Hay pehuenes en la cordillera de los Andes que ya eran árboles maduros cuando Colón cruzó el Atlántico. Araucaria araucana supera con soltura los mil años de vida y los 40 metros de altura, y ese dato explica casi todo lo que hay que saber antes de plantar uno: es un árbol que se mide en siglos, no en temporadas, y que castiga con lentitud los errores de ubicación.
Se la conoce como araucaria chilena, pehuén, pino araucaria o, en el mundo anglosajón, monkey puzzle tree, "el rompecabezas del mono", por lo imposible que resultaría trepar por sus ramas erizadas. En España se ve sobre todo en el norte, en jardines históricos y pazos, donde encuentra el clima que necesita.
Origen y hábitat
La especie es originaria de una franja muy concreta: la cordillera de los Andes y la cordillera de Nahuelbuta, entre los 37º y 40º de latitud sur, repartida entre el centro-sur de Chile y una porción de la provincia argentina de Neuquén. Vive entre los 600 y los 1.800 metros de altitud, en un clima de veranos frescos, precipitaciones abundantes —de 1.000 a 3.000 mm anuales— y nieve en invierno durante varios meses.
Ese detalle importa más de lo que parece. La araucaria chilena no es un árbol de clima duro por sequía, sino por frío: está adaptada a temperaturas bajísimas, a la nieve y al viento, pero sobre suelos que rara vez se secan del todo. Confundir "rústica" con "resistente a la sequía" es el error de partida de buena parte de las plantaciones fallidas en España.
Para el pueblo mapuche-pehuenche el pehuén es un árbol sagrado y, además, una fuente de alimento: los piñones, sus semillas, son grandes, harinosos y comestibles, y han sido base de la dieta durante siglos. La tala masiva del siglo XX para madera redujo drásticamente sus bosques, y hoy Araucaria araucana está catalogada como En Peligro por la UICN y figura en el Apéndice I del CITES: el comercio internacional de ejemplares y semillas de origen silvestre está estrictamente regulado. El material de vivero producido en Europa es legal, pero conviene comprar en establecimientos que puedan acreditar su procedencia.
Cómo se reconoce
Es una conífera imposible de confundir una vez vista. En estado joven forma una pirámide muy regular, con las ramas dispuestas en verticilos ordenados que salen casi horizontales del tronco. Con la edad el árbol pierde las ramas bajas y adopta su silueta característica de adulto: un tronco columnar, recto y desnudo coronado por una copa aparasolada, casi de candelabro.
Las hojas son la firma de la especie: escamas triangulares, gruesas, coriáceas, de 3 a 4 cm, de un verde oscuro brillante, con el ápice terminado en una punta rígida y muy afilada. Cubren por completo tanto las ramillas como el tronco joven, dispuestas en espiral, y persisten entre diez y quince años en la planta. Son punzantes de verdad: podar una araucaria sin guantes gruesos es una experiencia que no se repite.
La corteza del tronco adulto es gruesa, gris, resinosa y agrietada en placas horizontales que recuerdan la piel de un elefante o de un reptil. Ese grosor es una adaptación al fuego: en su hábitat, los incendios de baja intensidad y la actividad volcánica son frecuentes, y los ejemplares maduros los sobreviven.
Se trata de una especie dioica: hay pies macho y pies hembra, y hacen falta ambos para obtener semilla fértil. Los conos masculinos son cilíndricos, alargados, de 8 a 12 cm, de color pardo, y aparecen agrupados en los extremos de las ramas. Los femeninos son globosos, mucho mayores —del tamaño de un coco pequeño, de 15 a 20 cm de diámetro y hasta 1,5 kg de peso—, y tardan entre dos y tres años en madurar antes de desintegrarse y liberar entre 100 y 200 piñones. El árbol no empieza a producir conos hasta pasados los 25 o 30 años, así que sexar un ejemplar joven de vivero es imposible.
Una confusión que conviene deshacer
En los centros de jardinería se venden como "araucaria" dos plantas muy distintas. Una es Araucaria heterophylla, el pino de Norfolk: hojas blandas y finas, aspecto plumoso, se comercializa en maceta pequeña como planta de interior y no aguanta las heladas. La otra es Araucaria araucana, la de este artículo: hojas duras y pinchudas, y un árbol de exterior que llega a 40 metros.
