El género Agave agrupa a las plantas de roseta que definen el paisaje árido americano y que hoy forman parte del paisaje costero español. Pertenece a la familia Asparagaceae y su centro de diversidad está en México, desde donde se extiende al suroeste de Estados Unidos, Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica. Su rasgo común es una roseta de hojas suculentas o semisuculentas, casi siempre con dientes en el borde y una espina terminal dura y punzante.

En jardinería es de las plantas más agradecidas que existen para clima mediterráneo: aguanta sequía, sol y suelo pobre, y no pide prácticamente nada. Tiene, eso sí, tres cosas que conviene saber antes de plantarla. Cada roseta muere después de florecer, la savia y las espinas causan lesiones reales, y varias especies se comportan como invasoras en el litoral, donde desplazan a la vegetación autóctona.

Cómo es un agave

El tamaño de la roseta va desde unos pocos centímetros en las especies enanas hasta más de dos metros de diámetro en Agave americana o Agave salmiana. Las hojas varían de largas y estrechas a cortas y anchas, rectas o curvadas, y su color abarca del verde pálido al gris azulado, con formas variegadas de borde amarillo o blanco muy usadas en jardinería. Los dientes marginales pueden ser blanquecinos o pardo rojizos.

Como adaptación al clima árido, los agaves emplean el metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM): abren los estomas de noche para fijar dióxido de carbono y los mantienen cerrados de día, cuando la evaporación sería máxima. Es la misma estrategia de cactus y otras suculentas, y explica su enorme eficiencia en el uso del agua.

Un agave no es un cactus

La confusión es constante y merece aclararse, porque los cuidados no son idénticos. Los cactus pertenecen a la familia Cactaceae, son originarios de América y sus espinas son hojas modificadas que nacen de una estructura característica, la areola. Los agaves son monocotiledóneas emparentadas con los espárragos, sus espinas son la punta endurecida de la hoja y los dientes de su borde, y no tienen areolas. Además los agaves toleran bastante más humedad y suelo que la mayoría de los cactus de desierto.

Otra confusión frecuente es con el Aloe, que también forma rosetas de hojas carnosas dentadas. La diferencia práctica es fácil: el aloe es africano, tiene hoja blanda y llena de gel, y florece muchas veces a lo largo de su vida. El agave es americano, tiene hoja fibrosa y dura, y su roseta florece una sola vez.

La floración: por qué la planta muere después

Los agaves son en general monocárpicos: cada roseta florece una vez y muere a continuación. El nombre popular de "planta del siglo" exagera mucho el plazo; según la especie y las condiciones, la floración llega entre los diez y los treinta años aproximadamente, y en clima cálido y con riego suele adelantarse.

La inflorescencia sale del centro de la roseta y es espectacular. Adopta dos formas, y esa diferencia es la que separa los dos grandes subgéneros: una espiga densa, tipo vara, en el subgénero Littaea, y una panícula ramificada, con aspecto de candelabro, en el subgénero Agave. En las especies grandes puede superar los ocho metros de altura. Las flores son amarillas, verdosas o rojizas y las polinizan murciélagos nectarívoros, aves y insectos.

Que la roseta muera no significa que se pierda la planta. La mayoría de las especies emiten hijuelos desde rizomas subterráneos y forman colonias clonales, y algunas producen además bulbilos, pequeñas plantas completas que se desarrollan sobre la propia inflorescencia y caen al suelo enraizando por su cuenta. Después de la floración se corta la vara seca y se retira la roseta madre, dejando los hijuelos.

Cultivo en España

Es una planta de pleno sol y suelo con drenaje. Prospera en terrenos pobres, pedregosos y calizos, que son justamente los del este y el sur peninsular, y una vez establecida no necesita riego en clima mediterráneo salvo en veranos extremos y en maceta.

El sustrato en maceta ha de ser mineral: sustrato para cactus aligerado con arena gruesa, puzolana o pómice, en un recipiente ancho más que profundo y con acabado de gravilla en superficie. Al regar, agua abundante de una vez y secado completo antes del siguiente riego.

La resistencia al frío depende mucho de la especie. Agave americana tolera heladas ligeras y se cultiva sin problemas en toda la franja litoral; especies de montaña mexicana como Agave parryi o Agave montana aguantan bastante más frío. Lo que ninguna soporta es frío con humedad: en el interior peninsular, el agave que se pierde en invierno se pierde por el agua embalsada en el centro de la roseta y en la raíz, no por la temperatura. Si el ejemplar está en maceta, se resguarda de la lluvia invernal y no se riega. Si está plantado, un montículo con grava alrededor del cuello ayuda a que el agua no se quede ahí.

Especies concretas que funcionan bien y tienen ficha propia en el sitio: el agave azul (Agave tequilana), el agave attenuata, sin espinas y por tanto apto para zonas de paso, y el clásico agave americano.

