Un roble adulto puede subir varios cientos de litros de agua al día desde el suelo hasta las hojas, a veinte metros de altura, sin bomba y sin gastar un solo julio de energía metabólica en ese transporte. Lo hace aprovechando la evaporación en las hojas y la cohesión entre moléculas de agua dentro de unos conductos más finos que un cabello. Ese detalle, que suele pasar desapercibido, explica bastante bien qué clase de organismo es un árbol: una estructura que ha resuelto por vía física problemas que un animal resolvería gastando energía.

A continuación, qué es exactamente un árbol, cómo está construido, dónde vive, para qué sirve, cuáles elegir para un jardín en España y algunas cosas raras que hacen y que no siempre se explican bien.

Qué es un árbol (y qué no lo es)

Un árbol es una planta leñosa perenne con un tronco principal claramente diferenciado que se ramifica a cierta altura y que crece en grosor año tras año. Ese último punto es el que define la categoría: el engrosamiento se debe al crecimiento secundario, la actividad de un anillo de células llamado cambium vascular que fabrica madera hacia dentro y corteza hacia fuera.

Conviene aclarar algo que se repite mucho y es inexacto: «árbol» no es un grupo taxonómico. No existe una rama del árbol de la vida que agrupe a los árboles. Es una forma de crecimiento que ha aparecido de manera independiente decenas de veces en linajes muy alejados entre sí: coníferas, hayas, palmeras, helechos arborescentes, drago, incluso algunas margaritas insulares que se hicieron leñosas en Canarias. Un manzano está más emparentado con una fresa que con un pino.

De ahí sale otra corrección clásica. Una palmera no es un árbol en sentido botánico estricto: es una monocotiledónea sin cambium, que no tiene madera verdadera ni anillos de crecimiento. Su tronco (estipe) alcanza el grosor definitivo cuando es joven y ya no engorda más; lo que crece es hacia arriba. Por eso una palmera no se puede podar como un árbol ni cicatriza las heridas del tronco igual, y por eso su edad no se lee contando anillos.

La frontera entre árbol y arbusto tampoco es una línea nítida. Se suele poner en los cinco metros de altura y en la existencia de un eje único, pero muchas especies se comportan de una manera u otra según el clima, el suelo o la poda: el madroño (Arbutus unedo) es arbusto en un secarral y arbolito de siete metros en una vaguada fresca.

Las partes de un árbol y para qué sirve cada una

Las raíces. Aquí está el malentendido más extendido de todos. Se imagina la raíz como un reflejo de la copa hacia abajo, un cono profundo. La realidad es lo contrario: en la inmensa mayoría de las especies, entre el 80 y el 90 % de las raíces vive en los primeros 60 centímetros de suelo, porque es donde hay oxígeno, y en cambio se extienden lateralmente mucho más allá del perímetro de la copa, con frecuencia hasta dos o tres veces el radio de esta. Consecuencias prácticas: compactar el suelo bajo un árbol con obras o aparcamientos lo daña más que podarle ramas, y una zanja abierta a dos metros del tronco puede cortar un tercio de su sistema absorbente.

Las raíces gruesas anclan y conducen; las finísimas raicillas del extremo, junto con los hongos micorrícicos asociados a ellas, son las que absorben agua y nutrientes. Esa simbiosis con los hongos es la norma, no la excepción: el hongo extiende un micelio que multiplica la superficie explorada y recibe azúcares a cambio.

Raíces superficiales de un árbol adulto

El tronco. De fuera hacia dentro: corteza (protección frente a fuego, deshidratación y patógenos), floema o líber (transporta la savia elaborada, con los azúcares fabricados en las hojas, hacia el resto de la planta), cambium (la capa viva que genera crecimiento en grosor), albura (madera joven, funcional, que sube el agua) y duramen (madera vieja, obturada, que ya no conduce y solo sostiene). Que la parte viva del tronco sea una lámina de pocos milímetros justo bajo la corteza explica por qué un anillado —quitar una banda completa de corteza alrededor— mata al árbol aunque la madera esté intacta, y por qué un ejemplar completamente hueco puede seguir vivo y frondoso durante siglos.

La copa, las hojas y la flor. La hoja es una placa solar y a la vez un evaporador: los estomas de su envés se abren para captar CO₂ y, al hacerlo, dejan escapar vapor de agua. Esa pérdida es lo que tira de la columna de agua desde la raíz. Flores y frutos son el sistema reproductivo: las especies polinizadas por insectos apuestan por pétalos y néctar (cerezos, tilos, castaños de Indias), mientras que robles, chopos o pinos se fían del viento y producen polen a toneladas, con el conocido efecto sobre las alergias primaverales.