Quien compra una araucaria chilena creyendo que es planta de interior la condena a morir en un salón, y quien planta un pino de Norfolk en un jardín de Ávila lo pierde en el primer invierno. Si las hojas pinchan al tocarlas, es araucana y va fuera. Si son suaves, es heterophylla y necesita techo.
Dónde plantarla en España
Este es el punto donde se decide el éxito o el fracaso, y donde el tópico de la rusticidad hace más daño.
Cornisa cantábrica, Galicia y Pirineo húmedo. Aquí es donde la especie funciona sin discusión. El clima oceánico —veranos frescos, humedad ambiental alta, precipitación repartida— reproduce razonablemente las condiciones andinas. Los grandes ejemplares españoles están en Asturias, Cantabria, el País Vasco y los pazos gallegos, y algunos superan holgadamente el siglo de vida.
Zonas de montaña del interior con suelo ácido. Sierra de Gredos, Sistema Central, zonas de Ávila, Salamanca, León o el Bierzo: viable si se garantiza riego durante el verano y la exposición no es abrasadora.
Meseta seca, valle del Ebro, Levante y sur. Aquí es una mala elección, y decirlo claro ahorra disgustos. El problema no es el frío del invierno —lo aguanta de sobra— sino el verano: seis semanas seguidas por encima de 35 ºC con aire seco y suelo caliente. En esas condiciones la araucaria vegeta mal, pierde ramas bajas, amarillea y acaba muriendo por debilitamiento a los pocos años, aunque haya arrancado bien. Hay ejemplares en Madrid y en Barcelona, sí, pero casi siempre en jardines con riego constante, suelo profundo y sombra lateral, y raramente alcanzan el porte que tienen en el norte.
Litoral mediterráneo con salinidad. Tolera mal la brisa marina cargada de sal. Los ejemplares de primera línea de costa suelen mostrar quemaduras en el follaje del lado expuesto.
Rusticidad al frío
Un ejemplar bien establecido aguanta sin daños heladas de hasta -18 o -20 ºC, y soporta la nieve acumulada sobre las ramas mejor que la mayoría de las coníferas ornamentales gracias a la disposición horizontal y la flexibilidad de sus ramas. Es, sin exageración, una de las coníferas del hemisferio sur más resistentes al frío.
Matiz importante: esa rusticidad la alcanza con los años. Un ejemplar recién plantado, de dos o tres años, es bastante más sensible, sobre todo si el frío llega acompañado de viento seco y el suelo está helado. Durante los dos o tres primeros inviernos merece la pena acolchar generosamente la base y, en zonas de heladas fuertes, proteger la guía terminal las primeras noches severas.
Suelo
Necesita suelo ácido o neutro, profundo, suelto y de origen volcánico o silíceo, con buen drenaje pero capacidad de retener humedad. El pH ideal se sitúa entre 5 y 6,5.
La caliza es su gran enemigo. En suelos calizos o con agua de riego dura, la araucaria desarrolla clorosis férrica: las hojas nuevas van perdiendo el verde oscuro y se vuelven de un verde pálido amarillento, el crecimiento se detiene y el árbol entra en una decadencia lenta que las aplicaciones de quelato de hierro solo maquillan. En terreno calizo la solución no es corregir el suelo —es una batalla perdida a la escala de un árbol de 30 metros— sino plantar otra especie.
Tampoco tolera el suelo compactado ni el encharcamiento prolongado. Si el terreno es arcilloso y pesado, hay que abrir un hoyo amplio —al menos un metro cúbico— y enmendarlo con materia orgánica y arena gruesa, aunque en suelos francamente mal drenados el resultado sigue siendo dudoso.
Un apunte de sentido común sobre el emplazamiento: es un árbol que llegará a 25 o 30 metros y a desarrollar un sistema radicular potente. Plantarlo a menos de 8 o 10 metros de una casa, de un muro o de una red de saneamiento es problema garantizado, aunque tarde treinta años en manifestarse. Y en un jardín pequeño, sencillamente, no cabe.
