Hay pocos árboles que florezcan en pleno agosto, cuando el jardín mediterráneo lleva semanas resistiendo y casi nada tiene ganas de abrir una flor. El árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica) es uno de ellos, y esa es exactamente la razón por la que se ha convertido en un clásico de plazas, medianas y patios de media España. Florece cuando el calor aprieta, aguanta la sequía una vez arraigado y encima tiene un tronco que merece la pena mirar en invierno, cuando ya no le queda ni una hoja.
También se le conoce como crespón, espumilla o júpiter, y pertenece a la familia de las litráceas (Lythraceae), la misma que la salicaria. Es originario de China y Corea, desde donde se extendió a Japón y, ya en el siglo XVIII, a Europa y al sureste de Estados Unidos, donde hoy es prácticamente el árbol de calle por antonomasia.
Qué es exactamente el árbol de Júpiter
Se trata de un árbol pequeño o arbolito de hoja caduca que en cultivo se queda entre los 3 y los 7 metros, aunque ejemplares viejos y bien situados pueden acercarse a los 8. Rara vez forma un tronco único: su tendencia natural es la multicaule, con varios pies que salen de la base y se abren en una copa de vaso ancho. Esa forma multitronco no es un defecto de vivero, es su porte típico, y conviene aprovecharla en lugar de pelear contra ella.
Las hojas son pequeñas, elípticas, opuestas o casi, de un verde oscuro algo coriáceo, y brotan tarde: en el interior peninsular es normal que no haya hoja hasta bien entrado abril. Antes de caer, en octubre y noviembre, viran a amarillo, naranja y granate según variedad, lo que le da un segundo momento de interés.
La floración es lo que le ha dado fama. Se produce en panículas terminales, cónicas, de 15 a 25 cm, formadas por decenas de flores cuyos pétalos parecen papel de seda arrugado y están sujetos por una uña larga y estrecha. Los colores van del blanco puro al rosa, al fucsia, al rojo y al malva. En el litoral mediterráneo empieza a finales de junio y en zonas más frescas hacia julio, y se prolonga hasta septiembre. El fruto es una cápsula leñosa redondeada que persiste seca en el árbol todo el invierno.
Y luego está la corteza, que para mí es el mejor argumento para plantarlo. Se exfolia en placas irregulares y deja el tronco liso, moteado en tonos canela, gris y crema, tan agradable al tacto que casi pide que lo toques. En invierno, un ejemplar bien formado con la ramificación limpia es una escultura. Esto tiene una consecuencia práctica que casi nadie tiene en cuenta: si podas mal, destruyes justamente lo mejor del árbol.
Dónde plantarlo
A pleno sol, sin discusión. El árbol de Júpiter necesita sol directo durante casi todo el día para florecer con densidad. A media sombra vegeta, produce panículas escasas y, sobre todo, se llena de oídio. Si solo dispones de un rincón sombrío, planta otra cosa.
En cuanto al suelo, es bastante conformista: le vale cualquiera que drene bien, con un pH neutro o ligeramente ácido. En suelos muy calizos y con agua de riego dura puede aparecer clorosis férrica, con las hojas amarilleando entre nervios que siguen verdes. No es una especie tan sensible como una camelia o un arce japonés, pero tampoco es indiferente: en terrenos de yesos y calizas del interior conviene enmendar con materia orgánica al plantar y tener a mano un quelato de hierro por si acaso.
Lo que no soporta es el encharcamiento. Un suelo pesado que se queda semanas empapado en invierno acaba con las raíces. Si tu terreno es arcilloso y compacto, planta sobre un caballón o mejora el drenaje con un buen aporte de arena gruesa y compost.
Es tolerante a la contaminación y a la reverberación urbana, y aguanta bien la proximidad al mar siempre que no reciba salpicaduras directas de salitre. Por su tamaño contenido y su raíz poco agresiva, es de los pocos árboles floridos que se pueden plantar en un alcorque estrecho sin acabar levantando la acera a los diez años.
Riego, abonado y crecimiento
Durante los dos o tres primeros años hay que regarlo en serio: riegos profundos y espaciados, cada 4 o 7 días en verano según el suelo, mojando bien todo el cepellón y su entorno. Los riegos cortos y frecuentes crean raíces superficiales y un árbol dependiente.
Una vez arraigado se vuelve notablemente resistente a la sequía. En jardines del sur y del levante puede vivir con riegos de apoyo quincenales en verano, y hay ejemplares de calle en Sevilla o Murcia que sobreviven con lo que cae del cielo. Ahora bien, resistir no es lo mismo que lucir: si quieres panículas grandes y una floración larga, un riego regular durante junio y julio marca una diferencia enorme, porque la flor se forma sobre el crecimiento del año en curso y ese crecimiento depende del agua.
El abonado debe ser moderado y, sobre todo, bajo en nitrógeno. Un exceso de nitrógeno produce brotes largos, blandos y verdes que florecen poco y se llenan de pulgón y de oídio. Lo razonable es aportar compost o estiércol bien hecho al final del invierno, y si el árbol está en tiesto o en suelo muy pobre, un abono para plantas de flor con potasio alto una vez al mes desde abril hasta agosto.
