Cuenta los pisos de ramas de una araucaria joven y tendrás una estimación bastante fiable de su edad: cada verticilo, ese anillo de ramas horizontales que sale a la misma altura del tronco, corresponde a un año de crecimiento. De ahí el apodo popular de pino de pisos, que en España se aplica sobre todo a Araucaria heterophylla, el pino de Norfolk, y de paso a cualquier araucaria que exhiba esa arquitectura tan geométrica.
No es un pino. Ni siquiera pertenece a la misma familia. Las araucarias forman su propia familia, las Araucariáceas, un linaje de coníferas del hemisferio sur que ya existía cuando pastaban los dinosaurios y que hoy sobrevive en unos pocos reductos: Sudamérica, Australia, Nueva Guinea y, sobre todo, Nueva Caledonia. Esa distancia evolutiva con los pinos de verdad explica muchas de las rarezas de su cultivo.
Qué es exactamente el pino de pisos
Araucaria heterophylla es endémica de la isla de Norfolk, un peñasco de apenas 35 km² en el Pacífico, entre Australia y Nueva Zelanda. Allí, en suelo volcánico y bajo un clima oceánico subtropical sin heladas, alcanza los 50 o 60 metros con un tronco recto como un mástil. Ese origen insular condiciona todo: es un árbol acostumbrado a la brisa salina constante, a la humedad atmosférica alta y a inviernos que nunca bajan de cero.
El nombre específico, heterophylla, alude a que tiene dos tipos de hoja. Las juveniles son aciculares, blandas, curvadas hacia arriba y de un verde claro; las adultas, en cambio, son escamosas, gruesas y solapadas, y aparecen solo en las ramas de los ejemplares maduros. Muchos aficionados creen que su araucaria "ha cambiado de especie" cuando aparece ese follaje escamoso. No: simplemente ha crecido.
Conviene señalar aquí una confusión de vivero muy extendida. Buena parte de las araucarias que se venden como pino de Norfolk en el litoral mediterráneo son en realidad Araucaria columnaris, el pino de Cook, originaria de Nueva Caledonia. Se distinguen por el porte: la heterophylla tiene una copa piramidal ancha y ramas horizontales bien separadas, mientras que la columnaris forma una columna estrecha, con ramas cortas y densas pegadas al tronco, y suele inclinarse ligeramente hacia el ecuador. Los cuidados son parecidos, pero el tamaño y la silueta finales no lo son.
Dónde puede vivir en España
Este es el punto que más disgustos causa. La Araucaria heterophylla no es rústica. Tolera algún roce con el cero grados si es breve y el ejemplar está bien establecido, pero por debajo de -2 o -3 °C empieza a quemar el follaje, y una helada de -5 °C mantenida se lleva por delante un árbol de veinte años.
En la práctica, se cultiva al aire libre sin problemas en Canarias, en la costa mediterránea desde Cataluña hasta Andalucía, en el golfo de Cádiz y en los enclaves litorales más suaves del norte peninsular. En Madrid, Castilla, Aragón o el interior andaluz, plantada en el jardín, es cuestión de tiempo que un invierno duro acabe con ella. Ahí el pino de pisos rústico de verdad es otro: Araucaria araucana, el pehuén chileno, que aguanta -15 °C sin inmutarse pero exige a cambio veranos frescos y humedad, condiciones que en la mitad sur no se dan.
Un punto a favor de la heterophylla: su tolerancia a la salinidad es excelente. Aguanta el viento cargado de sal de primera línea de playa mejor que casi cualquier otra conífera, y por eso se ha plantado tanto en paseos marítimos. Lo que no tolera es la cal. En suelos calizos y regada con aguas duras, típicas del levante, desarrolla clorosis férrica: las acículas jóvenes amarillean mientras los nervios siguen verdes, y el árbol se va apagando. Prefiere pH de 5,5 a 6,5.
