Hay una trepadora que en agosto cubre tapias enteras del litoral mediterráneo con racimos de campanas rosadas rayadas de rojo por dentro, y que sin embargo no se sostiene sola: si se suelta el atado, se cae. Esa contradicción entre el volumen de flor y la falta de órganos de sujeción resume bastante bien a la Podranea ricasoliana, y explica por qué unas veces sale un muro espectacular y otras un montón de ramas descolgadas.

Podranea ricasoliana en flor sobre un muro

De dónde viene y qué aspecto tiene

La Podranea ricasoliana pertenece a las bignoniáceas y procede del sureste de Sudáfrica, de los bosques ribereños de la región del Pondoland y el valle del río Umtamvuna, en el Cabo Oriental. De ese origen le viene casi todo su comportamiento: agua en verano, inviernos suaves y sin heladas profundas, y suelos de ribera profundos y sueltos.

La hoja es compuesta imparipinnada, con siete a once foliolos lanceolados de margen claramente aserrado, verde oscuro y algo lustroso. En la costa y en el sur peninsular se comporta como perenne; a partir de cierta altitud o en el interior pierde parte del follaje y puede quedar semicaduca. La flor sale en panícula terminal de muchas campanas de cinco a siete centímetros, rosa pálido con la garganta recorrida por venas rojizas finas, ligeramente perfumadas. Abre desde principios de verano hasta bien entrado el otoño, y en el litoral más cálido se estira hasta noviembre.

El fruto es una cápsula alargada que en cultivo apenas cuaja, así que la reproducción práctica se hace por esqueje semileñoso de verano o, más cómodo aún, aprovechando los brotes de raíz que la propia planta regala.

Sarmentosa: la planta no se agarra, se ata

Este es el punto que más disgustos da. La podranea no tiene zarcillos, ni raíces adventicias, ni tallos volubles que se enrosquen en un alambre. Es una trepadora sarmentosa: emite varas largas y flexibles que en su hábitat se apoyan en los árboles del bosque de ribera y ascienden por simple recuesto. En un muro liso no hay nada donde recostarse, y el resultado es una masa que se vence sobre sí misma.

La solución es estructural, no de riego ni de abono. Hay que montarle un soporte permanente antes de plantar, sea un enrejado, sean varias líneas de alambre tenso separadas unos veinte o treinta centímetros en horizontal, y atar cada vara principal a mano mientras es verde y dócil. Se usa cinta ancha o rafia blanda en ocho, nunca alambre desnudo, porque las varas engrosan deprisa y se estrangulan. En la sección de consejos a la hora de colocar enredaderas está el detalle de anclajes y de separación del paramento, que aquí conviene respetar: la podranea agradece que circule aire por detrás.

Una vez atadas y conducidas, las varas se lignifican y forman un esqueleto que ya se sostiene. El trabajo fino son los dos o tres primeros años.

Los chupones de raíz, la sorpresa del segundo año

La podranea emite brotes desde la raíz a distancias que sorprenden: no es raro encontrarlos a tres, cuatro o cinco metros del pie, saliendo en la junta de una solera, en medio del césped o dentro del arriate del vecino. No es una planta enferma ni mal plantada; es su forma natural de colonizar el suelo de la ribera.

Conviene decidirlo antes de plantar, porque después el remedio es tedioso. Tres opciones razonables:

Barrera de raíz. Lámina rígida enterrada de sesenta centímetros como mínimo, rodeando el alcorque. Es lo que se hace con el bambú y funciona igual aquí.

Bancal contenido. Plantarla en un arriate cerrado por obra, o en un contenedor grande, lo que además reduce vigor y adelanta la floración.

Convivencia. Aceptar los chupones y arrancarlos, no cortarlos. Un chupón segado a ras rebrota multiplicado; tirando de él en tierra húmeda se desprende del cordón radicular y tarda mucho más en volver. En césped, la siega periódica los mantiene a raya sin más trabajo.