Su crecimiento es moderado, entre 25 y 50 cm al año en condiciones normales, y es una especie longeva: no es raro ver ejemplares centenarios en jardines históricos.
La poda: el error más repetido
Aquí está el gran malentendido. Como el árbol de Júpiter florece sobre la madera del año, mucha gente deduce que cuanto más se pode, más florecerá. De ahí la costumbre, importada y extendidísima, de decapitarlo cada invierno por el mismo punto, dejando unos muñones nudosos y engrosados de los que salen decenas de varetas. En Estados Unidos a esa práctica la llaman crape murder, asesinato del crespón, y el nombre es bastante justo.
El resultado de ese trato es un árbol con brotes largos, delgados y flexibles que no sostienen el peso de las panículas y se doblan hasta el suelo en cuanto llueve; una floración que se retrasa varias semanas; heridas grandes que nunca cierran bien y son puerta de entrada para pudriciones; y la pérdida completa del tronco y la ramificación exfoliada, que era lo que hacía bonito al árbol en invierno.
Lo correcto es una poda de formación y aclareo, en reposo vegetativo, entre finales de enero y principios de marzo, antes de que empiece a brotar:
Elige tres, cinco o siete troncos principales y elimina el resto de rebrotes de la base, que salen todos los años. Levanta la copa suprimiendo las ramas bajas hasta la altura que te interese, y hazlo de forma progresiva a lo largo de varios años. Aclara el interior quitando ramas cruzadas, chupones verticales y madera muerta, para que entre luz y corra el aire; esto reduce muchísimo el oídio. Y, como mucho, despunta ligeramente las ramillas que llevaron flor el año anterior, cortando por encima de una yema y sin bajar nunca al calibre grueso.
Si además cortas las panículas marchitas nada más pasar la primera oleada de flor, en julio, es habitual conseguir una segunda floración en septiembre, más discreta pero muy agradecida.
Plagas y enfermedades
El oídio (Erysiphe australiana y especies afines) es el problema número uno. Aparece como un polvo blanco harinoso sobre hojas jóvenes, brotes y botones florales, que se deforman y no llegan a abrir. Se dispara con noches frescas y días cálidos y con poca ventilación. Se combate más con cultivo que con producto: sol pleno, aclareo del interior, nada de exceso de nitrógeno y no mojar la hoja al regar. Si hace falta tratar, el azufre mojable funciona bien, siempre aplicado a última hora de la tarde y nunca con más de 28-30 °C, porque quema.
Los pulgones colonizan los brotes tiernos en primavera y su melaza da lugar a la negrilla, ese hollín negro que ennegrece hojas y todo lo que haya debajo, coches incluidos. Un jabón potásico repetido cada semana suele bastar; la negrilla desaparece sola cuando se corta el suministro de melaza.
En los últimos años se ha extendido por el sur de Europa la cochinilla algodonosa del crespón (Acanthococcus lagerstroemiae), que forma costras blancas sobre el tronco y las ramas y provoca negrilla abundante. Se trata con aceite de invierno en parada vegetativa y controlando las poblaciones de hormigas, que protegen a la cochinilla de sus enemigos naturales.
Un consejo que ahorra disgustos: al elegir variedad, prioriza las resistentes al oídio. Los híbridos entre Lagerstroemia indica y Lagerstroemia fauriei (con nombres de tribus norteamericanas: Natchez, Muskogee, Tuscarora, Sioux, entre otros) son claramente menos sensibles y además tienen una corteza aún más espectacular.
Rusticidad y multiplicación
Un ejemplar adulto y bien asentado aguanta heladas de -12 a -15 °C sin daño serio en la parte aérea, lo que lo hace viable en casi toda la Península salvo zonas de montaña y los puntos más fríos de la meseta norte, donde puede perder ramas y rebrotar de la base. Los ejemplares jóvenes son bastante más delicados los dos primeros inviernos: merece la pena acolchar el pie con una capa gruesa de paja o corteza.
Se multiplica con facilidad por esqueje semileñoso en julio y agosto, con hormonas de enraizamiento y bajo plástico, o por esqueje leñoso en pleno invierno con trozos de rama del grosor de un lápiz. También se reproduce por semilla, que germina bien tras una estratificación fría de unas cuatro semanas, pero conviene saber que las plantas obtenidas de semilla no repiten el color de la flor de la madre: si quieres un color concreto, hay que ir por esqueje. Y los rebrotes de la base sirven perfectamente como acodos o divisiones.
En resumen
El árbol de Júpiter es la respuesta más sencilla a la pregunta de qué plantar para tener flor en agosto sin gastar agua. Pide sol directo, un suelo que drene, riego de apoyo mientras se establece y muy poco más. A cambio da tres meses de floración, color otoñal y un tronco exfoliado que sostiene el jardín en invierno.
Si te llevas una sola idea, que sea esta: no lo decapites. La poda severa anual no aumenta la floración, la retrasa, la vuelve endeble y arruina la mejor parte del árbol. Un aclareo inteligente en febrero y una limpieza de flores marchitas en julio dan un resultado incomparablemente mejor con la mitad de trabajo.