Plantación en el jardín
Antes de coger la pala, mide. Un ejemplar en buenas condiciones supera con holgura los 25 metros en la Península y desarrolla un sistema radicular potente y bastante superficial en los primeros metros. Nunca la plantes a menos de 8 o 10 metros de una fachada, un muro, una piscina o un pavimento que te importe. Ver araucarias adultas encajonadas en un jardín de 200 m², con las ramas contra la pared del vecino y las baldosas levantadas, es de lo más común, y a esas alturas ya no hay solución barata.
Planta en primavera, cuando el suelo ya se ha templado, o a principios de otoño en climas suaves. Abre un hoyo generoso, de al menos el doble del cepellón, y si el terreno es arcilloso y compacto rómpelo bien y mejóralo con arena gruesa o grava y materia orgánica; el encharcamiento invernal mata más araucarias que el frío. Coloca el cepellón de forma que el cuello quede al nivel del suelo, jamás enterrado.
Y muy importante: elige un ejemplar pequeño. Las araucarias se trasplantan mal de adultas porque tienen raíz pivotante y pocas raíces finas; un arbolito de 60 cm plantado hoy adelantará dentro de diez años a otro de tres metros que compraste el mismo día y que pasó cuatro años recuperándose del susto.
Riego, abonado y crecimiento
Los dos primeros años son los críticos. En ese periodo hay que regar con regularidad durante toda la estación cálida, dejando que se seque la superficie entre riegos pero sin llegar a que el cepellón pase sed. A partir del tercer o cuarto año, en litoral con lluvias razonables, un ejemplar establecido se defiende con riegos de apoyo en los meses secos: no es una planta de secano, pero tampoco necesita el agua de un césped.
El abonado es sencillo. Un aporte de abono granulado de liberación lenta para coníferas a finales de invierno, repartido en la proyección de la copa y regado a continuación, cubre el año entero. Si el suelo es calizo y hay síntomas de clorosis, añade quelato de hierro en primavera, y repite en otoño si hace falta. Evita los abonos muy nitrogenados: alargan los entrenudos, dan un crecimiento blando y estropean justamente la forma compacta y regular que hace atractivo al árbol.
El crecimiento es lento, aunque no tanto como suele decirse. En condiciones favorables de litoral, entre 25 y 40 cm de altura al año durante la juventud es normal. Lo lento, más bien, es que se vea "hecho": el porte adulto tarda décadas.
La regla de la poda: no podes
Aquí conviene ser categórico, porque el error es frecuente y no tiene arreglo. La araucaria no rebrota. Cortada una rama, ese hueco en el piso correspondiente queda vacío para siempre. Y si se pierde la guía terminal, sea por poda, por un temporal o por la punta seca de un golpe de frío, el árbol no la repone limpiamente: se disparan varios brotes laterales que compiten entre sí y el resultado es una copa bifurcada y desequilibrada. Si eso ocurre, la única maniobra útil es elegir cuanto antes el brote más vertical y vigoroso, entutorarlo y suprimir los competidores.
La poda legítima se reduce a retirar ramas secas, rotas o enfermas, y a hacerlo a ras de tronco sin dejar tocones. Nada de recortar la punta "para que no crezca tanto": si el problema es el tamaño, el problema era el sitio donde se plantó.
La araucaria dentro de casa
La heterophylla es la conífera de interior por excelencia, y se vende mucho en noviembre y diciembre como árbol de Navidad vivo. La mayoría de esos ejemplares no llegan a marzo, por razones bastante concretas.
Luz. Necesita mucha, y directa a primera o última hora si es posible. Junto a una ventana orientada al este o a menos de un metro de una al sur. En un rincón oscuro se estira, los pisos se separan y el árbol pierde por completo su gracia; ese alargamiento tampoco se corrige después.
Humedad ambiental y temperatura. El enemigo real del invierno interior no es el frío, es el radiador. Con aire seco y 22 °C, las acículas se secan por la punta y aparece la araña roja. Sitúala lejos de fuentes de calor, entre 10 y 20 °C si puedes, y pulveriza el follaje con agua de baja mineralización en los meses de calefacción, o coloca la maceta sobre un plato con grava húmeda sin que el agua toque el fondo.
