Frota una hoja de anamu entre los dedos y el olor a ajo se te queda pegado a la piel durante un buen rato. Ese es el rasgo que identifica a Petiveria alliacea antes que cualquier otro: un aroma sulfuroso, penetrante, que la planta emite sobre todo desde la raíz y que ha condicionado su nombre en medio continente americano. En español se la llama anamú, mucura, hierba de las gallinitas o raíz de pipí; el epíteto alliacea significa justamente "que huele a ajo".
Es una planta que en España se cultiva poco y casi siempre por curiosidad botánica o por interés etnobotánico. No es difícil de mantener si se entiende una cosa: viene del trópico húmedo y no tolera el frío. Todo lo demás son detalles.
Qué es exactamente el anamu
Petiveria alliacea es una planta perenne de la familia Petiveriaceae (durante mucho tiempo se incluyó dentro de las Phytolaccaceae, la familia de la hierba carmín, y en muchos textos aún aparece así). Su área natural va desde el sur de Florida y México hasta el norte de Argentina, pasando por todo el Caribe, y se ha naturalizado en zonas tropicales de África y Asia.
Conviene aclarar el término arbusto, porque induce a error. El anamu es, en rigor, una hierba perenne que lignifica en la base: la parte baja del tallo se endurece y se vuelve leñosa con los años, mientras el resto sigue siendo herbáceo. Un ejemplar adulto tiene el porte de una mata desgarbada de 0,8 a 1,5 metros, con tallos poco ramificados y algo tumbados, no la estructura compacta de un arbusto de jardín. Quien lo plante esperando un seto ordenado se llevará una decepción.
Las hojas son alternas, enteras, de forma elíptica u oblonga, de 5 a 15 cm, con un ápice terminado en punta fina. El nervio central marca bastante el envés. La floración se produce en espigas largas, finas y erguidas, de hasta 30 o 40 cm, con florecillas blanquecinas o verdosas de cuatro tépalos, poco vistosas: nadie cultiva anamu por su valor ornamental floral.
El fruto sí merece atención práctica. Es un aquenio pequeño, alargado, provisto de ganchos recurvados en el extremo que se enganchan al pelo de los animales y a la ropa. Así se dispersa, y así se convierte en invasora agresiva en algunos países tropicales, donde coloniza pastos y linderos. En clima peninsular ese riesgo no existe porque no sobrevive al invierno fuera, pero es un motivo más para no dejar que semille libremente si se cultiva en Canarias o en el litoral más suave.
Un aviso sobre los usos que se le atribuyen
Buena parte de la información que circula sobre el anamu no habla de jardinería, sino de propiedades curativas: se le atribuye acción antitumoral, antiinflamatoria, antimicrobiana, inmunoestimulante y media docena de cosas más. Conviene poner esto en su sitio con honestidad.
Es cierto que la planta contiene compuestos organosulfurados (dibencil trisulfuro y derivados, emparentados químicamente con los del ajo) y que han sido objeto de estudios de laboratorio. También es cierto que en la medicina tradicional caribeña y sudamericana se emplea desde hace siglos. Pero de un ensayo en cultivo celular a un tratamiento eficaz en personas hay una distancia enorme, y esa distancia no está salvada. No existe evidencia clínica que respalde el uso del anamu para tratar ninguna enfermedad.
Hay además motivos concretos de prudencia. La planta tiene actividad abortiva y estimulante uterina documentada en la tradición y en trabajos experimentales, por lo que su consumo está desaconsejado sin excepción durante el embarazo. Al ganado que la pasta en exceso le transmite el olor a la leche y a la carne, y en dosis altas se le han atribuido efectos tóxicos. Si te interesa la planta, cultívala como lo que es —una especie etnobotánica interesante— y deja las decisiones sobre tu salud en manos de un médico.
El uso que sí puedes darle sin reservas es el ornamental y de colección, y el de planta aromática para tener en el invernadero o la terraza: el olor que desprende al rozarla es lo bastante llamativo como para justificar por sí solo su presencia en una colección de plantas útiles.