Dónde viven los árboles

Los árboles ocupan casi todo el planeta salvo donde el agua líquida o la temperatura fallan durante demasiado tiempo: no hay bosque en la Antártida, ni en el interior del Sáhara, ni por encima del límite arbóreo en alta montaña, ni más allá de la tundra ártica. Ese límite altitudinal ronda los 1.700-2.000 m en los Pirineos y sube hasta los 2.400-2.600 m en Sierra Nevada, porque cuanto más al sur, más energía disponible.

España es, después de Suecia y Finlandia, uno de los países más forestales de Europa, y tiene una diversidad de ambientes poco común en un territorio tan pequeño. Los encinares y coscojares dominan el interior seco; las dehesas de Quercus ilex y Quercus suber son un sistema agroforestal único en el suroeste; los hayedos y robledales de Fagus sylvatica y Quercus robur ocupan el norte húmedo; los pinares de Pinus sylvestris, Pinus nigra o Pinus halepensis cubren montañas y litoral según la especie; los bosques de ribera de chopos, alisos, fresnos y sauces siguen los ríos como corredores de vida; y la laurisilva canaria conserva un bosque subtropical húmedo que en el continente desapareció con las glaciaciones.

Cuántos árboles hay en el mundo

Hasta 2015 se manejaban cifras muy dispares. Ese año un estudio publicado en Nature, que combinó más de 400.000 inventarios de campo con imágenes de satélite, dio la estimación que se sigue usando: unos tres billones de árboles (3 × 10¹², con «billón» en su sentido español, un millón de millones). Son unos 400 por habitante del planeta.

El mismo trabajo aportó el dato incómodo: la cifra es aproximadamente la mitad de la que había antes del desarrollo de la agricultura humana, y se pierden alrededor de 15.000 millones de árboles al año frente a unos 5.000 millones que se reponen.

En cuanto a especies, el censo GlobalTreeSearch tiene catalogadas algo más de 60.000 especies arbóreas. Están repartidas de forma muy desigual: Brasil, Colombia e Indonesia concentran una fracción enorme, mientras que toda Europa, que sufrió las glaciaciones, apenas llega al centenar largo de especies nativas.

Para qué sirven los árboles

La respuesta escolar —«producen oxígeno»— es cierta pero corta, y además engañosa: un bosque maduro en equilibrio consume por respiración prácticamente tanto oxígeno como produce. Lo que sí hace, y es más importante, es acumular carbono en la madera y en el suelo durante décadas o siglos.

Su utilidad real es más amplia y más concreta:

Regulan la temperatura. Una calle arbolada puede estar entre 3 y 6 °C más fresca que la misma calle sin árboles en un mediodía de julio, y no solo por la sombra: la transpiración de las hojas enfría el aire por evaporación, como un botijo. Es la herramienta más barata y eficaz contra las islas de calor urbanas.

Sujetan el suelo y el agua. Las raíces frenan la erosión, la hojarasca mejora la infiltración y la copa amortigua el golpe de la lluvia. En laderas mediterráneas con lluvias torrenciales, esto es la diferencia entre un suelo que se queda y uno que acaba en el mar.

Dan materiales y alimento. Madera, corcho, resina, papel, fibras, fruta, frutos secos, aceite de oliva, café, cacao. Buena parte de la despensa mundial viene de árboles.

Sostienen biodiversidad. Una encina vieja con oquedades da alojamiento a murciélagos, rapaces nocturnas, insectos saproxílicos y decenas de líquenes. Por eso un árbol añoso, aunque esté medio seco, vale ecológicamente mucho más que diez recién plantados.

Efectos medibles sobre las personas. Ruido amortiguado, partículas atmosféricas retenidas en las hojas y una relación bastante consistente en los estudios entre arbolado urbano y salud percibida.

Árboles de hoja perenne para el jardín

Mantienen hoja todo el año —cada hoja vive dos o tres temporadas y se renuevan escalonadamente— y son los que dan estructura al jardín en invierno y sirven de pantalla visual o cortavientos.

Encina (Quercus ilex). Lenta pero eterna, resiste sequía extrema y frío; ideal para jardines grandes de secano.
Madroño (Arbutus unedo). Porte contenido (5-7 m), flor blanca y frutos rojos a la vez en otoño, muy resistente y apto para jardines pequeños.
Algarrobo (Ceratonia siliqua). Sombra densa y consumo de agua mínimo en el litoral mediterráneo; sensible a heladas fuertes.
Magnolio (Magnolia grandiflora). Hoja lustrosa y flores enormes y perfumadas en verano; quiere suelo profundo, algo de acidez y riego regular, no es planta de secano.
Pino piñonero (Pinus pinea). La copa en parasol del paisaje mediterráneo, con piñones; necesita espacio de sobra.
Laurel (Laurus nobilis) y acebuche u olivo (Olea europaea). Rústicos, admiten recorte y funcionan también en patios.
Cedros y cipreses (Cedrus atlantica, Cupressus sempervirens). Porte arquitectónico; el cedro solo si dispones de mucho terreno.