Multiplicación

Lo habitual es separar hijuelos. Se desentierran con algo de raíz cuando ya tienen unos centímetros, se deja secar el corte unos días a la sombra y se plantan en sustrato mineral, sin regar durante la primera semana. Es la vía más rápida y conserva las características de la planta madre, incluidas las variegaciones.

Los bulbilos de la inflorescencia se recogen cuando se desprenden solos y se tratan igual. Y la semilla, que se obtiene de las cápsulas tras la floración, germina bien en primavera con calor y humedad constante, aunque el resultado tarda años en tener tamaño de jardín.

Espinas y savia: precauciones que no son teóricas

Esta es la parte que casi nunca aparece en las fichas y que más importa. La espina terminal de un agave adulto es rígida y larga, y produce heridas punzantes profundas, incluso a través de ropa. Por eso los agaves no se plantan junto a caminos, escaleras, zonas de juego ni al borde de una acera. En jardinería pública se recorta la punta de la espina de los ejemplares accesibles, práctica que afea un poco la planta pero evita accidentes.

La savia de las hojas es irritante: contiene cristales de oxalato de calcio y saponinas, y el contacto puede producir dermatitis, a veces con reacción tardía y notable. Podar o retirar un agave sin guantes gruesos, manga larga y protección ocular es una mala idea, y la savia proyectada en un ojo al cortar una hoja es un accidente frecuente. Si hay contacto o lesión, la consulta es al médico; en el caso de un animal, al veterinario.

El picudo del agave

El problema sanitario más serio de estas plantas en España es el picudo del agave (Scyphophorus acupunctatus), un curculiónido introducido que pone los huevos en la base de la roseta y cuyas larvas devoran el tejido desde dentro. La planta se descompone por el centro, las hojas se abaten y aparece un olor característico a fermentado. Cuando los síntomas son visibles, el daño interno suele estar muy avanzado.

El enfoque adecuado es el que marca el Real Decreto 1311/2012, sobre uso sostenible de los productos fitosanitarios, que sitúa la gestión integrada de plagas por delante del tratamiento químico: comprar planta sana y de origen conocido, evitar heridas en la base de la roseta, vigilar los ejemplares grandes y retirar y destruir de forma controlada los que estén afectados, porque un agave colonizado es un foco para los demás del jardín. Si se recurre a un producto, debe estar autorizado para el uso concreto y la dosis es la de la etiqueta del envase; los productos vigentes se consultan en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio, y el uso profesional exige carné de aplicador. En zonas con presencia declarada de la plaga conviene además consultar a los servicios de sanidad vegetal autonómicos, que pueden tener medidas específicas.

Comportamiento invasor en el litoral

Agave americana está ampliamente naturalizada en la costa mediterránea, en Baleares y en Canarias. Sus colonias clonales cubren el suelo, desplazan a la flora autóctona de dunas, acantilados y matorral costero, y son difíciles de erradicar porque cualquier fragmento de rizoma que quede en el terreno rebrota. Varias comunidades autónomas mantienen campañas de retirada en espacios naturales protegidos.

Antes de plantar agaves en zona costera, y sobre todo en las islas, conviene comprobar la normativa autonómica y el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, porque la inclusión de una especie en ese catálogo prohíbe su posesión, transporte, comercio y plantación. Hay más contexto en la guía de plantas invasoras. Los restos de poda de agave no se tiran nunca al monte ni a un descampado: es la vía habitual por la que aparece una colonia nueva.

Fibras, bebidas y sirope

El género tiene una importancia económica considerable. De las hojas de Agave sisalana se obtiene el sisal, la fibra dura más utilizada del mundo, y de Agave fourcroydes el henequén. Del corazón de Agave tequilana, cocido y fermentado, sale el tequila, y de otras especies el mezcal. El sirope o néctar de agave, hoy común en el supermercado, procede del jugo de la planta concentrado; es un azúcar como cualquier otro y conviene tratarlo como tal.

En resumen

Agave es un género americano de la familia Asparagaceae, con roseta de hojas suculentas armadas de dientes y espina terminal, metabolismo CAM y rosetas monocárpicas que mueren tras una floración que puede superar los ocho metros de altura. Se perpetúa por hijuelos y, en algunas especies, por bulbilos formados sobre la propia inflorescencia.

Es planta de sol pleno, suelo drenado y riego mínimo, y lo que la mata en España es el agua estancada en invierno, no el frío. Antes de plantarla hay que contar con dos cosas: sus espinas y su savia irritante, que obligan a colocarla lejos de zonas de paso y a manipularla con guantes y protección ocular, y su comportamiento invasor en el litoral, que aconseja comprobar la normativa autonómica y el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras antes de introducirla cerca de la costa.


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