Clima: dónde se puede cultivar en España
Aquí está el nudo de la cuestión. El anamu es una planta tropical y subtropical estricta. Vegeta bien entre 20 y 30 ºC, aguanta perfectamente el calor húmedo, y empieza a sufrir por debajo de 10 ºC. Las heladas la matan: incluso un episodio breve de 0 ºC quema el follaje, y por debajo de -2 ºC la planta se pierde entera, raíz incluida, salvo que esté muy protegida.
En la práctica, esto deja el mapa así:
Canarias y zonas costeras cálidas. En las islas, en el litoral de Málaga, Almería o Alicante y en enclaves resguardados sin heladas, puede vivir al aire libre todo el año. En estos sitios se comporta como perenne de verdad y llega a rebrotar y semillar con facilidad.
Resto de la Península. Aquí solo hay dos opciones realistas: maceta que entra a cubierto en octubre y sale en mayo, o cultivo permanente en invernadero templado. En Madrid, Valladolid o Zaragoza plantarla en tierra es tirar el dinero, por muy bien que arranque en julio.
Norte húmedo. Galicia y la cornisa cantábrica tienen inviernos suaves, pero también veranos frescos y poca insolación. La planta sobrevive en maceta protegida, aunque crece con desgana y no da la mata densa que hace en clima cálido.
Una precisión: el anamu no es una planta de interior corriente. Puede pasar el invierno dentro de casa, pero necesita mucha luz y agradece la humedad ambiental; con calefacción seca y poca luz aguanta el invierno con las hojas caídas y rebrota mal en primavera. Un porche acristalado o un invernadero frío bien iluminado, mantenido por encima de 10 ºC, es mejor sitio que un salón.
Luz, suelo y plantación
En su hábitat crece tanto en claros soleados como en la orla de bosques y en sotobosque abierto, lo que le da bastante margen. A pleno sol forma una mata más compacta, con hojas de un verde más claro y floración más abundante. A media sombra desarrolla hojas más grandes y de color más intenso, y se estira. Si la vas a tener en maceta y el sitio es un patio interior con sol solo unas horas, no pasa nada: es de las tropicales que mejor toleran esa luz filtrada.
Lo que sí exige es drenaje. Se desarrolla en suelos francos o franco-arenosos, con materia orgánica, algo ácidos a neutros (pH entre 5,5 y 7). En maceta, un sustrato universal de calidad mezclado con un 30 % de perlita o arena gruesa funciona bien. El sustrato compacto y anegado le pudre la raíz sin remedio, y la raíz es precisamente el órgano donde acumula sus reservas.
Para la maceta, elige una de al menos 25-30 cm de diámetro y con altura suficiente: Petiveria alliacea forma una raíz principal engrosada, y los contenedores anchos y bajos le van mal. Trasplanta cada dos o tres años, siempre en primavera y con la planta ya en actividad.
Riego y humedad
En plena temporada de crecimiento (de mayo a septiembre en la Península) el anamu bebe bastante. Riega cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos, empapando hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y vacía el plato después. En una terraza soleada de julio eso puede significar cada dos días; en un invernadero fresco, una vez por semana.
En invierno cambia el planteamiento por completo. Con temperaturas bajas la planta prácticamente se para, y el riego debe reducirse a mantener el cepellón apenas fresco: una vez cada diez o quince días suele bastar. El error que más ejemplares mata no es la sequía sino seguir regando en invierno al ritmo del verano; con el sustrato frío y húmedo y la raíz inactiva, la podredumbre está garantizada.
Agradece la humedad ambiental. En interior, durante el invierno, un plato con arcilla expandida húmeda bajo la maceta (sin que el agua toque el fondo) o la compañía de otras plantas ayudan más que pulverizar las hojas, que es un efecto que dura minutos.
Abonado
No es exigente. Con un fertilizante líquido equilibrado para plantas verdes cada quince o veinte días desde abril hasta septiembre, a la dosis que indique el envase, va sobrado. Si prefieres el enfoque orgánico, un puñado de humus de lombriz o compost bien hecho incorporado a la superficie del sustrato en primavera y otro a mitad de verano cumplen la misma función.
Desde octubre hasta marzo, no abones. Aportar nitrógeno a una planta que no está creciendo solo sirve para acumular sales en el sustrato y para provocar brotes tiernos que el frío echará a perder.
