cada calle: el árbol de Júpiter no se desmocha. Es cierto que florece en madera del año y que se poda a final de invierno, pero eso significa aclarar y acortar los brotes del año anterior, no serrar todas las ramas por el mismo punto hasta dejar muñones con nudos. El desmoche produce brotes largos y débiles que se doblan con el peso de la flor, arruina la silueta y destruye el tronco exfoliante, que es la mitad del atractivo de la planta.
Árbol del amor (Cercis siliquastrum)
Es una planta mediterránea, de la cuenca oriental, y eso se nota en todo: aguanta la caliza, la sequía estival y los −15 °C sin pestañear. En marzo y abril, antes de sacar hoja, se cubre de flores rosa malva que brotan directamente del tronco y de las ramas viejas, un fenómeno llamado cauliflora que en el resto de la flora europea es rarísimo. Después llegan las hojas, redondeadas y acorazonadas, de un verde azulado limpio, y en otoño amarillean bien.
Se queda en 6 a 10 metros y tiende a hacer varios troncos si se le deja, con una copa irregular y abierta que da un aire de árbol viejo desde joven. Las flores son comestibles y de sabor ácido, y se usan en ensalada.
Su punto flaco está bajo tierra: tiene raíz pivotante y trasplanta mal en tamaño grande. Un ejemplar plantado con 6 o 7 centímetros de perímetro puede quedarse dos años parado; uno pequeño, en contenedor de 10 o 15 litros, arranca sin problema y en cinco años le ha adelantado. Prefiere suelos con drenaje, ligeramente calizos, y no soporta encharcamiento: en suelos pesados y regados en exceso aparecen chancros y muerte de ramas.
Acacia de Constantinopla (Albizia julibrissin)
Ni es acacia ni viene de Constantinopla —procede de Asia, de Irán a China—, pero da uno de los rosas más singulares que existen: cada flor es un penacho de estambres largos, rosa intenso en la punta y blanco en la base, agrupados en cabezuelas que parecen borlas. Florece de junio a septiembre y perfuma al atardecer. La hoja, bipinnada y finísima, se pliega de noche y filtra la luz en lugar de bloquearla, lo que la convierte en el árbol de sombra por excelencia para una terraza.
Crece rápido, resiste sequía y calor, aguanta hasta −15 °C y forma una copa aparasolada, mucho más ancha que alta, de 6 a 10 metros. A cambio hay que asumir tres cosas. Brota muy tarde, en mayo, así que está desnuda durante toda la primavera. Resiembra con abundancia y sus plántulas salen por todas partes. Y es sensible a la marchitez por Fusarium, una enfermedad vascular que mata ejemplares adultos en una o dos temporadas sin aviso previo; no tiene tratamiento, y suele acortar su vida a unos 20 o 30 años. Es un árbol excelente, pero no es un árbol para plantar pensando en los nietos.
Cerezo de flor japonés (Prunus serrulata)
La variedad que casi siempre se vende es 'Kanzan', de flores dobles rosa fuerte en abril, con porte de copa en jarrón. Es espectacular durante unos diez días y luego es un árbol correcto sin más, con hoja bronceada al brotar y buen color otoñal.
El problema es de encaje climático. Necesita horas de frío invernal para florecer bien, humedad de suelo constante en verano y terrenos sueltos y no muy calizos. En Galicia, la cornisa cantábrica, el norte de la Meseta o zonas de montaña rinde bien; en el sur y el Levante, con suelo calizo y agua de riego dura, sufre clorosis, gomosis y ataques de pulgón, y va perdiendo ramas cada año. Además va injertado sobre patrón de Prunus, que en secano y calor extremo tampoco ayuda.
Para clima más duro hay dos sustitutos honestos. Prunus cerasifera 'Pissardii', el ciruelo rojo, que florece en febrero y marzo con flores rosa pálido antes de la hoja y aguanta suelo calizo y sequía mucho mejor. Y los manzanos ornamentales, Malus floribunda y similares, con capullos carmín que abren en rosa y frutitos decorativos que duran hasta el invierno.
Ciclamor del Canadá (Cercis canadensis)
Primo americano del árbol del amor, con la misma floración cauliflora en marzo, algo más temprana, y flores de un rosa más frío y luminoso. Hojas más grandes, más finas y de punta acuminada, con variedades muy vendidas: 'Forest Pansy', de hoja púrpura oscura, y 'Silver Cloud', jaspeada de blanco.
La diferencia práctica con Cercis siliquastrum hay que tenerla clara antes de comprar, porque en el vivero se venden como si fueran intercambiables y no lo son: el canadiense pide más humedad y tolera mucho peor la caliza y el sol abrasador. En un jardín del interior seco, a pleno sol y con agua dura, 'Forest Pansy' quema los bordes de la hoja en julio y amarillea. Su sitio está en zonas de veranos menos extremos, en suelo fresco y con algo de sombra en las horas centrales. En el resto, el mediterráneo es la elección correcta.
Magnolia estrellada (Magnolia stellata 'Rosea')
Más arbusto grande que árbol: se queda en 3 o 4 metros después de muchos años, porque crece muy despacio. A cambio florece antes que casi nada, entre febrero y marzo, con flores de numerosos tépalos estrechos, rosa pálido al abrir y casi blancas después, sobre ramas todavía desnudas.