Árboles de hoja caduca para el jardín

Tienen una ventaja que se aprovecha poco: dan sombra fresca en verano y dejan pasar el sol en invierno. Un caduco bien colocado al sur o al oeste de la casa es un sistema de climatización pasiva.

Árbol del amor (Cercis siliquastrum). Florece en marzo-abril en rosa intenso directamente sobre las ramas desnudas, no pasa de 8 m y aguanta bien el calor y la cal. De los mejores para jardines medianos en España.
Cerezo japonés (Prunus serrulata 'Kanzan'). Floración espectacular de dos semanas y color otoñal; prefiere climas frescos y no es longevo.
Arces (Acer campestre para clima seco, Acer palmatum solo en zonas húmedas y a media sombra).
Ginkgo (Ginkgo biloba). Fósil viviente de linaje propio, muy resistente a la contaminación urbana y con un amarillo otoñal difícil de igualar. Planta ejemplares macho: el fruto de las hembras huele a mantequilla rancia.
Almez (Celtis australis) y tilo (Tilia platyphyllos). Clásicos de plaza y paseo; el tilo pide más agua y frescor.
Castaño de Indias (Aesculus hippocastanum). Grande, con inflorescencias en candelabro en mayo; sufre en zonas cálidas y secas y lo ataca el minador de las hojas.
Jacaranda (Jacaranda mimosifolia). El azul de mayo del sur peninsular; solo donde no hiela con severidad.
Árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Floración de julio a septiembre, tamaño pequeño, tolerante al calor urbano.

Cerezo ornamental en plena floración de primavera

Y dos advertencias de las que nadie se acuerda hasta que es tarde. Primera, respeta las distancias: chopos, sauces, moreras, ailantos y Ficus tienen raíces agresivas que levantan soleras y colonizan alcantarillado; ninguno debería ir a menos de 8-10 m de la casa. Segunda, mira la altura adulta, no la del ejemplar del vivero. Un cedro de 30 metros en una parcela de 300 m² es un error que se paga con una tala a los quince años.

Cómo se planta bien un árbol

La época idónea en la península es el otoño, de octubre a diciembre: el suelo aún guarda calor, las lluvias ayudan y el árbol dispone de todo el invierno para emitir raíces antes del primer verano. En zonas de heladas muy fuertes, febrero es la alternativa.

El hoyo debe ser ancho y no profundo: dos o tres veces el diámetro del cepellón y exactamente la misma altura. Es al contrario de lo que se suele hacer. Si se cava más hondo y se rellena, la tierra se asienta, el árbol se hunde y el cuello queda enterrado, que es la causa más frecuente de muerte lenta en árboles jóvenes: la corteza del cuello no está preparada para vivir bajo tierra, se pudre y el árbol se apaga a lo largo de dos o tres años sin que se sepa por qué. El punto donde el tronco ensancha para convertirse en raíz debe quedar visible al nivel del suelo.

Rellena con la misma tierra del sitio, no con sustrato rico: un hoyo lleno de tierra esponjosa rodeado de terreno duro se convierte en una maceta enterrada y las raíces giran dentro en vez de salir. Nada de abono mineral en contacto con las raíces. Aprieta suavemente, forma un alcorque y da un riego de asiento abundante —50 a 100 litros para un ejemplar mediano— que sirve sobre todo para eliminar bolsas de aire. Acolcha con 5-8 cm de corteza o restos de poda dejando libre un palmo alrededor del tronco.

El tutor, solo si hace falta por viento, atado a un tercio de la altura y no arriba: el tronco necesita balancearse para engrosar y reforzarse. Y se retira al cabo de uno o dos años; los tutores olvidados terminan estrangulando el tronco.

Por qué se caen las hojas en otoño

No es que el frío las arranque. Es una maniobra planificada. Una hoja fina es cara de mantener: se congela con facilidad, se rompe con la nieve y sigue perdiendo agua cuando el suelo helado impide reponerla. Cuando el balance entre lo que fabrica y lo que cuesta se vuelve negativo, al árbol le compensa desprenderse de ella.