Riego. Cuando los tres centímetros superiores del sustrato estén secos, y vaciando siempre el plato a los diez minutos. Un cepellón que se seca del todo provoca la caída de los pisos inferiores, y esas ramas no vuelven. Un cepellón permanentemente encharcado provoca podredumbre radicular, que se manifiesta igual (ramas bajas que amarillean y caen) pero mata más rápido. En invierno, con la planta parada, espacia bastante los riegos.
Sustrato y trasplante. Mezcla ácida y aireada: sustrato para plantas acidófilas o de coníferas con un 25-30 % de perlita o arena gruesa. Trasplante cada dos o tres años, en primavera, subiendo un solo número de maceta. Las araucarias de interior admiten bien vivir algo justas de raíz; es preferible a un tiesto enorme con sustrato encharcado.
Abonado. Fertilizante líquido para plantas verdes a media dosis, cada tres semanas de abril a septiembre, y nada entre octubre y marzo.
Sacarla al exterior en verano, a la sombra luminosa de una terraza y al abrigo del sol de mediodía, le sienta bien. Lo que no debes hacer es sacarla y dejarla al sol directo de golpe: se quema en dos días. Aclimátala progresivamente durante dos semanas.
Problemas habituales
Cochinilla algodonosa. La plaga número uno en interior. Se instala en las axilas de las acículas, donde cuesta verla, y deja melaza pegajosa y negrilla. En ejemplares pequeños se elimina con un bastoncillo empapado en alcohol de 70°; si está extendida, aceite de parafina o jabón potásico bien aplicado, insistiendo en el envés y las axilas, y repitiendo a los diez días.
Araña roja. Aparece con aire seco y calor. Telarañas finísimas entre las acículas y un punteado amarillento. Se combate subiendo la humedad ambiental y, si hace falta, con acaricida específico o azufre mojable, nunca con temperaturas altas.
Ramas bajas que amarillean y caen. Casi siempre es riego mal llevado, en cualquiera de sus dos extremos, o falta de luz. Revisa el drenaje antes que nada. Vale la pena asumirlo: es normal que un ejemplar viejo de maceta pierda progresivamente los pisos inferiores, y no hay forma de recuperarlos.
Puntas secas. Aire seco o agua muy caliza. Cambia a agua de lluvia o embotellada de baja mineralización y aleja la planta del radiador.
Podredumbre de raíz. Suelos pesados o riegos excesivos favorecen a Phytophthora. No hay tratamiento cómodo una vez avanzada; se previene con drenaje y midiendo el riego.
Multiplicación: el detalle que casi nadie cuenta
La semilla es el método fiable. Los piñones de araucaria son recalcitrantes: pierden viabilidad muy rápido si se dejan secar, así que hay que sembrarlos frescos, apenas recolectados, enterrados de lado en sustrato arenoso y húmedo, a 20-25 °C. Germinan en varias semanas.
Los esquejes tienen una trampa importante. Solo enraízan con futuro los tomados del brote terminal vertical. Un esqueje de rama lateral sí puede enraizar, pero conserva su condición plagiótropa: crecerá tumbado, en horizontal, y nunca formará un tronco recto. Se queda en un arbusto raro para siempre. Es un fenómeno bien conocido en las coníferas del hemisferio sur y explica por qué las araucarias de esqueje son poco frecuentes en el comercio.
En resumen
El pino de pisos es un árbol de silueta inconfundible y cultivo poco exigente, siempre que se le respeten dos condiciones que no admiten negociación: un clima sin heladas serias y un suelo que drene y no sea calizo. Elige la especie según dónde vives, Araucaria heterophylla en litoral cálido y Araucaria araucana en el norte húmedo, plántala pequeña y lejos de las paredes, riega con criterio y no le toques la guía. Dentro de casa, luz abundante, lejos del radiador y riego medido; en cuanto se le seca el cepellón o le falta luz, empieza a perder pisos por abajo y eso ya no se arregla. Es un árbol que perdona pocos errores, pero también uno que, bien colocado, sigue ahí cuando ya no está casi nada más de lo que plantaste.