Exige suelo ácido o neutro, fresco y rico en materia orgánica; en caliza entra en clorosis y no hay quelato que la salve a largo plazo. Y tiene un riesgo estructural en clima continental: florece tan pronto que una helada de −3 °C en pleno periodo de apertura convierte la floración del año en pétalos marrones en una sola noche. Plantarla resguardada de los vientos fríos y del sol de primera hora de la mañana —el deshielo rápido es lo que estropea los pétalos— reduce mucho el problema. Sus raíces son superficiales y carnosas: nada de cavar debajo, y acolchado de corteza de pino todos los años.
Guayacán rosado y palo borracho: solo sin heladas
El guayacán rosado (Tabebuia rosea, y su pariente Handroanthus impetiginosus) cubre la copa desnuda de trompetas rosa lila en una floración masiva y corta. Es un árbol tropical: no aguanta heladas, y en España solo es viable en Canarias y en enclaves litorales excepcionalmente suaves. Su floración se dispara con un periodo seco, así que en jardines regados con frecuencia puede florecer de forma irregular durante años.
El palo borracho (Ceiba speciosa, antes Chorisia speciosa) es algo más tolerante y se ve plantado en calles de Valencia, Málaga, Sevilla o Alicante. Florece en otoño, de septiembre a noviembre, con flores rosas de 10 a 15 centímetros y garganta crema jaspeada, muchas veces con el árbol casi sin hoja. Un ejemplar adulto puede resistir alguna helada breve de −3 °C, pero los jóvenes no. Dos avisos: el tronco, ensanchado en forma de botella, está cubierto de aguijones cónicos duros, así que no es árbol para plantar junto a un paso estrecho o donde jueguen niños; y necesita mucho espacio, porque supera fácilmente los 12 metros con raíces potentes.
Un calendario de rosa, de febrero a noviembre
La forma de tener rosa buena parte del año no es plantar el mismo árbol tres veces, sino escalonar especies. Un esquema que funciona en clima mediterráneo con suelo calizo:
Febrero–marzo: Prunus cerasifera 'Pissardii'. Marzo–abril: Cercis siliquastrum. Abril–mayo: manzano ornamental o Robinia pseudoacacia 'Casque Rouge', de racimos colgantes rosados y buena tolerancia a la sequía. Junio–septiembre: Albizia julibrissin. Julio–septiembre: Lagerstroemia indica. Septiembre–noviembre: Ceiba speciosa donde el clima lo permita, o Hibiscus syriacus de flor rosa en el resto.
En un jardín pequeño, con dos de esa lista —árbol del amor y árbol de Júpiter— ya se cubre de marzo a septiembre con especies que no piden riego una vez asentadas.
Cómo plantarlos para que florezcan de verdad
Plantar en otoño, no en primavera. De octubre a diciembre el suelo aún está templado y las lluvias hacen el trabajo; el árbol emite raíz durante el invierno y llega a su primer verano con reservas. Una plantación de abril obliga a regar sin descanso y multiplica el estrés.
No enterrar el cuello. El punto donde el tronco ensancha debe quedar a nivel del suelo. Enterrado, aparecen podredumbres de cuello que tardan dos o tres años en matar el árbol y que se confunden con «falta de riego».
Cuidado con el injerto. En Prunus, Robinia o magnolias injertadas, el punto de injerto tiene que quedar por encima del suelo, y hay que eliminar cualquier brote que salga por debajo: si no, el patrón acaba dominando y desaparece la variedad de flor rosa que se compró.
Menos nitrógeno. Un árbol de flor abonado con exceso de nitrógeno hace brotes largos y hoja, y retrasa la floración. El estrés hídrico moderado al final del verano, en cambio, favorece la inducción floral en varias de estas especies.
Podar en su momento. Lo que florece antes de junio sobre madera vieja —Cercis, cerezos, magnolias— se poda inmediatamente después de la flor, y poco. Lo que florece en verano sobre brotes del año —Lagerstroemia, Albizia, Hibiscus— se poda al final del invierno. Podar un ciclamor en enero es cortar la floración de marzo con las propias manos.
En resumen
Para la mayor parte de España, la pareja más fiable de árboles de flor rosa es Cercis siliquastrum en primavera y Lagerstroemia indica en verano: los dos aguantan caliza, calor y sequía, tienen tamaño de jardín y aportan algo más que la flor —hoja acorazonada y color otoñal el primero, corteza exfoliante y otoño encendido el segundo—. La acacia de Constantinopla añade una floración larga y una sombra ligera insuperable, a cambio de una vida corta y del riesgo de Fusarium. El cerezo japonés y Cercis canadensis piden climas más frescos y suelo menos calizo de lo que se admite en el vivero, y la magnolia estrellada solo funciona en suelo ácido y resguardada de heladas tardías. Guayacán rosado y palo borracho quedan para zonas sin heladas, y el segundo, además, exige espacio y prudencia por sus aguijones. Elegido el árbol, lo que decide el resultado es plantar en otoño, no enterrar el cuello y podar cada especie en su época.