La señal principal no es la temperatura, sino el acortamiento del día, que el árbol detecta con precisión. A partir de ahí desmonta la hoja de forma ordenada: retira el nitrógeno, el fósforo y buena parte de la maquinaria fotosintética, que reabsorbe y guarda en ramas y tronco para la primavera siguiente. Después forma en la base del pecíolo una capa de abscisión, un tejido especializado que corta la conexión y sella la cicatriz, y la hoja cae con el primer viento. Que las hojas caigan a la vez tras una helada temprana es solo la sincronización final de un proceso que llevaba semanas en marcha.

Los perennes hacen la misma jugada de otra manera: invierten en hojas duras, cerosas y caras, que amortizan a lo largo de varios años. Una estrategia u otra depende del clima; por eso el norte húmedo y templado es reino de hayas y robles caducos, y el interior seco y el litoral cálido lo son de encinas y pinos.

Por qué el rojo, el naranja y el amarillo

Aquí hay dos fenómenos distintos que se suelen mezclar.

Los amarillos y naranjas no aparecen: se destapan. Los carotenoides y xantofilas responsables de esos tonos están en la hoja todo el año, ocultos bajo la clorofila, que es mucho más abundante y verde. Cuando en otoño la clorofila se degrada y el árbol no la repone, queda a la vista el pigmento que había debajo. Es el amarillo del ginkgo, del chopo o del almez.

Los rojos y púrpuras son otra historia: las antocianinas se fabrican de cero en otoño, con un gasto de energía que durante décadas ha desconcertado a los botánicos. La hipótesis más aceptada es que actúan de protector solar, filtrando el exceso de luz mientras la hoja está desmontando su maquinaria y evacuando nutrientes, un momento en que la luz intensa haría daño. Su producción se dispara con días soleados y noches frescas sin llegar a helar, y por eso el mismo arce colorea de forma espléndida un año y discreta el siguiente. Es también la razón de que los otoños de la cornisa cantábrica y del Pirineo den color y los de la costa mediterránea, con noches templadas, den sobre todo hojas pardas.

Récords: los árboles más extremos

El más alto. Hyperion, una secuoya roja (Sequoia sempervirens) del norte de California, con casi 116 metros. Está muy cerca del límite físico teórico —en torno a 120-130 m—, a partir del cual la tensión necesaria para elevar el agua rompería la columna dentro de los conductos.

El más voluminoso. El General Sherman, una secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum), con cerca de 1.500 metros cúbicos de tronco. No es el más alto ni el más ancho, pero sí el que reúne más madera en un solo ser vivo.

El más viejo. Los pinos longevos (Pinus longaeva) de las montañas Blancas de California superan los 4.800 años en ejemplares individuales, creciendo en roca y a gran altitud, donde casi nada compite con ellos. Si se admiten organismos clonales, Pando —una colonia de álamo temblón (Populus tremuloides) en Utah con miles de troncos y un único sistema radicular— es muchísimo más antigua.

El más grueso. El Árbol del Tule, un ahuehuete (Taxodium mucronatum) de Oaxaca, en México, con un perímetro de tronco superior a los 36 metros.

La copa más extensa. Los banianos (Ficus benghalensis) de la India, que echan raíces aéreas desde las ramas y forman nuevos pilares hasta cubrir más de una hectárea y parecer un bosque siendo un solo individuo.

En España hay ejemplares notables: el Drago Milenario de Icod de los Vinos (Dracaena draco), los olivos monumentales del Maestrazgo y las Terres de l'Ebre, con troncos que delatan muchos siglos, o el Tejo de Bermiego, en Asturias.

En resumen

Un árbol no es una categoría del catálogo de la vida, sino una forma de crecer que muchos linajes distintos han inventado por su cuenta, y que se define por el crecimiento en grosor gracias al cambium; por eso una palmera, sin cambium, queda fuera de la definición estricta. Su sistema de raíces es ancho y superficial, no profundo, y esa es la clave para no dañarlo con obras ni ahogarlo plantándolo demasiado hondo. En el mundo hay unos tres billones de árboles y más de 60.000 especies, y su valor va mucho más allá del oxígeno: acumulan carbono, enfrían el aire por transpiración, sujetan el suelo y sostienen buena parte de la biodiversidad terrestre. Para un jardín en España, elegir bien pasa por mirar el tamaño adulto y no el del vivero, respetar las distancias con especies de raíz agresiva, plantar en otoño en un hoyo ancho y poco profundo dejando el cuello a la vista, y decidir entre perennes —encina, madroño, magnolio, algarrobo— o caducos —cercis, ginkgo, arce, almez— según qué quieras del jardín en enero y en agosto. Lo demás, el amarillo del ginkgo en noviembre o el rojo de un arce en un otoño de noches frescas, viene solo.


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