Plantación
La mejor época es el otoño, de octubre a noviembre, para que el sistema radicular se instale durante el invierno húmedo y afronte el primer verano con ventaja. En zonas de heladas muy tempranas e intensas, retrasa a marzo.
Abre un hoyo del doble de ancho que el cepellón y de profundidad similar, descompacta el fondo, mezcla la tierra extraída con compost maduro o mantillo ácido y planta sin enterrar el cuello: la línea del cepellón debe quedar a ras de suelo o un par de centímetros por encima. Enterrar el cuello es una causa clásica de pudrición.
Riega abundantemente tras plantar, forma un alcorque y cubre con acolchado de corteza de pino o restos de poda de coníferas, que además acidifica ligeramente con el tiempo. Deja unos centímetros libres alrededor del tronco.
Si el ejemplar es alto y el sitio ventoso, tutóralo con dos estacas y ataduras flexibles durante las dos primeras temporadas, y retíralas después: un tutor permanente impide que el tronco engorde correctamente.
Riego
Los tres o cuatro primeros años son críticos. Un árbol joven necesita riegos regulares y profundos durante todo el periodo seco: en el norte, un buen aporte cada diez o quince días entre junio y septiembre; en el interior peninsular, semanal y abundante. Mejor pocos riegos que empapen bien la zona radicular que riegos frecuentes y superficiales, que dejan la raíz en los primeros centímetros del suelo, justo donde el calor pega más.
Un ejemplar adulto y establecido en clima atlántico puede prescindir del riego salvo en veranos excepcionalmente secos. En cualquier otro clima español, no se independiza nunca del riego estival, y quien lo plante debe asumirlo como un compromiso de por vida del árbol.
Si el agua de tu grifo es dura, riega con agua de lluvia siempre que puedas, especialmente en los primeros años. La acumulación de cal en el suelo es acumulativa y silenciosa.
Abonado
Es una especie poco exigente y de crecimiento lento por naturaleza; forzarla con fertilizantes ricos en nitrógeno solo produce brotes blandos, mal lignificados y sensibles al frío.
Basta con un aporte anual a comienzos de primavera: compost bien hecho, estiércol maduro o mantillo ácido extendido sobre el alcorque, o un abono granulado de liberación lenta para coníferas y plantas acidófilas. Renueva el acolchado a la vez.
Si aparece clorosis en un suelo ligeramente básico, un quelato de hierro aplicado en primavera corrige el síntoma, pero conviene entenderlo como una medida paliativa, no como una solución al problema de fondo.
Poda
La respuesta corta es no se poda, y esta es probablemente la recomendación que más ejemplares salva.
Araucaria araucana tiene un crecimiento monopodial estricto: una guía central dominante y verticilos de ramas laterales. No rebrota de madera vieja. Una rama cortada no se sustituye jamás, y el hueco queda ahí durante los siguientes doscientos años. Y si se corta o se pierde la guía terminal, el árbol deforma la copa de manera irreversible, porque las ramas laterales no toman el relevo con normalidad.
Lo único que procede es retirar las ramas muertas o rotas, cortando junto al tronco sin dañar el collar de la rama, y siempre en invierno o a finales de él. Con el tiempo el propio árbol va perdiendo las ramas bajas de forma natural conforme gana altura; ese proceso no hay que acelerarlo salvo por razones de paso o seguridad.
Guantes de cuero gruesos y manga larga, en cualquier caso. Las hojas de la araucaria atraviesan cualquier guante de jardinería fino.
Multiplicación
Por semilla es el método válido y prácticamente el único. Los piñones son semillas recalcitrantes: no soportan la desecación ni el almacenamiento prolongado, y pierden viabilidad en cuestión de semanas o pocos meses. Una bolsa de piñones seca comprada por internet suele ser dinero perdido.