Rusticidad real y sitio adecuado

La Podranea ricasoliana resiste bien establecida en torno a -3 o -4 °C, con daño en las puntas tiernas ya a cero grados. Por debajo de -5 °C la parte aérea se pierde; si la helada no ha llegado a la raíz, rebrota desde el pie en primavera, pero se pierde el esqueleto conducido y la floración de ese año se retrasa mucho. Eso la sitúa cómodamente en toda la franja litoral mediterránea y atlántica sur, en Canarias y en Baleares, y la hace arriesgada en el interior peninsular salvo al abrigo de un muro cálido, un recurso que se explica en el artículo sobre trepadoras para climas fríos.

Quiere sol directo: a media sombra vegeta y da la mitad de flor. El suelo le da bastante igual con tal de que drene, y tolera la caliza. En cuanto al agua, aguanta sequía una vez arraigada, pero la floración depende de que no pase sed entre junio y septiembre, así que un riego semanal generoso en verano se nota en el número de panículas. Es moderadamente tolerante a la salinidad ambiental, lo que la hace útil en primera línea de costa protegida.

De plagas no da mucha guerra; algún pulgón en los brotes tiernos de primavera y poco más. La guía de plagas en trepadoras cubre ese frente.

Poda: fin de invierno y sobre madera del año

La clave está en que florece en madera del año en curso. Los brotes que nacen esta primavera son los que abrirán en verano, de modo que se puede podar en frío, al final del invierno, sin sacrificar nada. En el litoral español, de mediados de febrero a primeros de marzo, cuando ya no se esperan heladas serias pero la planta todavía no ha movido.

El trabajo consiste en respetar el armazón de varas principales atadas y acortar todas las ramas laterales a dos o tres yemas de ese armazón, exactamente igual que se hace con una Campsis. Se retira además la madera seca, la que se cruza y la que se ha descolgado por delante del enrejado sin atar. Si la planta lleva años sin tocarse y se ha convertido en una maraña con la flor solo en lo alto, admite un rejuvenecimiento severo: se baja a medio metro y se reconstruye el esqueleto en dos temporadas.

Después de la floración no hace falta podar nada; a lo sumo se limpian las panículas agotadas para que el conjunto quede aseado. Nada que ver con la pauta de las bignoniáceas de flor invernal, que se tocan justo al acabar de florecer.

Podranea o Pandorea: el equívoco constante

Se confunden en vivero, en etiqueta y en conversación, y no por casualidad: el nombre Podranea es literalmente un anagrama de Pandorea, acuñado cuando se separaron ambos géneros. Pero son plantas distintas y se distinguen a simple vista con tres detalles.

El margen del foliolo. Podranea lo tiene aserrado, con dientes visibles. Pandorea jasminoides lo tiene entero y liso, con la hoja más lustrosa y de aspecto barnizado.

La garganta de la flor. En la podranea el interior está recorrido por venas rojizas ramificadas sobre fondo rosa. En la pandorea hay una mancha compacta granate o carmín, sin ese venado, y el resto suele ser blanco o rosa muy pálido; hay más sobre ella en la ficha de la bignonia blanca.

Cómo trepa. Pandorea es voluble y se enrosca sola en un alambre. Podranea no se enrosca en nada y hay que atarla, que es justo lo que se ha explicado más arriba. Si la planta sube sola por el soporte, no es podranea.

Se añade que en el comercio circulan las dos con el nombre de bignonia rosa, junto con media docena de géneros más que comparten apodo; el enredo completo de nombres populares de esta familia está desglosado en el artículo sobre bignonias.

Detalle de las campanas rosadas con venas rojas de la Podranea ricasoliana

En resumen

La Podranea ricasoliana es una bignoniácea sudafricana de floración estival y otoñal generosa, perenne en clima suave y resistente hasta unos -3 o -4 °C. No trepa por sí sola: es sarmentosa y exige enrejado y atado paciente durante los primeros años. Emite chupones de raíz a varios metros del pie, algo que conviene prever con una barrera o con un arriate contenido antes de plantar. Se poda al final del invierno acortando los laterales a dos o tres yemas, porque florece en madera del año. Y se distingue de Pandorea por el foliolo aserrado, las venas rojas de la garganta y la incapacidad de enroscarse.


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