Poda y mantenimiento
El anamu tiende a espigarse y a quedar desnudo por abajo. La forma de evitarlo es pinzar los brotes cuando la planta es joven, para forzar ramificación, y hacer una poda de renovación a finales de invierno o principios de primavera, antes de que arranque el nuevo crecimiento. Puedes cortar los tallos a un tercio de su altura sin miedo: rebrota desde la base leñosa con vigor.
Si el ejemplar ha pasado el invierno en el interior y presenta tallos largos, pálidos y de entrenudos muy separados —el clásico ahilado por falta de luz—, esa poda de primavera es directamente obligatoria. Corta ese crecimiento estéril y deja que la planta rehaga la mata con la luz de la temporada nueva.
Corta también las espigas florales una vez marchitas si no quieres semillas. Los frutos con ganchos se enganchan a todo y siembran la planta por media terraza.
Multiplicación
Por semilla. Es el método habitual. La semilla germina razonablemente bien si está fresca, y pierde viabilidad con rapidez. Siembra en primavera, en semillero con sustrato ligero, cubriendo apenas unos milímetros, y mantén el conjunto a 22-28 ºC y con humedad constante. Con calor de fondo la nascencia llega en dos o tres semanas; con temperaturas por debajo de 18 ºC la germinación es errática o nula, y ahí es donde fracasa mucha gente que siembra demasiado pronto.
Por esqueje. Funciona y es más rápido si ya tienes una planta. Toma en primavera o principios de verano esquejes semileñosos de 10 a 15 cm, retira las hojas inferiores, aplica hormona de enraizamiento si la tienes y clava en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Cúbrelo con plástico o mételo en un propagador para mantener la humedad y ponlo en un sitio cálido y luminoso, sin sol directo. Enraíza en tres o cuatro semanas.
Por división de mata. En ejemplares viejos y bien desarrollados puede separarse la planta en el trasplante de primavera, aprovechando los brotes que salen del cuello. Es el método menos productivo, pero el más seguro.
Problemas frecuentes
Hojas amarillas y caída generalizada en invierno. Casi siempre es frío, exceso de agua o ambas cosas. Reduce el riego, sube la temperatura si puedes y espera a primavera; si la raíz está sana, rebrota.
Araña roja. El enemigo número uno en cultivo protegido. El ambiente seco y caliente del interior con calefacción le va perfecto. Revisa el envés de las hojas buscando punteado fino y telarañas; sube la humedad ambiental y trata con jabón potásico o aceite de neem, repitiendo cada siete días hasta cortar el ciclo.
Cochinilla algodonosa. Aparece en las axilas de las hojas y en los tallos jóvenes. En pocos ejemplares se quita con un bastoncillo mojado en alcohol; en infestaciones mayores, jabón potásico.
Planta larguirucha y sin hojas abajo. Falta de luz. No hay tratamiento más allá de cambiarla de sitio y podar en primavera.
Puntas de las hojas secas y marrones. Aire seco o exceso de sales por abonado continuado. Lava el sustrato regando abundantemente varias veces seguidas y espacia el abonado.
En resumen
El anamu (Petiveria alliacea) es una hierba perenne de base leñosa, de origen tropical americano, reconocible al instante por el olor a ajo que desprenden sus hojas y su raíz. En España solo prospera al aire libre en Canarias y en el litoral cálido sin heladas; en el resto hay que cultivarla en maceta y resguardarla del invierno por encima de 10 ºC.
Sus necesidades son sencillas: mucha luz o media sombra, sustrato suelto y drenante, riegos generosos en verano y muy contenidos en invierno, abonado quincenal solo durante la temporada de crecimiento y una poda de renovación al final del invierno para que no se espigue. Se multiplica por semilla fresca con calor de fondo o por esqueje semileñoso en primavera.
Y una última idea que merece repetirse: cultívala por interés botánico y por su aroma, no por las propiedades medicinales que se le atribuyen en internet. Están documentadas en la tradición y estudiadas en laboratorio, pero no demostradas en personas, y su uso está claramente desaconsejado durante el embarazo.