Siembra en cuanto dispongas de semilla fresca, en otoño. Sumérgela primero 24 horas en agua y descarta las que floten. Usa macetas altas y estrechas —tipo forestal o tubete— porque desarrolla enseguida una raíz principal larga que odia ser cortada, con sustrato ácido y suelto (turba y perlita, o mantillo con arena). Entierra el piñón en horizontal o con el extremo puntiagudo hacia abajo, cubriéndolo con un par de centímetros de sustrato.
Mantén el sustrato húmedo y la maceta al fresco, protegida de heladas fuertes pero sin calefacción: germina bien entre 15 y 20 ºC, de forma irregular, a lo largo de uno a tres meses. Las plántulas se trasplantan con muchísimo cuidado y crecen despacio, unos 10 o 15 cm al año los primeros años. La planta suele estar lista para su ubicación definitiva a los tres o cuatro años, con 40-60 cm.
Por esqueje es posible pero desaconsejable en la práctica doméstica: solo enraízan los esquejes tomados de la guía terminal, porque los de rama lateral, si arraigan, producen plantas con crecimiento plagiotrópico —tumbadas, sin guía— que nunca formarán un árbol normal. Y sacrificar la guía de un ejemplar sano no compensa.
Plagas, enfermedades y otros problemas
Es una especie notablemente sana. Lo que se ve en jardín suele tener causa ambiental antes que patológica.
Ramas bajas que amarillean y mueren. Si ocurre progresivamente en un árbol adulto, es el proceso natural de limpieza del fuste. Si afecta a un ejemplar joven, sospecha de estrés hídrico o de suelo inadecuado.
Clorosis generalizada. Caliza en el suelo o en el agua de riego. Ya comentado.
Pardeamiento del follaje en verano. Golpe de calor combinado con sequedad ambiental, típico del interior peninsular. Riego profundo y acolchado; si se repite todos los años, el emplazamiento no es el adecuado.
Podredumbre de raíz por Phytophthora. Aparece en suelos pesados y encharcados. Cursa con decaimiento general y no tiene tratamiento eficaz en campo: se previene con drenaje.
Cochinillas puntuales en ejemplares jóvenes y en maceta; se controlan con aceite de parafina o jabón potásico.
Cultivo en maceta
Es posible durante los primeros años, y es lo habitual mientras la planta se cría, pero no es una solución permanente. Un pehuén en contenedor acaba limitado por la raíz, sufre en los veranos calurosos —el cepellón se calienta mucho más que el suelo— y necesita trasplantes cada dos años a maceta más grande y profunda.
Si vas a mantenerlo así unos años, usa maceta alta, sustrato ácido con buen drenaje, colócalo en exterior con luz abundante pero al abrigo del sol más duro de la tarde en verano, riega con regularidad sin encharcar y protege el contenedor del hielo con un plástico de burbujas en las zonas de invierno severo, ya que la raíz en maceta está mucho más expuesta que en tierra. Planifica su plantación definitiva.
En resumen
Araucaria araucana es una conífera dioica originaria de los Andes chileno-argentinos, de crecimiento lento, longevidad milenaria y porte imponente, con hojas triangulares coriáceas y punzantes que persisten más de diez años en la rama. Está catalogada En Peligro y su comercio internacional se regula por CITES.
Resiste heladas de -18 a -20 ºC y la nieve sin inmutarse, pero su verdadero límite es el verano seco y caluroso. En España su sitio natural es la cornisa cantábrica, Galicia y las zonas de montaña húmedas con suelo ácido; en la meseta seca, el Ebro, Levante o el sur es una elección desafortunada por mucho que aguante el invierno.
Quiere suelo ácido, profundo y bien drenado —la caliza le provoca clorosis crónica—, riego regular durante los primeros años y en todo verano seco, y un único abonado orgánico en primavera. No se poda: no rebrota de madera vieja y cada corte deja una cicatriz permanente. Se multiplica por semilla fresca sembrada en otoño en maceta profunda, porque el piñón no aguanta el almacenamiento.
Y antes de nada, comprueba que compras la especie correcta: la que pincha va al jardín, la de hojas blandas es el pino de Norfolk y vive dentro de casa. Plántala con espacio de sobra por delante, porque el árbol que estás poniendo va a estar ahí mucho después que tú.